lunes, 6 de agosto de 2012

Una Cortita en un Matriqui en Vilnius

Este fue un diálogo a altas horas de la noche, durante la boda de Angela y Gedas.

Kyle: (Comentario ultra-profundo sobre las mujeres, lamentablemente perdido en el olvido)

Yo: Compadre, por esto que has dicho, voy a brindar contigo con lo primero que encuentre en esta mesa. A ver, ¿qué es esta vaina?

Kyle: Es ese licor tradicional lituano que preparó la abuela de Gedas.

Yo: Whatever, un vaso de esto. Salud compadre, ¡salud!

Fin de Registro

jueves, 26 de julio de 2012

Burbujas en el Café

Es imposible negar que, sin importar qué tanta vida internacional uno pueda tener, siempre está inmerso en alguna burbujita local, en la cual las costumbres, tradiciones, prejuicios, razonamientos se le van pegando a uno de a poquitos, sin que se dé cuenta. Por lo general, la mejor forma de descubrir qué cosas se le han pegado a uno de alguna burbujita local es justamente salir de ella, y luego volver junto a alguien que ha vivido en alguna otra burbujita.

Pues nada, esta vez me tocó volver a Roma. Era la primera vez que volvía luego de mi Gran Escape en Enero, y miraba este viaje con algo de inseguridad, al no saber cómo encontraría a este Caput Mundi del caos. No obstante, esta vez la experiencia sería un poco distinta: no trabajaría en Frascati, sino en Roma3... me quedaría con los Millner (unos buenos amigos gringos), en vez de con mis ex-compañeros italianos... y estaría una semana, en vez de año y medio.

El viaje bien. Trabajé un huevo, y me encontré cada noche con un grupo diferente. La verdad es que me dio mucho gusto ver a todo el mundo nuevamente, había algunos grupos que se habían separado un poco, pero al final logré ver a casi todos. Tal vez el feature más saltante del viaje haya sido mi reconciliación con la pasta. Luego de mi experiencia el año pasado, en la cual comía algún tipo de pasta cada día, había terminado harto de esta comida. Últimamente, era bastante raro verme pedir pasta en algún restaurante, a menos que no me quedara otra, o que me dieran ganas de desafiar el peligro nuevamente. Esta vez, al probar i mezzemaniche, con su tocinito y salsa tipo carbonara, tuve que admitir que, cazzo, extrañaba la pasta. Así que nada, si alguien me quiere invitar a cenar algún día, ya sabe que puede ser a un sitio italiano, les prometo que no haré ninguna mueca.

El último fin de semana se caracterizó por la llegada de Sally, una amiga gringa de Ginebra, quien vive ahora en Londres. Al enterarse que estaba yendo a Roma, y no habiendo visitado la ciudad antes, decidió acompañarme. La verdad es que la pasamos muy bien. Caminamos una barbaridad, como debe ser, tragamos como cerdos, como debe ser, y salimos de fiesta hasta que nos fue difícil levantarnos de la mesa pa regresar a casa, como debe ser.

Es importante comentar un pequeño detalle de Sally: es alérgica al gluten. O sea, no puede comer pan, ni queso, ni leche. O sea, no podía comer nada en Italia. Luego de pensar mucho, recordé un restaurante que descubrí cuando ODD me vino a visitar, la Antica Birrería Peroni, un paraíso para los carnívoros en pleno centro de Roma con muy buenos precios. Vi los ojos de Sally iluminarse al ver el menú, y se pidió un arrosto misto (o sea, un huevo de carne diversa a la parrilla). Yo pedí una salsiccia alla griglia, pedimos un prosciutto e melone pa compartir... y luego ella dijo que para tomar quería un espresso.

Yo casi la cacheteo. Ma che cazzo? ¿Iba a comer carne y tomar café al mismo tiempo? Sorry girl, you don't do that. Le dije que mejor se lo tomara después de la carne, y prácticamente me disculpé con el mesero por semejante blasfemia.

Y luego me di cuenta... Italia me había transformado en un snob del café. Pero vamos, es verdad. ¿Quieres un caffè espresso o machiatto? Sólo después de una comida, compadre. Para el desayuno, o pa el lonche, ahí si te puedes pedir un cappuccino, o un caffè latte. Y si quieres comer al mismo tiempo que tomas el café, pues te aguantas hasta el desayuno del próximo día, porque lo único aceptable es un bollito o algo por el estilo. ¿Cómo? ¿Que hay otros tipos de café? No jorobes, cualquier otro café se puede aproximar a un espresso o un cappuccino, tú ya ves cómo haces el cálculo. Y nada de aproximaciones a tree-level, que la interacción con el café es fuerte (sorry, me salió un chiste monse pa físicos, pero entiéndeme varón, ahora con el bosón de Higgs siendo noticia, no puedo evitar meter las partículas en toda conversa).

Ahora, siendo sinceros, la verdad es que no hay razón para tomar el café de un modo u otro. Es todo convención. Tradición debido a la burbujita local. Y estar dominado por convenciones no siempre es bueno. Decidí que la próxima vez no le impediría a Sally tomar el café como quisiera.

Pues nada, esa vez Sally me aceptó el berrinche. No obstante, unas horas después, luego de caminar horas bajo el sol, se me ocurrió la feliz idea de pedir una granita. Encontramos un sitio cerca a mi antigua casa que vendía unas granite espectaculares, y nos pedimos dos. De limón, ambas. Y en eso, Sally se pidió otro espresso.

Paciencia.

Tolerancia.

Debía recordar lo de la burbujita. Que no hay nada de malo en tomar un café con una granita. Que todo era una burbuja. Que el café no me lo estoy tomando yo.

Tomé aire. Miré a la vendedora, con vergüenza, y le dije que Sally quería un espresso con su granita. Noten que aclaré que no era yo el que quería semejante disparate. La vendedora, evidentemente, pensó que Sally había decidido cambiar su granita di limone por una granita di caffè. Yo le miré a los ojos, suspiré, y le dije que no. Que Sally quería una granita di limone, y adicionalmente un espresso. Ella me miró con sorpresa, se dio cuenta que yo me estaba disculpando con ella a través de la mirada, y luego de un "Oh!" sirvió el espresso.

'Ta qué roche.

sábado, 30 de junio de 2012

Konnichiwa, Nihon!

Pues sucedió. Viajé a Japón.

Los que me conocen bien-bien saben que tengo una fascinación por la cultura e historia japonesa. Por ende, cuando Hayasaka-san me ofreció la oportunidad de viajar a Nagoya para colaborar con él por dos semanas y media, casi me salen lágrimas. Era un pequeño sueño hecho realidad.

El pequeño detalle del viaje era que se daba pocos días después de mi viaje a Lima. Esto significa que me iba de un jet-lag a otro, con un cambio horario de 14 horas. La muerte, oe.

Sabiendo que estaría más tonto de lo normal, decidí hacerme una lista de kanjis útiles, de forma que no tendría problema en llegar a la Nagoya Daigaku desde el aeropuerto. Me busqué todos los kanjis que me podrían servir en esa ruta, desde aquél para el nombre del aeropuerto, hasta aquél para la universidad, incluyendo el de las estaciones de metro en donde tenía que hacer los cambios. Estaba listo para todo.

Excepto, claro, a que me cancelaran el vuelo y me mandaran a Osaka. Yabbai.

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Estar en Japón significa ver máquinas con bebidas energéticas en cada esquina, pero ninguna barra de chocolate ni papitas.

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Mi estimado Suzaki-san fue el encargado de entretenerme en el primer fin de semana. Él estaba encargado de organizar el "Evento Social" en un futuro workshop de física de taus, y aprovechó la oportunidad para darle un vistazo a las cosas que Nagoya tenía para ofrecer.

Mi plan para el sábado incluía visitar el castillo de Nagoya, el teatro Noh, y el museo Tokugawa (con una visita a los jardines). Esto era justamente lo que Suzaki-san tenía pensado para el "Evento Social," así que le vino perfecto acompañarme. Por mí, bien, me parecía excelente tener a un japonés que me explicara lo que estaba viendo.

El problema fue que Suzaki-san, a pesar de haber estado viviendo en Nagoya hacía casi medio año, aparentemente no se había movido fuera de un área con radio de tres kilómetros. Nunca había tomado un bus, y no tenía la más mínima idea de qué había dentro del castillo, o el museo.

No sólo eso. Descubrí que Suzaki-san no tenía un buen sentido de orientación. En serio, dábamos la vuelta a la manzana, y Suzaki-san dejaba de tener la más mínima idea de dónde estábamos. Así de fuerte.

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Estar en Japón significa darse cuenta que los animes de Sailor Moon y demás no exageraban cuando dibujaban a las chicas con faldas ultra-cortas, mostrando piernas aparentemente larguísimas.

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- Ok, compadre. Ya has tenido tres noches aburridas. Esta vez tienes que encontrar a alguien con quien conversar.
- Mira, mira, esa chica está sola. Tiene la banderita de haber pedido comida, así que no parece que esté esperando a alguien.
- ¿Y entonces?
- Pues nada, me acerco, le pregunto si habla inglés, y si habla, pues le propongo que cenemos juntos.
- Dale pues, a ver...

- Sumimasen! Eigo ga wakarimas ka? (Disculpa, ¿hablas inglés?)
- (* Cosas raras en japonés *) (Naranjas, compadre)
- Sumimasen! Nihongo ga wakarimasen! (Disculpa, ¡yo no hablo japonés!)
- Oh... I can try...

- Bien, compadre, yo no sé cómo la chica ha atracado a cenar contigo, pero la cosa está simpática.
- Sí, ¿no?
- Ahora dime cómo demonios vas a llevar a cabo la conversación, ¡si con las justas te puedes comunicar con ella!
- No jorobes, oe, que se esfuerza. Es muy chévere esta chica.
- Ya, ya, ¡pero si ni siquiera sabes su nombre!
- Chesu, es verdad...

- Oh, yes, I forgot to ask, what is your name?
- I'm Yurino.

- Listo.
- Ya, y ahora, ¿cómo vas a hacer para acordarte del nombre?
- Verdad, yo soy bien bestia para esto.
- ¿Cómo se llamaba?
- Yurino.
- Pues, "me orino."
- No mames, güey.
- No jorobes tú, que seguro que así no te olvidas de su nombre nunca.

- Hajimemashite, Yurino-san! (¡Gusto en conocerte, Yurino!)

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Estar en Japón significa que una chica que recién conoces te regale un set de imanes en forma de sushi.

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El trabajo durante la semana era duro. Los japoneses trabajan bastante, y era normal almorzar y cenar en la cafetería de la universidad. Alguna vez vi a algunos quedarse a trabajar toda la noche en la universidad. Ahora, al ser yo gaijin, no me exigían tanto, y por lo menos nunca se quejaron cuando yo fugaba a las 7:00 u 8:00 pm.

De lo que no podía escaparme era de las reuniones de grupo, que se daban dos veces a la semana. Por lo general me gustan este tipo de cosas, pero en este caso, eran en japonés. A pesar que me asignaban un traductor, realmente no me enteraba de nada.

En una de esas reuniones, el chico encargado de traducir me dijo que iban a hablar sobre el Rest Room. "Not the bathroom," me dijo. ¿Qué podía ser este Rest Room? Dos minutos después me enteré. El encargado de la charla empezó a poner fotos de camas, de sillas, de relojes despertadores....

Sí. Estaban hablando sobre implementar un salón de la universidad como habitación. Así, la gente que quería quedarse trabajando toda la noche podía dormir un rato.

Pasu. Me empecé a sentir mal por irme a las 7:00 pm...

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Estar en Japón significa sonreirle a desconocidos en el metro simplemente porque ambos son gaijin.

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Mientras caminaba por Kyoto, camino a la casa de Yoko, me topé con un chico, más o menos de mi edad, parado frente a la entrada del metro, con una mano frente a su cara (como si estuviera rezando), y diciendo cosas raras en japonés, al aire. Me dio mucha curiosidad, pero no logré descifrar qué demonios estaba haciendo.

Más adelante, me encontré con una señora haciendo lo mismo. Luego, al encontrar a Yoko, ella me dijo: "Mira a la abuelita loca." Al darme la vuelta, vi a una señora bastante mayor en la misma posición, igual que el chico y la señora de la vez pasada. Parecía que trataban de invocar algo.

Yoko me dijo que era una especie de culto, algo de lo que no se habla mucho en Japón. Aparentemente, me dijo, este culto tiene bastante llegada, parece que incluso han formado su propio partido político. No obstante, no me engañó. Yo sabía muy bien lo que estaba ocurriendo.

¡Era demasiado obvio! La gente esta estaba invocando al Supremo Satánico Shabranigdu. En cualquier momento, aparecería un círculo alquímico sobre la ciudad, el cielo se oscurecería, la tierra se abriría, y miles de demonios onis empezarían a devorar a los pobres habitantes de Kyoto.

Yoko, en cambio, tendría que correr de regreso a su depa (conmigo en el camino), bajar una palanca secreta y entrar a un pasadizo detrás de su armario. Esto la llevaría a una cámara especial, dentro de la cual podría controlar a un mecha tipo El Vengador, con el cual combatiría los terribles demonios. Por supuesto, en algún momento ocurriría un accidente, ella quedaría inconsciente, y yo me vería obligado a controlar el condenado robot (destruyendo la mitad de la ciudad al hacerlo, por supuesto). Yoko re-aparecería en la escena unos diez capítulos más tarde, esta vez controlando un mecha tipo Afrodita (¿qué otro?).

Um.... Me parece, ¿o acabo de tener un lapsus frikis?
Anyway, no les contaré más de esto, pa no malograrles el final de la serie.

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Estar en Japón significa que una señora escriba su nombre en hiragana, katakana, kanji y romaji en un papel, y que luego su esposo haga una grulla de origami con este y te lo dé de regalo.

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El viaje, lamentablemente, quedó muy corto. Antes que me pudiera dar cuenta, ya estaba de vuelta en el avión. En dos semanas y media, había absorbido la mayor cantidad posible de shinto, anime, nihongo, historia japonesa, calpis, misokatsu, y demás. Me encantó.

Ahora, no podría vivir en ese país, lamentablemente. Y es que si viviera ahí permanentemente, el sitio perdería su magia. Me faltan dedos para contar la cantidad de veces que pasé frente al Colosseo en Roma sin siquiera levantar la mirada. La cotidianidad lamentablemente aniquila el resplandor de las cosas, y lo peor que me podría pasar es volverme indiferente frente a todo esto. Así que lo siento, Japón por turismo, y nada más.

Todo esto lo pensaba mientras estaba en el avión de regreso. Estaba tan distraído, que durante la cena boté el cuchillo al piso. Me di la vuelta, y vi que las azafatas estaban bastante ocupadas, y que pasaría mucho tiempo antes que me trajeran un cuchillo nuevo. Miré mi bandeja, y descubrí un par de hashi frente a mi. Los tomé, y me dije: No problem. Mondai nai.

Creo que la comida me supo mejor así.