Enfrentado a la terrible experiencia de lavar la ropa, me puse a pensar cómo hacer para tener que lavar menos veces al mes, y así aprovechar mi tiempo un poco mejor.
Me senté frente a la lavadora, el análisis era sencillo: mientras más ropa ponga de una sola vez en la lavadora, menos veces tendría que lavar. No obstante, tenía una restricción importante: el número de líneas en dónde secar la ropa era limitado.
Me sente entonces frente a las líneas de ropa (aquellas en donde otras aventuras interesantes habían ocurrido), y analicé cómo maximizar la cantidad de ropa que podía poner en ellas. Por supuesto, si maximizaba la cantidad de ropa que ponía en las líneas, minimizaría la cantidad de veces que tendría que lavar la ropa. Excelente.
Llegué a la conclusión que, a lo mucho, podía poner cuatro polos y una pieza de ropa interior en la línea. Además, un polo contaba aproximadamente como dos piezas de ropa interior, y un pantalón como polo y medio.
Habiendo hecho esto, me aseguré siempre que el número de piezas de ropa que lavara en algún momento ocupara completamente todas las líneas de ropa disponibles, al máximo.
Feliz de tener un método eficiente para lavar la ropa, procedí seguir con mi vida, confiado que seguramente ahorraría una o dos lavadas al año. Ecológico total, señores.
Por supuesto, mis compañeros de piso no vieron todo este proceso, lo único que veían era que yo siempre colgaba la ropa de la misma manera, siguiendo más o menos el mismo patrón. Uno de ellos se me acercó una vez, mientras llevaba a cabo mi fríamente calculada labor, y me dijo: "Oye, tú eres una persona muy cerrada de mente, ¿no?"
En ese momento no entendí lo que quería decir. ¿Había discriminado a algún homosexual sin darme cuenta? ¿O había rechazado algún tipo de comida extraña? ¿Tal vez había juzgado a alguien por llevar a cabo un aborto, sin considerar las circunstancias? ¿Acaso me había escuchado hablar mal sobre las teorías con dimensiones extras? Preocupado, le pregunté por qué decía eso.
"Porque siempre pones la ropa de la misma forma" respondió él, con la sonrisa cavernícola que lo caracterizaba.
Le intenté explicar que eso maximizaba la cantidad de ropa que podía lavar, pero no entendió. O no quiso entender. Claro, él nunca se enfrentó a la lavadora en todo el tiempo que vivimos juntos, no podía entender.
Decidí ignorarlo, y seguir con mi forma particular de colgar la ropa. ¡Qué sabía él!
No obstante, escuché un comentario similar la última vez que estuve en Ginebra. El Albanés Amable hablaba pestes de un miembro del Foyer (una buena costumbre de El Albanés Amable), y en eso dijo: "Sí, estoy seguro que es un psicótico, la otra vez pasé frente a su habitación y vi que había dejado la puerta abierta. Adentro todo estaba muy ordenado, pero estilo Dexter. No se imaginan, hasta la ropa la tenía colgada en patrones."
En ese momento, me atoré. Primero cerrado de mente... ¿y ahora psicótico? Decidí que sería una buena idea no mostrarle a nadie en el Foyer cómo colgaba la ropa.
No se imaginarán mi terror un día, cuando Chibi-Ninja tocó mi puerta para pedirme una de mis Wawasanas Antigripales, y se dio cuenta de mi forma de colgar las ropa. "Ohhhhhhh," dijo ella, en esa forma característica que tienen los Chibi-Ninjas de sorprenderse, "¡qué ordenada tienes la ropa!"
Rayos. Había que matar a Chibi-Ninja. Una lamentable conclusión, pero necesaria. Todo para que no me llamaran psicótico, ni cerrado de mente.
Por suerte, me di cuente en lo ridículo de mi argumento, y desistí. Fui afortunado, porque Chibi-Ninja fue solidaria, y no reveló mi secreto a nadie.
Pues nada. El día de hoy dejo de esconderme, y declaro públicamente que yo ordeno mi ropa al colgarla. Llámenme cerrado de mente, llámenme psicótico, me da igual. Pero cuando estén ustedes lavando la ropa una vez más al año que yo, recuérdenme. Seguramente escucharán mi risa en el fondo, maquiavélica, un poco desquiciada, y tal vez hasta insana, pero seguramente no psicótica ni característica de alguien cerrado de mente.
Ya saben.
viernes, 31 de mayo de 2013
martes, 16 de abril de 2013
La Donación de Sangre
A mi no me gusta la lechuga.
Tampoco me gusta escuchar un mismo tipo de música por más de dos horas seguidas.
Menos aún me gusta viajar en combi.
Por supuesto, tampoco me gusta el Skype, ni los chats.
Y aborrezco corregir exámenes.
Pero si hay algo que realmente me produce escalofríos, que me pone ultra-nervioso, y que trato de evitar a toda costa, esa cosa es una aguja. Decir que detesto las agujas no llega ni a esbozar cómo me siento cuando veo una aguja cerca: el estómago se revuelve, la piel se me pone de gallina, los pelos se me ponen de punta...
Pero claro, seguro JD no sabía esto cuando me llamó un viernes a ver si le podía donar sangre a un tío de Celia. "Nos falta sólo una persona," me dijo. Cha mare. Recuerdo bastante las campañas de donación de sangre en Valencia, y ahí siempre encontraba una excusa válida para evitarlo. Pero esta vez no tenía excusa en absoluto, así que caballero.
Recuerdo un capítulo de Sailor Moon (¡no me juzguen!) en el que una de las protagonistas intenta demostrar que es buena persona donando sangre hasta el hartazgo. Supongo que eso me motivó a no escaparme del asunto, digo, siempre es noble imitar a tus héroes de la juventud. Así que, acompañado de La Guapa, me dirigí al Hospital del Empleado, a la mañana siguiente de la llamada de JD.
Bueno, ahí se presentó el primer problema. Había una espera de dos horas, y sólo podían entrar los donantes, los acompañantes debían esperar afuera. Sí, como para presentarlo al Trámite de Más. La verdad es que La Guapa y yo teníamos un compromiso, así que no podíamos esperar tanto, y no pude donar en ese momento. ¡Lástima!
Le mandé un mensaje a JD, le conté la situación y le dije que podría donar el domingo. El dijo que bien, no había tanto apuro, que podían esperar. Rayos. Le dije que ok, pero que me avisara si conseguían a otra persona.
Anyway, esa noche fue noche de fiesta, y no me di cuenta que si uno dona sangre no puede beber alcohol en unas 24 horas. Así que ni modo, tampoco pude donar el domingo. ¡Lástima!
Fue entonces que JD sacó la maquinaria pesada. Mandó a la misma Celia a llamar.
¿Qué habían entendido ustedes con maquinaria pesada? ¡Malpensados!
Anyway, me llamó la Celia, y me dijo "Oe ya pes sonsonazo, ¿vas a donar o no?" 'Ta mare. "Sí, sí, Celia, no me mates, el lunes en la mañanita me voy a donar." Ni modo.
El lunes llegué sin problemas al hospital. Me dirigí al centro, estaba la misma señora de la vez pasada, que me dio un formulario pa llenar mis datos. Mientras lo hacía, empecé a sudar.
Pasé a la siguiente sala, donde me sacaron una pequeña muestra de sangre. Esto, la verdad, fue pan comido, usaron un aparatito que no aparentaba tener aguja, y que no producía dolor. Pucha, si la donación entera fuera así, donaría cada fin de semana.
Pero no era así.
Luego de pasar por otro cuestionario, entré a una sala donde había un huevo de camas. Las enfermeras me indicaron que, luego de lavarme los brazos, me echara sobre en una de ellas, y espere.
Que me eche sobre una de las camas, me refiero. ¡Malpensados!
Así que ni modo. Como no estoy como para perder tiempo últimamente, me había traído un paper sobre simetrías discretas y modelos de masa de neutrinos, así que decidí leerlo... y en eso, llegó la enfermera con... el saco. Y con la mega-aguja.
Casi me desmayo.
Esa cosa era más ancha que mi dedo meñique. ¡Qué maleado! Pero nada, recordé a Sailor Venus, apreté los dientes, y miré pa otro lado.La enfermera hizo lo que tenía que hacer, y me dijo "Así por diez minutos."
Diez minutos. Ya. Tenía que distraerme. Pensar en otra cosa. ¡El paper! ¡A leer el paper! ¡Eso me distraería! A ver, que la matriz de masa tiene dos simetrías discretas, que la estructura de la aguja me sale tribimaximal, que los autoestados de sangre resultan invariantes, que la bolsa de sangre podía tener desviaciones si las agujas mantenían una simetría ensangrentada mientras que la otra no.... ¡cha mare! ¡No me podía concentrar! Pero a ver, ¿cuánto tiempo faltaba?
Nueve minutos y quince segundos. Cha mare.
En eso, llegó otro tipo a la cama del costado. Estaba feliz. Rebotó hacia la cama del costado, se dejó pinchar y todo, y le pidió a la enfermera que le tome una foto en pleno proceso (seguro salí yo al costado con cara de pasa). Apenas se fue la enfermera, sacó su celular y llamó a su mejor amigo: "¡Oye, causa, estoy donando sangre, 'on!"
Lo odié desde lo más profundo de mi ser.
Pos na. Pasaron los diez minutos, y me quitaron la aguja. Me dieron un montón de algodón, y la enfermera, mirándome, me dijo "Apriétalo en tu brazo." Yo puse el algodón donde estuvo la aguja, y la enfermera dijo: "Así no. Apriétalo." Apreté un poco más, cuando en eso la enfermera me dijo: "¿Ves al chico allá al frente?"
Levanté la mirada, y vi un chico con camisa blanca, que estaba bañado en sangre.
"Él no apretó," me dijo la enfermera.
Decidí apretar más.
Y bueno, después de un rato se acabó el martirio. La verdad, debo confesar que más terrible fue el trauma que yo mismo me hice que la experiencia en sí. En ningún momento hubo dolor de algún tipo, ni ningún mareo, ni nada. El problema tan sólo fue el "caracho caracho caracho, que me sacan sangre, caracho, que me sacan sangre, demonios, rayos y centellas, cha mare cha mare cha mare" que repetí todo ese tiempo.
Entonces bueno, los dejo sacar ustedes mismos la moraleja, y yo a leer ese condenado paper, que nunca llegué a entender. ¡Hasta la próxima!
Tampoco me gusta escuchar un mismo tipo de música por más de dos horas seguidas.
Menos aún me gusta viajar en combi.
Por supuesto, tampoco me gusta el Skype, ni los chats.
Y aborrezco corregir exámenes.
Pero si hay algo que realmente me produce escalofríos, que me pone ultra-nervioso, y que trato de evitar a toda costa, esa cosa es una aguja. Decir que detesto las agujas no llega ni a esbozar cómo me siento cuando veo una aguja cerca: el estómago se revuelve, la piel se me pone de gallina, los pelos se me ponen de punta...
Pero claro, seguro JD no sabía esto cuando me llamó un viernes a ver si le podía donar sangre a un tío de Celia. "Nos falta sólo una persona," me dijo. Cha mare. Recuerdo bastante las campañas de donación de sangre en Valencia, y ahí siempre encontraba una excusa válida para evitarlo. Pero esta vez no tenía excusa en absoluto, así que caballero.
Recuerdo un capítulo de Sailor Moon (¡no me juzguen!) en el que una de las protagonistas intenta demostrar que es buena persona donando sangre hasta el hartazgo. Supongo que eso me motivó a no escaparme del asunto, digo, siempre es noble imitar a tus héroes de la juventud. Así que, acompañado de La Guapa, me dirigí al Hospital del Empleado, a la mañana siguiente de la llamada de JD.
Bueno, ahí se presentó el primer problema. Había una espera de dos horas, y sólo podían entrar los donantes, los acompañantes debían esperar afuera. Sí, como para presentarlo al Trámite de Más. La verdad es que La Guapa y yo teníamos un compromiso, así que no podíamos esperar tanto, y no pude donar en ese momento. ¡Lástima!
Le mandé un mensaje a JD, le conté la situación y le dije que podría donar el domingo. El dijo que bien, no había tanto apuro, que podían esperar. Rayos. Le dije que ok, pero que me avisara si conseguían a otra persona.
Anyway, esa noche fue noche de fiesta, y no me di cuenta que si uno dona sangre no puede beber alcohol en unas 24 horas. Así que ni modo, tampoco pude donar el domingo. ¡Lástima!
Fue entonces que JD sacó la maquinaria pesada. Mandó a la misma Celia a llamar.
¿Qué habían entendido ustedes con maquinaria pesada? ¡Malpensados!
Anyway, me llamó la Celia, y me dijo "Oe ya pes sonsonazo, ¿vas a donar o no?" 'Ta mare. "Sí, sí, Celia, no me mates, el lunes en la mañanita me voy a donar." Ni modo.
El lunes llegué sin problemas al hospital. Me dirigí al centro, estaba la misma señora de la vez pasada, que me dio un formulario pa llenar mis datos. Mientras lo hacía, empecé a sudar.
Pasé a la siguiente sala, donde me sacaron una pequeña muestra de sangre. Esto, la verdad, fue pan comido, usaron un aparatito que no aparentaba tener aguja, y que no producía dolor. Pucha, si la donación entera fuera así, donaría cada fin de semana.
Pero no era así.
Luego de pasar por otro cuestionario, entré a una sala donde había un huevo de camas. Las enfermeras me indicaron que, luego de lavarme los brazos, me echara sobre en una de ellas, y espere.
Que me eche sobre una de las camas, me refiero. ¡Malpensados!
Así que ni modo. Como no estoy como para perder tiempo últimamente, me había traído un paper sobre simetrías discretas y modelos de masa de neutrinos, así que decidí leerlo... y en eso, llegó la enfermera con... el saco. Y con la mega-aguja.
Casi me desmayo.
Esa cosa era más ancha que mi dedo meñique. ¡Qué maleado! Pero nada, recordé a Sailor Venus, apreté los dientes, y miré pa otro lado.La enfermera hizo lo que tenía que hacer, y me dijo "Así por diez minutos."
Diez minutos. Ya. Tenía que distraerme. Pensar en otra cosa. ¡El paper! ¡A leer el paper! ¡Eso me distraería! A ver, que la matriz de masa tiene dos simetrías discretas, que la estructura de la aguja me sale tribimaximal, que los autoestados de sangre resultan invariantes, que la bolsa de sangre podía tener desviaciones si las agujas mantenían una simetría ensangrentada mientras que la otra no.... ¡cha mare! ¡No me podía concentrar! Pero a ver, ¿cuánto tiempo faltaba?
Nueve minutos y quince segundos. Cha mare.
En eso, llegó otro tipo a la cama del costado. Estaba feliz. Rebotó hacia la cama del costado, se dejó pinchar y todo, y le pidió a la enfermera que le tome una foto en pleno proceso (seguro salí yo al costado con cara de pasa). Apenas se fue la enfermera, sacó su celular y llamó a su mejor amigo: "¡Oye, causa, estoy donando sangre, 'on!"
Lo odié desde lo más profundo de mi ser.
Pos na. Pasaron los diez minutos, y me quitaron la aguja. Me dieron un montón de algodón, y la enfermera, mirándome, me dijo "Apriétalo en tu brazo." Yo puse el algodón donde estuvo la aguja, y la enfermera dijo: "Así no. Apriétalo." Apreté un poco más, cuando en eso la enfermera me dijo: "¿Ves al chico allá al frente?"
Levanté la mirada, y vi un chico con camisa blanca, que estaba bañado en sangre.
"Él no apretó," me dijo la enfermera.
Decidí apretar más.
Y bueno, después de un rato se acabó el martirio. La verdad, debo confesar que más terrible fue el trauma que yo mismo me hice que la experiencia en sí. En ningún momento hubo dolor de algún tipo, ni ningún mareo, ni nada. El problema tan sólo fue el "caracho caracho caracho, que me sacan sangre, caracho, que me sacan sangre, demonios, rayos y centellas, cha mare cha mare cha mare" que repetí todo ese tiempo.
Entonces bueno, los dejo sacar ustedes mismos la moraleja, y yo a leer ese condenado paper, que nunca llegué a entender. ¡Hasta la próxima!
domingo, 31 de marzo de 2013
Mollendo
Hace unas semanas me encontré en Arequipa. La PUCP estaba organizando la Escuela Latinoamericana de Física de Altas Energías del CERN en esa ciudad, y me contrató como Discussion Leader. Fue una chamba muy intensa, pero me motivó a aprender temas algo lejanos para mi, como cosmología, QCD en colliders, y estadística aplicada a las altas energías. Al final, ¡creo que yo aprendí más de lo que cualquier alumno de la escuela podría haber aprendido!
La escuela duró dos semanas, con dos breaks de medio día, y la infaltable excursión (a los físicos nos encantan las excursiones). Teníamos dos opciones: una visita relámpago al cañón del Colca, o un viaje a la playa de Mollendo. La verdad es que me hubiera gustado mucho volver al Colca, pero el tour implicaba levantarse a las 3:00 am, y me pareció demasiado estresante. Escogí la playa.
Fuimos un grupo bastante pequeño, unas veinte personas en total, evidentemente la gran mayoría quería ver el Colca. Salimos en bus, y luego de dos horas y media de viaje, llegamos a la playa.
De Mollendo no hay mucho que decir, el pueblo parecía muy bonito, pero lo vimos poco, realmente pasamos la mayor parte del tiempo en la misma playa. La playa estuvo simpática, pero vamos, como cualquiera del Pacífico.
Tal vez lo que más llame la atención en la playa de Mollendo sea una construcción que se encuentra sobre un peñasco en la mitad de la playa. Era una especie de mezcla entre castillo y palacio, y se veía antiguo. Lamentablemente se veía también algo abandonado, pero desde la misma playa no se veía muy bien en qué estado se encontraba.
Anyway, a la hora del almuerzo nos juntamos todos en un restaurante. Mientras la gente se sentaba, me acerqué un poco más al castillo, para verlo un poco mejor. Vi a un tipo sentado en una banca, y le pregunté: "¿Qué cazzo es ese edificio, encima del peñasco?"
Me respondió, diciéndome que era el Castillo de Mollendo. Que era el orgullo del pueblo, y que era antiguo. "¿Y quién lo construyó?" Ni idea. "¿De qué año es?" Misterio. "¿Se puede subir?" Creo que sí, pero yo nunca he subido.
Pues para ser el orgullo del pueblo, la gente aparentemente no sabía mucho de él.
Mientras hablaba con este tipo, una segunda persona se me acercó. Me preguntó quienes éramos, y qué hacíamos en Mollendo. Le conté sobre la escuela en Arequipa, y se interesó. Nos preguntó si éramos una "delegación internacional," a lo cual no supe qué responder, pero le dije que sí, muchos eran extranjeros, aunque había bastante peruano también. Miró al grupo, me miró a mi, sacó una grabadora, y me preguntó si me podía entrevistar.
Había encontrado al Reportero Estrella de Mollendo.
La verdad, no era muy apropiado que me entreviste a mi. Pero Alberto Gago, el organizador de la escuela, estaba en el restaurante, así que redirigí al reportero hacia él. El reportero se acercó, y no solo lo entrevistó a él, sino también a Luis Álvarez-Gaumé, que también estaba con nosotros, y nos tomó una foto a todo el grupo. Dijo que saldríamos en la versión online de Correo de Arequipa. La verdad, nuestra pinta playera no era la de científicos brillantes, y supongo que es por eso que el artículo aún no aparece, tres semanas después.
El almuerzo en el restaurante playero estuvo bastante bien, aunque las condiciones higiénicas no eran las mejores. Ahora, antes de contarles lo ocurrido con mi plato, permítanme contextualizar ciertas cosas. A mi varias veces me han ocurrido cosas desagradables en el momento de comer.
Por ejemplo, de niño alguna vez estuve almorzando con mi hermano y mi amigo Walter, y luego de comer pedimos que nos sirvieran plátano con miel. Luego de unos minutos después que lo sirvieran, mi hermano miró su plato y gritó "¡La miel tiene hormigas!". Walter miró su plato, y también gritó "Es cierto, ¡tiene hormigas!". Yo miré mi plato... y descubrí que ya me lo había acabado, teniendo hormigas o no.
Años después, la historia se repitió, con un cono de helado y otros animales que no mencionaré, para no repugnarlos.
Pues nada, en este restaurante me pedí un chicharrón de calamar. La mayoría de extranjeros se pidió un ceviche, naturalmente, así que el chicharrón fue visto como algo bastante exótico para algunos. Le invité un par de chicharrones a los que estaban a mi alrededor, y procedí a "darle curso."
Habiendo ya acabo más de la mitad del plato, noté una manchita negra en uno de ellos. Por alguna extraña razón, decidí mirarla más de cerca y, con espanto, descubrí que esa manchita era un mosquito muerto, fusionado a la masa del chicharrón. Espantoso. Miré el plato más de cerca, y encontré otro chicharrón "enmoscado." Charming. No encontré ningún otro, pero vamos, ya me había comido más de la mitad del plato. La probabilidad de haberme comido un par de moscas en el proceso era alta.
Luego cometí el error de imaginar el estado de la cocina.
¿Qué hacer? ¿Levantar la voz de alarma? Eso sería lo más natural, la mayoría de los presentes no eran peruanos, y su sistema digestivo podría ser tremendamente afectado por las condiciones del restaurante. Pero por otro, ¿cómo no defender el honor de la cocina peruana?
Luego de pensarlo un poco, recordé que comer este tipo de comida alguna vez me había salvado la vida. Así que nada, me quedé callado, escondí los chicharrones contaminados, mantuve la cocina peruana en lo alto, y recé por el estómago del resto. Con suerte, luego de un pequeño sufrimiento, habría contribuido de alguna forma a favor de la evolución del ser humano.
El resto de la excursión estuvo bastante bien. Cumplió con su objetivo: relajar. Un par de horas después, tomamos el bus de vuelta, y estuvimos contentos de ser todos iguales bajo el sol.
Ah, y si quieren saber más sobre la misteriosa construcción sobre el peñasco, descubrí que se llama Castillo Forga, fue construido a inicios del siglo XX por un arequipeño entusiasta de la arquitectura europea, y que estaba completamente abandonado y venido a menos. Lástima. Dicen por ahí que lo quieren restaurar, y hacer un casino. Boh....
La escuela duró dos semanas, con dos breaks de medio día, y la infaltable excursión (a los físicos nos encantan las excursiones). Teníamos dos opciones: una visita relámpago al cañón del Colca, o un viaje a la playa de Mollendo. La verdad es que me hubiera gustado mucho volver al Colca, pero el tour implicaba levantarse a las 3:00 am, y me pareció demasiado estresante. Escogí la playa.
Fuimos un grupo bastante pequeño, unas veinte personas en total, evidentemente la gran mayoría quería ver el Colca. Salimos en bus, y luego de dos horas y media de viaje, llegamos a la playa.
De Mollendo no hay mucho que decir, el pueblo parecía muy bonito, pero lo vimos poco, realmente pasamos la mayor parte del tiempo en la misma playa. La playa estuvo simpática, pero vamos, como cualquiera del Pacífico.
Tal vez lo que más llame la atención en la playa de Mollendo sea una construcción que se encuentra sobre un peñasco en la mitad de la playa. Era una especie de mezcla entre castillo y palacio, y se veía antiguo. Lamentablemente se veía también algo abandonado, pero desde la misma playa no se veía muy bien en qué estado se encontraba.
Anyway, a la hora del almuerzo nos juntamos todos en un restaurante. Mientras la gente se sentaba, me acerqué un poco más al castillo, para verlo un poco mejor. Vi a un tipo sentado en una banca, y le pregunté: "¿Qué cazzo es ese edificio, encima del peñasco?"
Me respondió, diciéndome que era el Castillo de Mollendo. Que era el orgullo del pueblo, y que era antiguo. "¿Y quién lo construyó?" Ni idea. "¿De qué año es?" Misterio. "¿Se puede subir?" Creo que sí, pero yo nunca he subido.
Pues para ser el orgullo del pueblo, la gente aparentemente no sabía mucho de él.
Mientras hablaba con este tipo, una segunda persona se me acercó. Me preguntó quienes éramos, y qué hacíamos en Mollendo. Le conté sobre la escuela en Arequipa, y se interesó. Nos preguntó si éramos una "delegación internacional," a lo cual no supe qué responder, pero le dije que sí, muchos eran extranjeros, aunque había bastante peruano también. Miró al grupo, me miró a mi, sacó una grabadora, y me preguntó si me podía entrevistar.
Había encontrado al Reportero Estrella de Mollendo.
La verdad, no era muy apropiado que me entreviste a mi. Pero Alberto Gago, el organizador de la escuela, estaba en el restaurante, así que redirigí al reportero hacia él. El reportero se acercó, y no solo lo entrevistó a él, sino también a Luis Álvarez-Gaumé, que también estaba con nosotros, y nos tomó una foto a todo el grupo. Dijo que saldríamos en la versión online de Correo de Arequipa. La verdad, nuestra pinta playera no era la de científicos brillantes, y supongo que es por eso que el artículo aún no aparece, tres semanas después.
El almuerzo en el restaurante playero estuvo bastante bien, aunque las condiciones higiénicas no eran las mejores. Ahora, antes de contarles lo ocurrido con mi plato, permítanme contextualizar ciertas cosas. A mi varias veces me han ocurrido cosas desagradables en el momento de comer.
Por ejemplo, de niño alguna vez estuve almorzando con mi hermano y mi amigo Walter, y luego de comer pedimos que nos sirvieran plátano con miel. Luego de unos minutos después que lo sirvieran, mi hermano miró su plato y gritó "¡La miel tiene hormigas!". Walter miró su plato, y también gritó "Es cierto, ¡tiene hormigas!". Yo miré mi plato... y descubrí que ya me lo había acabado, teniendo hormigas o no.
Años después, la historia se repitió, con un cono de helado y otros animales que no mencionaré, para no repugnarlos.
Pues nada, en este restaurante me pedí un chicharrón de calamar. La mayoría de extranjeros se pidió un ceviche, naturalmente, así que el chicharrón fue visto como algo bastante exótico para algunos. Le invité un par de chicharrones a los que estaban a mi alrededor, y procedí a "darle curso."
Habiendo ya acabo más de la mitad del plato, noté una manchita negra en uno de ellos. Por alguna extraña razón, decidí mirarla más de cerca y, con espanto, descubrí que esa manchita era un mosquito muerto, fusionado a la masa del chicharrón. Espantoso. Miré el plato más de cerca, y encontré otro chicharrón "enmoscado." Charming. No encontré ningún otro, pero vamos, ya me había comido más de la mitad del plato. La probabilidad de haberme comido un par de moscas en el proceso era alta.
Luego cometí el error de imaginar el estado de la cocina.
¿Qué hacer? ¿Levantar la voz de alarma? Eso sería lo más natural, la mayoría de los presentes no eran peruanos, y su sistema digestivo podría ser tremendamente afectado por las condiciones del restaurante. Pero por otro, ¿cómo no defender el honor de la cocina peruana?
Luego de pensarlo un poco, recordé que comer este tipo de comida alguna vez me había salvado la vida. Así que nada, me quedé callado, escondí los chicharrones contaminados, mantuve la cocina peruana en lo alto, y recé por el estómago del resto. Con suerte, luego de un pequeño sufrimiento, habría contribuido de alguna forma a favor de la evolución del ser humano.
El resto de la excursión estuvo bastante bien. Cumplió con su objetivo: relajar. Un par de horas después, tomamos el bus de vuelta, y estuvimos contentos de ser todos iguales bajo el sol.
Ah, y si quieren saber más sobre la misteriosa construcción sobre el peñasco, descubrí que se llama Castillo Forga, fue construido a inicios del siglo XX por un arequipeño entusiasta de la arquitectura europea, y que estaba completamente abandonado y venido a menos. Lástima. Dicen por ahí que lo quieren restaurar, y hacer un casino. Boh....
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