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sábado, 21 de julio de 2018

Diez años después

Llegué a la cena un poco tarde. Se trataba de la despedida de una practicante de la empresa de la novia. La practicante era una chica francesa, creo que de 19 años, que estuvo chambeando en Lima por unos meses.

Acabada la cena, la novia, como buena jefa, dio un breve discurso. Le dijo que estaba contenta con su chamba, con su forma de integrarse y tal. Yo miraba a la novia mientras hablaba (por supuesto) pero, una vez terminado el discurso, al girar para mirar a la practicante, vi que estaba hecha un mar de lágrimas.

Y algo se movió en mi subconsciente.

Acabada la cena, la chica se despidió de los otros miembros de la empresa, y las lágrimas brotaban y brotaban. Yo no tenía mucho que ver en el tema, pero al observar la situación, empecé a recordar.

¿Cuándo fue la última vez que había tenido una despedida así de emotiva?

Supongo que dejar Valencia, en el 2010, fue cosa seria. Mi vida cambió completamente en esa ciudad, y aún recuerdo ese último mes como si hubiera sido un hecho reciente. La última noche terminamos en Radio City, y fue ahí que me despedí de todos.

Luego, el dejar Roma en el 2011, el dejar Ginebra en el 2014, fueron momentos emotivos, pero no tan fuertes. Incluso, creo que dejar Valencia en el 2010 no llegó a ser tan emotivo como lo fue dejar Cambridge, en el 2006. Para el 2010, además de los adioses dados en Cambridge, también tenía los adioses en Padova en el 2007, los de Würzburg en el 2008, y los de Ginebra en el 2010. Entonces uno como que se va acostumbrando, y resulta que cada vez duelen menos.

Valencia fue especial en el 2010 por todo lo vivido, pero la despedida que me agarró más fuerte, tal vez de forma similar a la despedida de la practicante, probablemente fue la de Cambridge. En esa época no sólo me despedía de buenos amigos como Nicole, Oliver, Bianca y Forrest, pero creo que también, sin saberlo, me despedía de quien había sido desde 1980.

Y fue con esa despedida, y con el inicio de una nueva vida, que empezó este blog. Sí, el blog oficialmente nació en el 2008, hace 10 años, pero venía de una serie de correos electrónicos masivos que empezaron junto con mi llegada a Valencia.

¿Qué era El Vacío Metaestable? Básicamente representaba un estado de la vida donde uno tiene una base, un punto de equilibrio, aparente. Una base que no es permanente, que puede cambiar eventualmente. Y esa idea representaba muy bien mi vida como doctorando, y luego como posdoc, y probablemente no esté muy lejos de mi vida actual como profesor de la PUCP.

¿Y qué onda con este blog, diez años después? Hoy en día, paso mi tiempo con alumnos, o lidiando con burocracia universitaria, o interactuando con la novia. Y el problema no es que no tenga cosas que contar (¡Hombre! ¡Si supieran!), el problema es que no las puedo contar. Por ética, y cosas por el estilo.

Lo de la novia, bueno, no lo cuento porque de hacerlo me echa de la casa, ustedes me entienden.

Entonces algo tiene que cambiar. Ya no es factible escribir un post al mes, porque la mayoría de cosas no pueden ser públicas. Y el resto de cosas, pues no son tan bacanes. Creo que me metí en las clases de fotografía, y en las de japonés, simplemente para tener cosas de qué escribir. Al final termina siendo un estrés estar llegando a fin de meses, y preocuparme porque no tengo historias. Y las que escribo, pues no me satisfacen tanto.

Así que finito. Hasta acá llegamos. No sé qué quiero decir con esto, pero lo que va a ocurrir es que ya no voy a escribir una vez al mes. Me gustaría seguir escribiendo, pero no sé si lo que quiero es simplemente disminuir la frecuencia de los posts, o escribir de otras cosas. Con el tiempo nos enteraremos.

Me parece apropiado escribir esto desde Würzburg (estoy haciendo una breve estancia acá). Llegué a esta ciudad en el 2008 solamente sabiendo decir Schnabeltier, y bueno, diez años después, supongo que la experiencia adquirida se revela en mis nuevas palabras / frases: Kugelblitz, Super Affen Titten Turbo Geil, Schickimicki Heisse Liebe, Was zum Geier meinst du?Pfannkugengesicht, y el fantástico Hähnchenbrustfiletroulade.

Anyway, más seriamente,  fue en esta ciudad donde empezó la idea de juntar los posts en un blog. Creo que es una simpática coincidencia terminar el blog en el mismo sitio.

A presto.

lunes, 24 de febrero de 2014

La Flecha del Tiempo

http://flic.kr/p/axVkDC
Una noche fría, en Ginebra, ella bajó su mirada, levantó ligeramente la copa, y dijo: "Yo nunca he tenido strong feelings por dos personas al mismo tiempo."

Hubo un silencio breve. Luego, muchos de los presentes bajamos la mirada, tomamos nuestra copa, y bebimos un poco. Nadie rió, nadie quiso decir mucho al respecto.

Él me miró, y dijo: "Esta es una de las peores situaciones en las que uno puede estar. No puedes hacer nada."

Indeed. No puedes hacer nada. Si uno está en una situación similar, con strong feelings por más de una persona, cualquier cosa que hagas seguramente herirá a alguien. Garantizado.

La frase de esa chica (recuerden que cuando uno juega a "Yo Nunca," está prohibido mencionar nombres) me hizo regresar, sin querer, unos siete años. A la época en que acababa de salir de Perú, y me encontraba en Cambridge. Además de estudios complicados, mi estancia en Cambridge se caracterizó no por un triángulo amoroso, un love triangle, sino más bien por un bloody love snowflake. Ya se imaginarán.

Okey, concentrémonos en la parte del snowflake que me concierne. Fue una época muy díficil. Estaba aún saliendo con Jessica, quien se quedó en Perú, y con quien eventualmente tuve una crisis de un par de meses. En esos momentos, Bianca estuvo ahí siempre como apoyo, y realmente le debo a ella el haber podido pasar el Master. Teniendo la cabeza hecha un embrollo por la crisis con Jessica, la amistad de Bianca de alguna manera logró estabilizarme lo suficiente para poder concentrarme en los cursos, y pasar el Master con una nota decente.

Meses después, Jessica vino a Cambridge, con el objetivo de arreglar las cosas. Y fue entonces que ocurrió lo que tenía que ocurrir. Strong feelings por dos personas, al mismo tiempo. Parálisis. Saber que cada sílaba que uno emita heriría a alguien.

Fue complicado. Dada la situación, Jessica y yo decidimos no regresar, no seguir saliendo, ya que todo estaba demasiado turbio (eventualmente sí volvimos a juntarnos, lo que motivó a que ella me viniera a visitar, hace mucho tiempo, a Valencia). Con Bianca las cosas no quedaron muy bien, dentro de mi confusión eventualmente entendí que era Jessica de quien estaba enamorado, y ella no se lo tomó muy bien. A pesar que yo me disculpé un año después por todo el rollo, disculpa que ella aceptó, dejamos de hablar.

Hace unos meses, fui a visitar a Alvaro a Amsterdam, y sabiendo que Bianca estaba por ahí, me animé a escribirle. Luego de siete años de no vernos, Bianca y yo nos tomamos un café juntos, y caminamos alrededor de Amsterdam, mientras el buen Alvaro nos contaba anécdotas sobre molinos de viento, y cómo Holanda parece un donut mordido. Debo admitir que fue muy bonito, re-enganchamos como si hubiera pasado solo una semana desde la última vez que nos vimos.

Cuando Bianca tomó el tren que la llevaría de vuelta a Rotterdam, donde la esperaba su futuro esposo, sentía que había cerrado una puerta, una puerta que no me había percatado que seguía abierta. Fue muy extraño, el haber podido despedirme de Bianca con una sonrisa, y saber que era feliz, me llenó de una paz inesperada.

***

La historia con esta chica fue muy breve. Habrá durado dos o tres semanas de verano. Fueron días bastante felices, pero quedaron ahí, como algo del verano. Por lo menos por mi parte, no estaba emocionalmente preparado, ni dispuesto, a algo más.

No obstante, quise dejarle a esta chica un regalo que la hiciera sonreír. Recordaba que la Cazavampiros alguna vez me había hecho leer Oceano Mare, de Alessandro Baricco, y me convencí que debía regalarle ese mismo libro. Vamos, es una historia mágica y bonita, no joroben.

Salí en busca del libro, y no lo encontré. Era un problema, porque la chica se quedaba solo un par de días más. De Baricco sólo tenían un libro titulado Esta Historia, un libro con una reseña bastante simpática. Habiendo leído Oceano Mare y Novecento, asumí que el estilo de Baricco sería siempre el mismo, y me dije "ya pues, me arriesgo" y compré el libro.

Años después, al estar preparándome para certificarme en italiano, me volví a topar con este libro. Leí el primer capítulo, y me quedé espantado. El primer capítulo describe un accidente automovilístico gigantesco, con lujo de detalles, sangre y muerte por todo lados. Era gore, puro y duro.

Chesu.

Pos na. Chica, si me estás leyendo, ¡lo sieeeeentoooooo!

http://flic.kr/p/4YRFE1


***

La otra vez, hablando con Domínguez sobre cómo preparar un mojito con kiwis, me percaté que no le había contado la noticia. Ni a él ni a los otros Fugas. También recordé los ojos de ella, diciéndome que era una vergüenza que no hubiera hecho público que habíamos terminado, y que tres meses después ella tuviera que encontrarse con mis amigos en Lima y explicarles que ya no estamos saliendo.

Pues eso. Notarán que estoy solo en Valencia. A buen entendedor, pocas palabras.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Aracnofobia

Bueno, estamos en esa terrible temporada del año en que me dan chucaques cada vez que escucho la música en las tiendas. Por lo general, comparto la labor de quejarme de Navidad con Claudia, pero esta vez, lamentablemente, me ha decepcionado, y ha decidido no expresar su sentimiento grinch plenamente.

Así que nada. Este año tendré que llevar a cabo la labor de expulsar energías negativas yo solo. Doble chamba, cha mare. ¿Y cómo hacerlo? Pos na, les voy a contar una historia de terror.

No, no se preocupen. No diré nada de Cipriani. Tan malo no soy. Esta vez, hablaré de mis terribles enemigos, las arañas. Sí, yo sé que muchos de ustedes le tienen pánico a estos bichos del mal. Es entendible. Son seres crueles y malvados. Permítanme contarles mis experiencia con ellas, y cómo poco a poco fui transformando el terror en profundo respeto. Pero ambientemos el asunto, pongamos un poco de musiquita apropiada: cliquea acá pe.

Mi teoría es que la mala relación con las arañas fue iniciada por mi madre. Aparentemente, en mi infancia yo me resistí tajantemente a dejar el biberón. Mis padres intentaron lo imposible, me servían chocolate caliente en taza mientras me ponían las hierbas del doctor Pun en el biberón, y aún así yo insistía. No dejaba el biberón por nada. Un día, todos los biberones de mi casa desaparecieron, y al yo preguntar dónde estaban, mi madre respondió: "Se los llevaron las arañas."

Desde ese momento las odié. No sé cómo, pero las arañas hicieron una gran labor. Treinta años después, todavía no encuentro los biberones.

De ahí, la relación poco a poco fue transformándose en una de pánico. La cúspide de este temor ocurrió hace ya muchos años. Me encontraba yo a punto de ducharme, cuando encontré un pescadito en la ducha. Al ser yo buena gente, decidí que en vez de matarlo sería mejor capturarlo y botarlo por la ventana. Agarré mi toalla, me cubrí con ella, agarré papel higiénico, e intenté atrapar al bicho con él.

En eso, mientras estaba arrodillado pensando en cómo capturarlo, miré hacia abajo. Y ahí, encima de mi toalla, justo en la zona donde se encuentran las joyas de la familia, la vi. Era una araña inmensa. Mirándome.

Deben haber pasado dos segundos, pero parecieron mil años. Emití el grito más masculino que podía emitir en esa época (ahora lo hago mejor), y con ello la toalla voló por los cielos. Salté hacia mis zapatillas de levantar, rodé por los suelos (ok, tal vez no), y aplasté a la condenada araña mientras ella salía por debajo de la toalla. Le di como cuarenta veces. Miré al pescadito, grité "¡Tú eres su cómplice!" y en un acto irracional maté al otro bicho también. Cuarenta veces, también.

No quiero imaginar lo que hubiera pasado si me hubiera puesto la toalla al revés. De haberlo hecho, seguramente ahora no podría dar gritos tan masculinos como los de hoy en día.


Anyway. Los caminos de la vida me obligaron a controlar el temor. Esto empezó en Cambridge, en la segunda casa donde viví, que era un desastre. Una característica de esta casa era que estaba habitada por mi, seis chinos, y como mil doscientas arañas. La mayoría de estas vivía en el baño, colgadas del techo. No se imaginan lo que era. Lo peor es que cuando uno tomaba una ducha en ese baño, las arañas se atontaban, y empezaban a descolgarse de su telaraña. Nefasto.

Entenderán entonces que me vi obligado a controlar el temor. Era eso o no me duchaba. Así que poco a poco, respirando profundo, empecé a ver estos seres como "posibles amenazas," en vez de "amenazas seguras." Confíen en mi, hay una gran diferencia.

La cosa evolucionó favorablemente, al punto que hace un par de meses permití que dos arañas se asentaran en mi habitación. Yo había dejado la ventana abierta, y al regresar encontré estas dos arañas pequeñas haciendo su telaraña, muy próximas una de la otra. Lo pensé un poco, y me di cuenta que últimamente habían habido un par de zancudos en mi habitación, así que decidí dejar a las arañas ayudarme con el asunto.

Esta simbiosis funcionó por un tiempo. Los zancudos fueron devorados por las dos arañas, y tuvimos una época de gran amistad. Vamos, hasta les puse nombre: Peter y Parker.

Por desgracia, la relación con mis nuevos compañeros de habitación deterioró rápidamente. La vaina es que no tengo infinitos mosquitos en mi habitación, así que las arañas aparentemente empezaron a pasar hambre. En particular, no había visto a Parker capturar ningún mosquito en un buen tiempo, y me empezó a preocupar su salud.

Parece que no fui el único en notar el estado debilitado del pobre Parker. Un día, regresé del trabajo y Parker había desaparecido. En cambio, Peter se aferraba a cierto bulto de telaraña. Casi lo vi relamerse. Espantado, entendí lo que había ocurrido. Estaba a punto de recriminar a Peter, pero una mirada suya de "tú podrías ser el siguiente" me detuvo. Estaba en problemas.

Decidí acabar con Peter, y aspirarlo. No obstante, parece que Peter había pactado algo con las chicas de la limpieza, y no encontré las aspiradoras por ningún sitio. El pacto era claro, ya que cada vez que ellas limpiaban mi habitación, dejaban al malvado Peter en paz, permitiéndole expandir su dominio libremente.

Un día, me armé de valor. Me tomé un par de shots en la cocina, y subí a mi habitación, con una zapatilla en la mano. Esta vez sería él o yo. Tomé la perilla de la puerta, y la dejé abrirse. En la habitación, todo era silencio. Apreté la zapatilla, y di un paso al frente. Otro paso. Uno más. Levanté la mirada hacia el dominio de Peter... y no vi nada. Peter no estaba.

Nunca supe qué pasó. No sé si Peter adivinó mis intenciones y decidió escapar, o si las chicas de la limpieza finalmente se dieron cuenta que hacer pactos con arañas no era realmente una buena idea, o si Peter había fracasado en algún negocio con la mafia albanesa. En todo caso, Peter había desaparecido.

Un mes después, otra araña ocupó el espacio de Peter. Estuve a punto de llamarla Eddie, pero no pude. No frieguen, era peluda, debía irse. Esta vez, fui implacable. Cuarenta veces. Dai.

Anyway, si no les pareció suficiente terror para un post, chequeen este video, y listo. Tendrán pesadillas por tres meses. Al resto, pues que la noche os sea propicia, y que tengan un genial Año Nuevo. Será hasta pronto.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Crisis Teológica

Creo que se está volviendo costumbre escribir de algo serio por lo menos una vez al año. Esta vez no intentaré evitarlo, pero les prometo que por lo menos no los torturaré con mis crisis amorosas, como la última vez.

Supongo que se habrán dado cuenta que yo, además de ser físico, peruano, medio pavo, inepto combinando colores, y demás, también tengo alguna tendencia religiosa. Varias personas alguna vez me han preguntado cómo puedo ser físico y no ser ateo al mismo tiempo, y bueno, a estos les respondo generalmente que no entienden qué significa la religión. Pero no quiero entrar en esta discusión en este momento, sino más bien contarles un poco de mi evolución religiosa.

En mi casa en Perú nunca hubo un ambiente muy religioso. Mi padre es anglicano / pagano, y mi madre no es muy religiosa que digamos (a excepción de cuando hay matrimonios). Para el terror de mi abuela, ni mi hermano ni yo fuimos bautizados al nacer, y a pesar que amenazó que si nos moríamos terminaríamos en el limbo, mi madre nunca atracó.

No estoy seguro, pero creo que mi primera experiencia real en la Iglesia fue luego de que a mi abuela le diera el derrame. Al desarrollar mi abuela dificultades para caminar, mi madre me envió a mi de apoyo. Así, terminé yendo los domingos a la parroquia María Reina, como bastón, mientras veía a la gente arrodillarse, rezar, confesarse, etc.

Muchos años después, basé toda mi experiencia religiosa en lo que enseñaban los padres Eduardo Arens (María Reina), y Lucho Cordero (Carmelitas). Quienes los han escuchado sabrán que ambos dan (o por lo menos daban) sermones de alta calidad. Según yo, el primero se concentraba en la experiencia religiosa como un hecho racional (¡actúa!), mientras que el segundo la enfocaba más por el lado humano (¡siente!). Ambos, por supuesto, con argumentos históricos y la debida contextualización. En Lima, siempre encontré mi equilibrio espiritual en ellos, y sentía que evolucionaba de una manera u otra.

Esto cambió cuando dejé el Perú. En Inglaterra, España e Italia me topé con los sermones más superficiales que había escuchado en mi vida, concentrados más en la tradición que en la vida diaria. En los primeros dos países me salvé por un pelo, en Cambridge me rescató mi amiga Chris, quién me llevó al Fischer House, una comunidad pequeña, pero muy reflexiva y analítica. En Valencia, encontré una parroquia a la que asistía toda la comunidad ecuatoriana, provista de un sacerdote muy humano.

No obstante, no puedo decir que no haya pasado por varias crisis. Me encontré constantemente en desacuerdo por las políticas de la Iglesia, ya sea en los temas de sexualidad como en los de austeridad. Vamos, siempre he estado convencido de que, a pesar de tener la cabeza media podrida, la Iglesia también tiene un cuerpo activo que hace buenas obras. Un cuerpo escondido, por supuesto, ya que esto generalmente no hace noticia. Pero la podredumbre de la cabeza no me dejaba tranquilo.

Esta crisis llegó a un máximo durante el escándalo de los abusos a menores, y la muy pobre respuesta de la Iglesia a todo este rollo. Esto, junto con la lamentable acción del papanatas de nuestro cardenal al intentar apoderarse de la PUCP, causó que me alejara de la Iglesia por más de un año.

Claro, el no ir a la Iglesia tampoco me dejaba tranquilo, ya que para mi escuchar los sermones siempre ha sido una motivación para evolucionar como persona. Al alejarme de la Iglesia Católica, empecé a mirar otras opciones.

Acá en Ginebra, al hablar con La Finlandesa Particular, me enteré de la existencia de una comunidad protestante Luterana. Me dije ¡qué demonios!, y decidí ir.

Tengo que admitir que casi salgo corriendo después de los primeros diez minutos. Al empezar la misa, apareció un hombre vestido de blanco, caminando como si fuera el Rey de España, y llevando a cabo la primera lectura haciéndose pasar por Abraham. Me hizo recordar las Iglesia de Gokú, o la de Sonic The Hedgehog.

Pero me quedé. Y por suerte lo hice. Descubrí que esta cosa rara realmente era una parte inicial dirigida a los niños, y que luego se llevaban a los critters a otro cuarto y empezaban con la cosa seria.

Grande fue mi sorpresa al no encontrar un sacerdote, sino una pastora. Más grande fue mi sorpresa al enterarme que no sólo estaba casada, ¡sino que estaba casada con un peruano! ¡Genial! ¡Y además, toca las maracas!

Ok, ok, los que han visto el video, sé que lo que toca no son maracas, pero suena gracioso, ¿ya?

Anyway, descubrí así que esta comunidad Luterana no cargaba consigo con todo el lastre que sí carga la Iglesia Católica. Para darles un ejemplo, descubrí que la pastora había celebrado una boda gay el año anterior, cosa completamente inconcebible en Roma. Encontré también una mezcla del sermón de Arens y de Cordero, una mezcla entre racionalidad y espiritualidad, basada en una contextualización apropiada de lo leído. Aún estoy comprendiendo cómo funciona la comunidad en sí, pero les puedo decir que el cheesecake que hacen después de la ceremonia es motivo suficiente como para querer quedarse y enterarse más.

Así que lo haré.

Ojo, con esto no quiero impulsarlos a moverse a la Iglesia Luterana más cercana. Aparentemente esta Iglesia es muy democrática, y cada comunidad tiene su propia forma de vivir su espiritualidad. Por ejemplo, la misma pastora me dijo que la Iglesia Luterana en África no está haciendo las cosas muy bien. Pero por lo menos esta es chévere, y estoy seguro que me quedaré ahi durante toda mi estancia en Ginebra.

Eso sí, protestaré. Apenas regrese a Lima iniciaré los trámites para mi retiro político de la Iglesia Católica. No sé qué será, apostasía, herejía, qué sé yo, pero por lo menos quiero que se sepa que no estoy de acuerdo en cómo lleva la Iglesia estos temas, y que prefiero estar en comunidades que me dan lo mismo (o más), que actúan de forma similar, pero que no tienen ningún lastre discriminador.

He dicho.

domingo, 16 de octubre de 2011

El Transporte Público, Parte II

Ok. Luego de haber hablado del transporte público en Lima, me siento en el derecho de despotricar contra los medios de transporte acá en Europa.

Empecemos con Inglaterra. A decir verdad, al mudarme a Cambridge no pude experimentar el transporte público inglés. En Cambridge está de moda andar en bicicleta, y ya pes, algunas modas se siguen. Me compré mi bicicleta (llamada Chari, averigüen ustedes qué significa), y salí a la aventura.

Por supuesto, no llegué muy lejos. La condenada bicicleta no sólo pesaba como doce kilos, sino que tenía la buena costumbre de atraer todo clavo, vidrio u objeto cortante hacia sus llantas. Y claro, cuando mandar a cambiar una cámara de bicicleta costaba unas buenas 15 libras, me tuve que volver un experto en el cambio de cámaras. Quién sabe cuánto tiempo de estudio perdí allá simplemente cambiando la condenada llanta...

Pero no sólo eso, sino que aparentemente el contacto con mi cuerpo activaba un mecanismo dentro de la bicicleta, aparentemente conectado con la atmósfera, que desencadenaba una lluvia terrible cada vez que salía yo a la calle. Por supuesto, una vez terminado el paseo, y conmigo bajo techo, la bicicleta se veía sola bajo la lluvia, y convenientemente decidía detener la lluvia. No se vaya a mojar mucho, la pobrecita.

Maldita Chari.


En Valencia la cosa fue distinta. Teniendo que ir a Burjassot todos los días, la mejor opción me pareció usar el metro, bus o tranvía. Y descubrí que, a pesar que en Europa el transporte público no causa accidentes como lo pueden hacer las combis en Lima, acá ocurren otras cosas que pueden destruir la paciencia de uno. Lo que les contaré ahora tiene que ver con lo que ocurría en el año 2006, más o menos, ahora ha mejorado un huevo.

El primer rollo es la espera. Luego de tener la costumbre de salir a la calle y chapar la combi en menos de 10 minutos, tener que esperar 35 minutos por el tranvía se convertía en en algo realmente frustrante. Vamos, esto no ocurría muy seguido, pero las veces que pasaba, uno terminaba queriendo matar a alguien.

Los tranvías tenían la mala costumbre de aparentar burlarse de uno. En Valencia, claro, hay paraderos, uno no puede subirse al bus o tranvía en cualquier sitio. Por ende, una vez que se cierran las puertas y el tranvía avanza, estas no se vuelven a abrir hasta el siguiente paradero. El tema frustrante acá era que, a veces, existía un semáforo inmediatamente después del paradero, y una cosa que hacía el tranvía era cerrar las puertas, avanzar dos centímetros, y detenerse frente al semáforo. A pesar de que realmente no se había alejado del paradero, el tranvía no volvía a abrir las puertas. Si  no llegaste a tiempo, piña pe.

Aquellos que tomaban el tranvía desde Burjassot para luego cambiar al metro en la estación de Empalme sabrán de qué voy a hablar ahora. En esta estación el metro no es subterráneo, es más, uno en el metro ve al tranvía, y viceversa. Algo que ocurría mucho era que ambos, metro y tranvía, llegaban al mismo tiempo a la estación. Por supuesto, esperar a que la gente del tranvía llegue al metro era impensable. Uno veía a aquellos desafortunados que tenían que cambiar correr como locos... y ver como las puertas del metro se les cerraban en las caras, y ver al metro partir todo campante.


Otro tema son los buses nocturnos. Tener unas diez líneas nocturnas a partir de media noche, pasando una vez cada hora, no es bacán. Okey, tal vez no es Grenoble, donde los buses nocturnos empiezan a las ocho de la noche, y el transporte público se acaba a medianoche (en Grenoble no se sale de fiesta, no, no)... pero poner dos buses cada hora tampoco es un esfuerzo tan grande, ¿no?

Ahora, tengo que admitir que el transporte en Valencia ha mejorado un huevo. Hoy en día existe el ValenBici, que corrige el problema de los buses nocturnos (chapa tu cleta nomás). Además, los paraderos ahora tienen un código, de forma que uno puede enviar un SMS a un número, y te indican cuánto tardarán los próximos buses (así que si se demorará más de diez minutos, puedes tomarte un cafecito). Bacán.

Por supuesto, todo esto lo implementaron un par de meses antes que yo me mude.
Malditos.

De Padova no hay mucho que decir. También estuve en bicicleta, y los rollos feos ustedes los conocen.

En Würzburg no anduve en cleta. Allá había que tomar bus. Y bueno, también he hablado de las primeras complicaciones al respecto. A decir verdad, a pesar que la universidad se encontraba un poco lejos, y los buses no eran muy frecuentes, la cosa funcionaba. El problema principal era que costaba un hue-vo. Así, separado. Peor aún si uno se quería mover en tren, había que romper el chanchito en esos casos.

Por supuesto, hasta que descubrí el Mitfahrgelegenheit. Les toca a ustedes averiguar qué es. Y no me llamen maldito. Yo también me demoré un huevo en saber qué era, más aún en pronunciarlo.

No diré nada del transporte en Ginebra, porque básicamente sería repetir lo que dije de Würzburg, pero sin Mitfahrgelegenheit. Por suerte.

Y ahora... Roma. Ay ay ay ay...

Empecemos. Roma tiene dos líneas de metro. Sí, no se rían. Caput Mundi, que le dicen. Y tiene dos líneas.


No sólo eso. Ahora, la línea que uso, la Línea A, no funciona en la noche. Hasta las nueves nomas, jefe. ¿Y por qué? No, que estamos construyendo la Línea C, y hay que cerrar la Línea A, porque nos cansamos. Ahhh... ¿y cuánto tiempo llevan construyendo la Línea C? Pues qué decirle, jefe, serán unos cinco-ocho años.... Ahhh... auguri!
 
Las mañanas son lo máximo. ¿Han escuchado ustedes del problema de sobrepoblación en el mundo? ¿No se habrán preguntado alguna vez dónde está toda esta gente? Pues fácil, están todos metidos en el metro de Roma. TODOS.

¡Y qué decir de los trenes! No, señores, el problema no es que los trenes a veces están con retraso. ¡A veces pasan antes de tiempo! ¡Han habido veces que me he he quedado estancado en Frascati por 45 minutos porque el porco tren pasó cinco minutos antes!

Ustedes dirán, no pes, lo que pasa es que tienes el reloj atrasado. Tienes que sincronizarlo con el reloj de Termini. ¿Y cómo hacerlo, mis estimados, si cada reloj de Termini muestra una hora distinta? Así, así, ¡hasta con cinco minutos de diferencia! Por ello, pa ir a la chamba, siempre trato de estar 10 minutos antes en el tren. Mejor prevenir que lamentar.

Los buses también son otra historia. Acá también existe el sistema de Valencia, aunque no por SMS, acá hay que entrar a una página web y te dicen a qué hora pasa el bus (o sea, los que no tienen internet se fregaron). No obstante, este sistema no resulta muy confiable. Hace un tiempo estuve esperando la línea 87, alrededor de medianoche. El sistema indicó que un 87 pasaría luego de 30 minutos, y me dije va bene, espero. 40 minutos después, pasó un bus anunciando que iba al depósito, y luego el 87 despareció del sistema. Oops. Y claro, luego ya no pasaba otro. A caminar a casa, dai, 45 minutos más.

Maledetto...
 
Acá también podría seguir por bastante tiempo, pero ya me está saliendo larguito esto. Así que los dejo, sin otra esperanza que el sueño del carro propio. A mi me falta un huevo pa eso, creo...

jueves, 8 de julio de 2010

Sesión de Fotos

Mi estimado, usted entenderá que, a pesar que uno intente hacer bien las cosas, a veces dichas cosas salen mal. Es algo terrible, lamentable, pero muchas veces inevitable. A veces uno resulta tener una especie de karma que provoca una extraña atracción hacia los desastres.

Le pongo un ejemplo.Ya le conté hace algún tiempo sobre mi amiga Catalina. Y aunque la capacidad de ésta para atraer desastres es sumamente mayor que la mía, esta vez el desastre no está relacionado con ella. Por lo menos no directamente.

Resulta, mi estimado, que mi amiga Catalina acaba de terminar su tesis. Hace un par de días fue la defensa, y unas horas antes de presentar su trabajo, me pidió que le prestara mi laptop. Aparentemente el monitor de la suya no funcionaba apropiadamente y, evidentemente, uno no quiere arriesgarse a que las cosas salgan mal durante un evento tan importante. Así que perfecto, no hubo problema, le presté mi laptop.

Al entrar a Windows, hice algo sumamente importante: apagué el wireless. Tal vez usted no comprenda por qué es esto tan importante, mi estimado, pero la próxima vez que vaya a una conferencia, y en plena charla vea a la madre del presentador mandando mensajes en Skype, preguntándole a su hijito si quiere le ponga ketchup a su tacu-tacu cuando regrese a casa, acuérdese de mi. No, no es algo que me haya ocurrido personalmente, pero es un temor que siempre está ahí.

De todas formas, mi estimado, mi amiga Catalina presentó su tesis utilizando mi laptop. Lo hizo bastante bien, a pesar que ella lo niegue, como es típico de ella. Después de esto, llegó la sesión de preguntas, en la cual mi amiga Catalina dejó la laptop para resolver las dudas del tribunal de tesis. Y es aquí que ocurrió lo terrible.

Resulta que me había olvidado de desconectar el protector de pantallas. Sí, mi estimado, hablo de ese programa que se encarga de mostrar figuritas en la pantalla luego de varios minutos de inactividad. Lamentablemente, mi protector de pantalla no es un campo de estrellas, ni un laberinto de tuberías, tampoco involucra al símbolo de Windows (¡Dios me libre!). Lo que hace mi protector de pantalla es mostrar las fotos que tengo almacenadas en mi computadora.

Sí, lo escuchó bien. Mientras mi amiga Catalina respondía las preguntas del tribunal, mi laptop decidió mostrarle a todos en la sala, desde el alumno más joven hasta el catedrático más anciano, todas las fotos posibles. Mi amiga Catalina, de espaldas al proyector, nunca se dio cuenta de lo ocurrido.

La primera foto, fue bastante inocente, involucrando al equipo de remo de Clare Hall:


En ese momento, empecé a sudar, mi estimado. Por supuesto, tengo fotos algo comprometedoras en mi laptop, y me empezó a preocupar mi ya mancillada reputación. La segunda foto fue sencilla, también de Cambridge, tomada desde el techo del DAMTP:


Para este momento, más de la mitad de los asistentes estaban más interesados en ver cuál era la siguiente foto en salir, en vez de escuchar las respuestas de mi amiga Catalina. Afortunadamente, la laptop decidió ser buena conmigo, y se quedó un rato más en Cambridge. Esta vez, mostró al equipo de remo de Clare Hall en acción:


Espero que sea capaz de distinguirme entre los fieros remeros que aparecen en esta foto, mi estimado. Lamentablemente para mí, los asistentes no me reconocieron.

La laptop parece haberse aburrido luego de Cambridge, ya que saltó a Perú, mostrando la siguiente foto:


En ella sale mi grupo de música, Fuga, luego que yo los abandonara para estudiar lo que estudio, y trabajar en lo que trabajo, mi estimado. Afortunadamente, en dicha foto las "Monses" salen pequeñas, evitando la probable huida galopante de todos los asistentes, presas del pánico.

La sesión de preguntas estaba acabando, cuando en eso la laptop decidió mostrar una foto de mi madre, en Zermatt:


Supongo que le gustará saber a mi madre que por lo menos Felip opinó que salía muy guapa.

Ya creyendo estar a salvo, cometí un error, mi estimado. Y ese error fue confiar. Confiar en que mi laptop no tendría alguna jugada bajo la manga. Pensé que no mostraría ninguna foto demasiado comprometedora, y que no arruinaría la sesión de preguntas de mi amiga Catalina.

Y en eso, apareció Maribel:


Y en eso, la sesión de preguntas de mi amiga Catalina dejó de ser lo más importante del momento.

Espero, mi estimado, que mi amiga Catalina nunca se entere de por qué exactamente la gente empezó a reirse. A mi me da miedo informarle... como bien entenderá.

lunes, 3 de mayo de 2010

Toy Gordo

Ok, ok, no toy gordo. Pero me siento gordo. No se preocupen, no es un ataque de anorexia (a pesar que un anoréxico seguro que diría lo mismo). Es una serie de eventos desafortunados acumulados en el tiempo.

Aparentemente, en situaciones de estrés extremo, mi metabolismo protesta. Esto lo reporté una vez en este blog, y parece que me ha vuelto a pasar. Pero déjenme contextualizar lo que les voy a contar.

Cuando ingresé a la universidad (en el siglo pasado....), estaba bastante flaco. El estirón adolescente me dejó delgado, y me duró muchos años. En la época de la maestría en la PUCP, esto empezó a cambiar. El hecho que todos los días cenaba primero en mi casa para luego cenar otra vez en la de Jessica, combinado con la falta de deporte, hizo que empezara a engordar de a poquitos. Cuando terminé la maestría, estaba pesando poco menos de 80 kilos, y no dudo que pasé esa barrera un par de veces.

Ahora bien, algunos sabrán que dos semanas antes de salir a Cambridge la gente del College me dijo que ya no podían alojarme, y que tenía que buscar otro sitio dónde vivir. A pesar que al final se arregló el asunto, mi sistema digestivo colapsó por el estrés. No se preocupen, no daré detalles, sé que tan masocas no son. Básicamente no pude comer nada sólido por esas dos semanas, y la semana siguiente mi alimentación fue bastante moderada.

Una vez llegado a Cambridge, tuve que pasar por un examen médico bastante sencillo. Entre todas las cosas que tenía que hacer, estaba pesarme. Si, sencillo dije. Anyway, al subirme a la balanza, todo Inglaterra (y tal vez il Maestro también) me escuchó gritar "¿65 kilos??????????"

Había bajado alrededor de 15 kilos en 3 semanas.
O sea, qué dieta del lagarto, ni qué dieta del lagarto. Stress is the way to go.

El siguiente año en Cambridge, y los tres en Valencia, se caracterizaron (entre otras cosas) por ser preguntado de vez en cuando por qué usaba la ropa tan suelta. Claro, al haber bajado 15 kilos, me había reducido, y ya nadie podía creer que alguna vez fui un fornido remero. Dije remero, no ramero, payasos.

En este tiempo, nunca logré subir a mi peso normal. Ok, tampoco quería llegar a 80, pero 70 - 75 kg no estarían mal. A pesar de que en Valencia terminé comiendo dos platos en el almuerzo, que es todo un sacrificio considerando lo horripilante que es la comida de la cafetería, nunca logré llegar a 70 kg.

Pos na'. El año pasado, en Diciembre, acepté que mi metabolismo había cambiado. No bajaría nunca de 65, ni subiría de 70 kg. Whatever. Como muestra de ello, cuando mi familia me preguntó qué quería en Navidad, la respuesta fue "¡Ropa que me quede!"

Sí, sí, en estos años nunca he comprado ropa. Así soy, ¿ya? ¡Quiéranme así!

Y cambié mi ropa. Al llegar a Lima, recibí un huevo de ropa nueva. Finalmente no era necesario usar cinturón, no tenía que remangarme cosas constantemente, ¡eran cosas que me quedaban!

Pero luego... vino la tesis.

Y parece que el estrés trajo un nuevo cambio de metabolismo. Porque desde que empezó la locura, el trabajar hasta las 11 pm en la oficina, y luego en casa hasta las 2 am, sin estar seguro de poder terminar, sin poder dormir bien, empecé a recuperar mi peso. En Febrero pasé la barrera de los 70 kg. Y en Marzo pasé los 75 kg. ¡Estaba volviendo a tener mi peso normal!

Por lo general esto me hubiera encantado... Tan sólo debía hacer ejercicio pa que la panza no dominara y listo. El problema es que empecé a asfixiarme.

No, no es un asfixia angustiosa debido a la ansiedad de una anorexia negada. Es una asfixia literal. ¡Ya no me quedaba la maldita ropa nueva! Los pantalones nuevos estrangulaban mis piernas, y siento que los pobres sufren cada vez que me agacho a recoger algo. Los polos nuevos prefieren que tenga los brazos horizontales al piso, y se paran trepando, mostrando el rollo al mejor estilo de Isabel. ¡Porca miseria!

(Sí, sí, tú Isabel, polaca eléctrica que siempre lees mi blog en secreto y nunca comentas)

La solución más sencilla es la de usar la ropa vieja... pero esta, debido a uno de esos impulsos reivindicadores que me vienen de vez en cuando, ya no existe. La mandé a reciclar, y probablemente la esté usando algún mendigo. Hmmm... ahora que lo pienso, esto podría explicar cierto evento desafortunado que ocurrió hace no mucho...

Pues nada. Necesito bajar de peso. Pero ya me conocen, no hay forma que me prive de comer helados, o papas fritas, o lo que sea. Mi estrategia actual es no desayunar, que es factible considerando que en Suiza se almuerza más temprano. Lamentablemente, como antes no podía subir de peso, ahora seguro que no lo podré bajar. Mi metabolismo es testarudo.

Cha mare.... nunca creí preguntar esto en mi vida, pero... ¿alguien me quiere preparar alguna ensalada? Ugh....

jueves, 25 de septiembre de 2008

Sobre Lavadoras

09/02/2008

Creo que no es necesario decir que el pasar del comodísimo mundo en el cual a uno le preparan la comida, lavan la ropa, limpian la casa (etc), a aquel donde todo esto (y más) debe ser hecho por uno mismo, es toda una experiencia. No estoy seguro si lo que mas recordaré de toda esta etapa fuera de Perú serán mis accidentados viajes, o las anécdotas en el momento de cocinar, lavar, y demás...

Claro, si nos referimos a lo que menos recordaré, las experiencias académicas se llevan el primer premio con una clara ventaja sobre todo otro tipo de experiencia. Pero hoy no quiero hablar de eso.

Hoy quiero hablar de la lavandería.
¡No! ¡Deténganse! ¡¡¡¡No cierren esta ventana!!!! ¡¡¡No llamen al medico, no me he vuelto loco!!!

Está bien, está bien, no me he vuelto MÁS loco.
Es que es verdad. Una particularidad sobre el sitio donde uno vive es cómo hace para lavar su ropa en él. ¡Y tengo pruebas fehacientes de ello!
Denme un rato mientras busco "fehaciente" en el diccionario... Ok.
Pues lo mismo, ¡tengo pruebas fehacientes de ello!

Mi primera experiencia con la lavadora fue en Inglaterra, en la casa que compartí con los seis chinos. Ahí, una de las cosas mas importantes que aprendí fue que el filtro de la lavadora debe ser limpiado. Y seguido. Especialmente si vives con seis chinos.
En futuras lavadoras nunca encontré lo que vi esa espantosa primera vez, cuando descubrí que nuestra lavadora no funcionaba porque el filtro simplemente tenía demasiadas cosas atascadas. Al abrirlo, encontré hasta monedas. Y monedas es lo mas light, porque si les contara el resto de cosas que encontré, optarían por el suicido. Una experiencia igualable a un encuentro con el mismo Cthulu.
Lindísima primera experiencia.

No obstante, el cambio de filtro no fue suficiente. Definitivamente mejoró su rendimiento, pero no al 100%. Fue tiempo después que me enteré la razón de esto, y entré así al fascinante mundo de la psicología lavadórica (esta no la buscaré en el diccionario).
Resulta que un año antes, esta lavadora era una lavadora común y corriente, feliz de su condición y sin intenciones de cambiarla. Hacía su trabajo, y lo hacía bien.
Hasta que llego el estudiante egipcio.

A este chico lo conocí. Entre otras cosas, se caracterizaba por su extremadamente fuerte odor, y su fútil intento de esconderlo usando dos litros de colonia diarios. Grande fue el susto que recibió la pobre lavadora al enterarse que este ser iba a vivir en esa casa, y que ella tendría que lavarle la ropa.
Los chinos me contaron que la batalla fue épica. No obstante, por más que lo intentó, nuestra heroica lavadora no logró quitar esta mezcla de olores a las prendas del egipcio. Peor aun, la ropa dejó a la lavadora oliendo tan mal como el mismo egipcio.
Imagínense la situación. La razón de la existencia de una lavadora es limpiar y quitar olores. Esta vez no sólo había fracasado, sino que su oponente se había burlado terriblemente de ella. Dicen los chinos que necesitaron lavar a la lavadora como dos o tres veces para que deje de oler. Pero desde allí dejó de funcionar igual que antes.
No sé. Yo la comprendí muy bien a la pobre, y no volví a exigirle tanto.

La siguiente experiencia no tiene este tipo anécdotas. Fue en la segunda casa en Cambridge. Ahí simplemente descubrí que estaba haciendo algo mal. Mientras yo iba más o menos tres veces a la semana a lavar la ropa, el resto de gente iba solo una. "Qué cochina es la gente aquí," pensaba yo todas las semanas, mientras regresaba con mi tercer cargamento de ropa. Pero luego de un par de meses, entendí lo que ocurría.
A pesar que parezca una (otra) locura, esto se justifica perfectamente en mi insistente rechazo a las secadoras, luego del maltrato que observé luego de un par de secadas. Y considerando que no me gusta ir a comprar ropa (y por lo general no tengo dinero para ello), ¡¡¡tenía que cuidar la que tenia!!!
Ergo, si no iba a usar secadoras, tenía que colgar la ropa. Y para esto sólo tenía mi cuarto. Y en este sólo entraba una tanda de ropa colgada.
Y ya pues, al separar blancos de colores, ya tenía asegurada por lo menos dos visitas a la lavandería cada semana. La tercera la hacía cuando lavaba las toallas y sábanas, que generalmente ocupaban todo el espacio disponible en el cuarto... En esos momentos, sólo me faltaban las chicas y la arena para tener mi propio harem.
Nunca supe si esta actitud era exagerada o no. Se que puede llegar a ser peor, he conocido entes que sí son exagerados, algunos que hasta planchan las toallas, "porque quedan mas suaves." En fin...

En Valencia las cosas fueron algo mas balanceadas. Con un tendedero externo grande, pude disminuir la densidad de lavadas por semana. Ahora, eso me hizo descubrir los horrores relacionados a los tendederos externos.
Uno de estos horrores, por ejemplo, se daba cuando Valencia era inundada por los "olores autóctonos" de la huerta, análogo al olor a harina de pescado que llena a Lima cada par de meses. Y si la ropa está colgada afuera, resulta que es expuesta a estos olores autóctonos. A veces absorbiéndolos. Horror de horrores.
Consideré luego las ventajas de un tendedero interno, después que lloviera por semana y media sin parar. Esa vez se me acumuló la ropa fregado.

No obstante, la acumulación de experiencias estaba dando frutos.
Para cuando llegué a Padova, sabía ya que mi vieja ropa colorida estaba lo suficientemente desgastada como para poderse lavar junto con los blancos. Y que realmente no era necesario usar tanto detergente como lo dice la caja (¡¡¡malditos ladrones!!!). Aprendí a graduar las secadoras, brutalmente útil en la época de lluvia. Descubrí que siempre es bueno dejar la puerta de la lavadora abierta por un par de horas, para evitar la formación de hongos. Chasa conmigo.

Si, lo admito. Me volví un lavador confiado. Me creía experto. Todas estas experiencias me hicieron arrogante en el sector "lavandería" (los que quieran extender este comentario a otros sectores, por favor abstenerse), estaba seguro que sabía lo más importante sobre lavar, y que lo hacía bien.

Claro. Hasta que recibí un regalo bravazo procedente de Madre de Dios (departamento de Perú), un polo rojo como un tomate con figuritas selváticas. Chévere.
Lamentablemente, no tomé en cuenta que esta prenda era nueva, y que podría teñir.
Ya no creo ser arrogante en la lavandería. El nuevo color rosado de mi ropa interior ha logrado que recapacite.
'Cha mare...

martes, 19 de agosto de 2008

De Vuelta por Cambridge...

15/05/2007

Es increíble que estas cosas realmente ocurran.
No importa lo mucho que se esfuerce uno, no importa lo confiado que uno esté, siempre la vida se encarga de demostrarle a uno que sólo porque ella es buena gente no se nos cae el mundo encima. Y claro, dicha demostración generalmente involucra una serie de eventos sucesivos que hacen que uno tenga la impresión de que, efectivamente, el mundo se nos está cayendo encima.
Una de estas demostraciones ocurrió este fin de semana, justo cuando decidí darme una vuelta por Cambridge para ver cómo le iba a la gentita.

Dicho viaje tenía como excusa el asistir a la graduación de mi amiga Nicole. Ahora bien, el asistir a una graduación exige tener puesto un terno, por lo cual me era necesario llevar una maleta (en inglés, el termino "suitcase" resulta recontra apropiado). Lamentablemente, cuando uno se da cuenta que puede llevar una maleta, tiende a llenarla, haciendo que su peso obviamente se incremente. Dicha tendencia fue una de las cosas que empeoró la situación en la cual me encontré al llegar, pero por el momento no demos saltos. Tan solo recordemos que terminé llevando una maleta que pesaba 14.5 kg.

El problema tiene sus raíces fundamentales en la apuradera al salir de mi piso. Lamentablemente salí tarde del trabajo (una inoportuna discusión con Pere sobre correcciones de cromodinámica cuántica a un loop involucrando "fantasmas"), y no tenía hecha la maleta, así que obviamente me olvidé de algo en mi camino al aeropuerto. Ese algo era la dirección de Chris, la chica con quien me iba a quedar en Cambridge.

Algunas personas ya se estarán imaginando como habrá resultado la convolución de haberme olvidado la dirección de Chris con mi maleta de 14.5 kg, pero intentemos no saltar al final tan rápido.

El no tener la dirección no me preocupaba mucho. Yo había ido varias veces donde Chris cuando estudié allá, y estaba seguro de recordar cómo llegar. Así que seguí adelante. Llegué a Cambridge a la 12:50 am, según el plan. ¡Y miren cómo son las cosas! Estaba lloviendo. Torrencialmente.

Si, si, maleta de 14.5 kg, no tenía la dirección, era la 1 am, estaba lloviendo... Ingredientes perfectos para un desastre, ¿no?

En fin, no sabía cómo llegar en carro al sitio, así que le dije al taxi que me deje por allí nomas (de paso ahorraba un poco, ¡el taxi casi me salió tan caro como el tren desde el aeropuerto!). Caminé unos 5 minutos (por suerte tenía paraguas) hasta que llegué a lo que yo recordaba era la calle de Chris. Miré el nombre: "Acrefield Drive," excelente, recordé en el momento que ese era el nombre que me había dicho Chris. Y si no me fallaba la memoria, era el numero 9.

Miré las casa alrededor, y ubiqué la que yo creía que era la casa de Chris. ¡Y miren! ¡El número de la casa era 9! ¡Perfecto! Había llegado. Me acerqué a la casa y toqué el timbre. Obviamente no quería despertar a las compañeras de Chris, así que fue una timbrada relativamente corta. Y claro, nadie contestó.

Fue en ese momento que me entró la duda. ¿Era el 9? ¡Pero Chris me dijo que escucharía el timbre de todas maneras! ¿Y ahora? ¿Tocar el timbre otra vez? ¿¿¿A la 1 am??? ¿O tocar en el 7, que también me era medio familiar? Las dudas me invadían mientras la lluvia seguía mojándome, a pesar del paraguas, y yo miraba mi maleta de 14.5 kg sin gana alguna de cargarla por todo Acrefield Drive.

Me acerqué al 7. Toqué el timbre. ¡Y no funcionó! ¿Y ahora? ¿Golpear la puerta? No, no way, Chris me dijo que el timbre estaba bien. No, no, tenía que ser en el 9.

Me acerqué al 9. La lluvia caía. Mi maleta pesaba. Toqué el timbre otra vez. Nada. ¿Y ahora? ¿Realmente era en el 9? ¿Qué hacer?

Pues bien, ¡tenía que llamar a Chris! Por suerte su teléfono estaba en mi celular. Lo abrí... para descubrir que estaba apagado. ¡¡¡Se le había acabado la batería!!!! Así que me preparé. Agarré lápiz, papel y prendí el celular. ¡Funcionó! Apunté el numero justo a tiempo, el celular murió segundos después.

Ok. Ahora, a buscar un teléfono público. En Cambridge. A la 1:15 am. Bajo la lluvia. Arrastrando una maleta de 14.5 kg.
Por supuesto.

Descubrí que en Acrefield Drive no hay teléfonos públicos. Ni en la calle del costado. Ni en la que le seguía. Ni en la siguiente. Decidí regresar y buscar en otra dirección. Y fue en ese momento que la manija de la maleta se rompió.

Tuve que contar hasta 10.

En fin, me puse a razonar. Y lo hice mal. La casa de Chris queda cerca del río, y por alguna razón supuse que por el camino que lo sigue podría encontrar algún teléfono. Así que me dirigí al puente que lo cruza, para obtener una vista panorámica de la situación. Y claro, no había ningún teléfono por ningún lado.

En eso, ví una figura que empezaba a cruzar el puente. No, no era la muerte. Después de unos segundos me dí cuenta que era... ¡¡¡¡el vago ("homeless person," lo llamábamos) que vendía "Big Issues" en frente de Sainsbury's!!!! Se me acercó (a la 1:30 am) y me dijo "Disculpe Sr, sé que esto sonará medio extraño, pero tendrá algo de cambio que le sobre?"

Si, medio psicodélica la situación.

Lo miré. Y le dije "Ok, hagamos un trato. Yo te doy dos libras y tú me llevas al teléfono más cercano." ¡El aceptó! Y así, terminé siguiendo al vago por las calles, mientras conversábamos sobre lo difícil que es encontrar teléfonos en Cambridge y lo inconveniente que resulta olvidar las direcciones.

Finalmente, ¡encontré un teléfono! Ahora, a rezar por que funcione. Agradeciendo al vago, corrí al teléfono, saqué mi papelito y ¡llamé a Chris! ¡¡¡Y contestó!!!

Resulta que su casa sí era en el 9, pero mi estimada se había quedado dormida. Linda, la Chris. Cuando regresé, no sabia si darle un abrazo o una cachetada. ¡Pero bueno! ¡Había llegado! Había estado 45 minutos bajo la lluvia, con una maleta de 14.5 kg con la manija rota, perdido, y dependiendo enteramente del vago de los "Big Issues..." ¡¡¡¡Pero sobreviví!!!!

Nuevamente recalco. A la vida le encanta demostrarnos que es buena gente. Gracias a Dios estas cosas no nos pasan a todos, y a los que sí nos pasan, por lo menos no pasan todos los días.

¿Debería venir aquí una moraleja? Se la dejo a ustedes.

viernes, 8 de agosto de 2008

Receta de Fideos a la Alfredo

16/08/2006

Precedentes:

La receta Nicolini de fideos a lo Alfredo es bastante sencilla, pero me las arreglé para que no me saliera muy bien la primera vez. La leche en el fondo de la olla se quemó, casi se rebalsa, y al final termine con un montón de salsa con demasiado queso parmesano. Este viene a ser el segundo intento.

Pasos a Seguir:

1. La receta es para seis personas. Dividir todos los ingredientes entre dos, y decidir que lo que sobra se guarda pa otro día.
2. Buscar a una amiga agradable con quien comer. Ser choteado en el primer intento.
3. Encontrar un amigo gringo que solo come comida de microondas. Apiadarse e invitarlo a comer.
4. Separar ingredientes en la cocina. A la izquierda el fusilli, aceite, sal y pimienta. A la derecha los 50 gr de mantequilla, la media lata de leche evaporada, el jamón y el cuarto de taza de queso parmesano.
5. Calentar agua para preparar la pasta.
6. Preguntarse si ese jamón viejo sigue en buen estado. Agarrar una lamina. Olerla. Dudar. Cortar un poco y probar. Decidir que esta bien. Fallar el lanzamiento del jamón al plato, recogerlo del piso y botarlo a la basura. Preocuparse, ya que solo quedan dos laminitas. Picarlas.
7. Al hervir el agua agregar la sal, el aceite y la pimienta. Esperar cinco segundos, agregar la pasta y cocinar por diez minutos. Olvidarse de bajar la temperatura.
8. Mientras tanto, en otra olla, calentar la mantequilla. Una vez derretida, agregar la leche. Calentar a potencia 4 (de 5), revolver constantemente con cuchara de madera. Esperar a que la leche hierva.
9. Preguntarse si esas burbujitas serán un indicador de hervor. Decidir que lo mejor es esperar a que la leche empiece a ascender, como la vez pasada, pero revolver para que no se queme el fondo.
10. El amigo gringo ofrece ir por unas coca colas.
11. Darse cuenta que la salsa ha estado reduciéndose por cinco minutos, justo en el momento en que uno debe sacar la pasta del agua. Entrar en pánico.
12. Agregar sal, pimienta, nuez moscada y queso parmesano a la salsa. Revolver rápidamente. Poner la olla en una hornilla que no este caliente.
13. A la velocidad de la luz, drenar la pasta. Regresar a la salsa, calentarla nuevamente.
14. Darse cuenta, con horror, que la salsa se ha reducido notablemente, y practicamente no hay suficiente ni para una persona.
15. Asustarse al escuchar al amigo gringo regresar con las coca colas. Abrir el refrigerador, encontrar leche fresca y preguntarse si sera equivalente a la leche evaporada.
16. Mandar todo al diablo y mezclar la leche fresca con la salsa, segundos antes que el amigo gringo entre en la cocina.
17. Decidir que las nuevas burbujitas si indican hervor, y bajar la temperatura considerablemente.
18. Recordar que había que añadir el jamón picado.
19. Añadirlo.
20. Decidir que es suficiente, y agregar la pasta a la salsa. Revolver.
21. Maravillarse, ya que se ve muy bien!
22. Servir la pasta. Probarla. Agradecer a Dios y a Santa Teresita de Jesús, ya que ha ocurrido un milagro: el plato salio bien!
23. Lavar los platos, las ollas, los cubiertos, etc, mientras el amigo gringo se va a ver CSI con su amiga chipriota (y familia). Dejarle por lo menos las lata vacías de coca cola, pa que las bote.
24. Exhausto, irse a dormir.
25. A la mañana siguiente encontrar una lata todavía en la mesa, mientras que la del amigo gringo esta en la basura. Adelantar las resoluciones de año nuevo.