miércoles, 29 de noviembre de 2017

Dietas y Análisis

¿En qué nos quedamos la vez pasada? Ah, sí, el colesterol. Y los cálculos en los riñones. Había que ir a la clínica.

Bueno pues. Primera cosa, hablar con un internista. Lamentablemente, no sirvió de mucho. Me redirigió con una nutricionista para lo del colesterol, y con un nefrólogo para lo de los cálculos.

Por el lado de la nutricionista, me hizo notar que no sólo era un rollo de colesterol, sino que tenía los... triglicéridos altos. U otra cosa. Creo que eran los triglicéridos. En fin, que tenía algo alto, y que tenía que hacer dieta. Cero grasas y cero carbohidratos hasta enero (¿alguien dijo Operación Bikini?).

Quiero que reflexionen sobre lo de la dieta. Cero carbohidratos significa cero helado. Supongo que me conocen lo suficiente como para saber que esta dieta no me está funcionando del todo. A ver qué dice el el examen de sangre en enero.

Anyway, de ahí, al nefrólogo. Que me quiere hacer una tomografía, pero que no sabe si mis riñones van a aguantar el procedimiento. Cosa que, por supuesto, me preocupa, porque a pesar de los cálculos yo siempre pensé que mis riñones andaban de lo más bien.

¿Qué tenía que hacer? Oootro análisis de sangre, y para mi diversión, recolectar orina por 24 horas. Había que ver si mis riñones eran poderosos o no.

¿Alguna vez han recolectado orina tanto tiempo? ¿Han pensando dónde debe guardarse? Sí, exacto, en el refrigerador. Siguiente paso: ¿cómo cazzo explicarle a la novia la situación?

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Pues nada, todo bien con la recolección. Llené mi galonera y al día siguiente me levanté temprano. Ese sábado tenía mucho qué hacer, así que tenía planeado llevar la muestra temprano al laboratorio. Desayuné con la novia, y una vez que ella salió, me puse a lavar los platos para luego alistarme para salir.

Y fue entonces que me rebané el dedo.

Resulta que tenemos cuchillos nuevos en casa, y uno de ellos es casi un machete. Resulta también que a la novia le gusta cortar naranjas con ese machete. Y resulta, finalmente, que si a uno se le escapa ese machete de las manos mientras lo lava, el machete corta.

El resultado fue sangre por todos lados. Realmente me asusté bastante en ese momento. Pero afortunadamente me di cuenta que, siempre y cuando aplicara presión, el flujo de sangre se controlaba. Pues nada, había que salir a la clínica, necesitaba puntos, o algo.

Y fue entonces que recordé la muestra de orina.

Carambas. ¡No podía dejarla en el refrigerador! Además, era sábado, el laboratorio sólo abriría hasta el mediodía. No tenía opción: tenía que llevar la galonera conmigo. Si no lo hacía, me la iba a tener que quedar hasta el lunes.

Salí de la casa. La mano derecha, envuelta en papel de cocina, con manchas rojas por todos lados. La mano izquierda, cargando una bolsa con una galonera, con un contenido que no era exactamente jugo de manzana.

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Mientras llegaba a la esquina para tomar mi taxi, empecé a hacerme los líos de siempre. Que me va a ver la pinta de gringo y me va a querer cobrar más caro. Que hasta el laboratorio sólo me deberían cobrar ocho soles, y siempre me quieren cobrar diez, o doce. Que ya estoy harto que me cobren más que al resto...

Y fue entonces que vi el bus.

¡Por supuesto! Ese bus me dejaba en la puerta del laboratorio. Vamos, me olvidé que cargaba la galonera, y que tenía una mano ensangrentada, y subí.

Y fue entonces que me di cuenta que el chofer también era cobrador.

Es decir, que tenía que pagar antes de sentarme. Y que tenía que hacer malabares para sacar mi dinero, estando el bus en movimiento, sin llenarlo de sangre, o algo peor involucrando aquello que no era exactamente jugo de manzana.

¡Pero lo logré! Estaba tan contento que pensé en contarle mi aventura a la gente del bus. Por suerte, el sentido común se activó a tiempo (creo que es evidente que acababa de despertar). Me quedé sentado, callado, pensando en toda la gente que transporta sus análisis de orina en los autobuses de Lima todos los días, sin que nadie se dé cuenta.

Nada, llegué al laboratorio, dejé mi galonera (no creo que la extrañe), y me encaminé a la clínica. Efectivamente, hubo que repararme, y ahora tengo una masculina cicatriz en un dedo de la mano derecha.

¿Y qué pasó con la recolección? Pues nada, que tengo mucho calcio en la orina, y un exceso de ácido úrico, por lo cual no puedo comer carne, y todo debe estar bajo en sal.

Esto, combinado con mi dieta de cero carbohidratos, no me deja muy contento. Básicamente me han dejado a punta de ensaladas y ceviche. La única ventaja de esto es que en el verano me van a querer ver en ropa de baño.

¡Será hasta la próxima!

sábado, 28 de octubre de 2017

La Terrible Incertidumbre

Resulta que, cuando el tiempo pasa, uno se vuelve viejo. En serio, uno no se lo cree al comienzo, pero sí, hay evidencias muy fuertes a favor de esta hipótesis.

Yo normalmente me hago un análisis de sangre cada dos años, simplemente para confirmar que todo anda bien. Pues este año, al hacerme el análisis, me salió que el colesterol HDL andaba un poco alto. Nada grave, pero lo mantuve en la mente, y pensé en ir al doctor en algún momento, porsiaca.

Pasaron los meses, y me olvidé del tema. Fue entonces que mi madre me hizo recordar que en el seguro oncológico que tengo, se incluye una revisión gratis cada año. Decidí llevarlo a cabo, total, se está pagando por ello. Y como la revisión incluía un análisis de sangre, pensé que sería útil para corroborar lo del colesterol. Algo así como ATLAS y CMS, ustedes entienden.

La revisión constaba de un análisis de sangre, y una cita con el doctor. En el momento de asistir a la cita, me dijeron que el urólogo estaba listo para examinarme...  y fue entonces, cuando dijeron "urólogo," que me di cuenta de lo que iba a pasar.

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Me quedé frío. La verdad es que no estaba psicológicamente preparado para ello. ¿No se suponía que esto vendría recién en unos cuantos años? ¿Por qué ahora?

Claro, esto era culpa de mi madre, de todas formas, por haberme hecho recordar sobre la revisión. De no haber sido así, yo seguiría tranquilo, inocente, impoluto... pero no, en unos cinco, diez minutos, perdería todo esto.

Gracias, mamá.

Saludé al doctor con frialdad. Hablamos un rato, y luego me dijo que me metiera al baño, que me quitara toda la ropa, excepto las medias, y me pusiera la bata.

Eso de dejarme las medias me pareció un fetiche innecesario, pero ni modo.

Justo antes de entrar al baño, el doctor me dijo "Por cierto, la abertura de la bata debe ir hacia atrás."

Gracias, mamá.

No podía creerlo. En serio, esto estaba pasando, y mi tiempo de adaptación psicológica iba a ser de tan solo 30 minutos. ¿Qué hacía en ese baño? ¿Por qué estaba ahí, desnudo (excepto por las medias), poniéndome la bata con la abertura hacia atrás? ¿Por qué no podía mantener mi inocencia un par de años más? ¿Por qué mi madre me estaba imponiendo semejante castigo?

Y fue entonces que me detuve. Estaba a punto de decir "Gracias, mamá" una vez más. Pero no lo hice. Me di cuenta de que, si me iban a meter un dedo por el derriere, lo último que debía ocurrir es que yo estuviera pensando en mi madre en ese momento.

No, no, no, no. A pensar en otra cosa. En el Día Internacional de la Mujer, por ejemplo.

Salí del baño. El doctor me pidió que me acostara boca arriba en la camilla. Genial, boca arriba, lo hice casi jubiloso... hasta que llegó el momento de la verdad.

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El doctor me examinó, y luego me pidió que me levante. Que me de la vuelta y mirara hacia la camilla. Yo empecé a sudar frío. Me palpó la espalda, chequeó los pulmones, y entonces... me dijo que la revisión ya había acabado.

Me di la vuelta, y él estaba sonriendo. El bastardo sabía claramente en lo que yo estaba pensando. La pregunté "¿Todavía no?", a lo que respondió "A los cincuenta". Yo me puse tan contento que casi le di un abrazo.

Impoluto. Por trece años más.

Anyway, al final resulta que no tengo cáncer, pero sí un problema de colesterol. También descubrimos que estoy produciendo cálculos en mis riñones. Esto, por supuesto, lleva a otra historia, que contaré en un par de semanas. Mientras tanto, seguiré disfrutando de mi inocencia al máximo.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Superposición

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Bruno vivió mucho tiempo en Ginebra, ciudad donde confluyen muchas nacionalidades. Como suele ocurrir cuando uno llega a una nueva ciudad, una de las primeras prioridades de Bruno fue conocer gente nueva. Y tener una novia.

Su amigo Paolo le contó de la existencia de un servicio de citas nuevo, que se llevaban a cabo en absoluta oscuridad. La idea era concentrarse en la personalidad de la otra persona, más allá del físico. Sólo al final de la cita se veían las caras. A Bruno le pareció una idea interesante, y se inscribió.

Su primera cita fue con Clara, una estadounidense de Dakota del Sur. Resultó ser una chica paciente y meticulosa. La cita salió bien, tanto así que Clara, al salir, le dijo que estaba contenta de haber salido con él, que su cita anterior había sido muy creepy.

A Bruno le invadió la curiosidad, y le preguntó al respecto. Clara le dijo que en su primera cita se vió con Emilio, un chico de personalidad solar, amante de productos electrónicos, que parecía ser una persona muy estable. Pero por alguna razón, durante la conversación Emilio se distraía bastante. A Bruno le quedó grabada una frase: "Era como si hubiera participado sólo en el 30% de la cita, el resto del tiempo estuvo ausente."

Pasaron unos días, y Bruno siguió yendo a este sistema de citas. Pero volvió a escuchar de Emilio. Samantha, una rusa del Cáucaso, y Gialla, una italiana del Abruzzo, ambas le contaron a Bruno sobre sus citas con Emilio. Y usaron frases muy parecidas: solar, amante de electrónica, estable... y ausente.

La historia adquirió un matiz distinto luego de una cita con una japonesa, Kimiko, de la prefectura de Gifu. Habiendo escuchado ya tres veces de Emilio, Bruno no se aguantó, y le preguntó a Kimiko si alguna vez había salido con un chico que se distraía durante la conversación, que no estaba siempre presente. Y Kimiko le respondió que sí... que le había pasado dos veces.

La primera persona era efectivamente Emilio. Pero Kimiko le contó también sobre Murdoch. Era una persona con mucha energía, con una conversación que parecía penetrar dentro de uno, y con una extraña preocupación sobre el vivir demasiado tiempo. O por lo menos eso le entendió Bruno a Kimiko. Este Murdoch también se distraía, y la mitad del tiempo parecía no estar ahí.

Peor aún. Durante una cita con Octavia, una amiga de Gialla, esta le comentó que coordinó una cita con el Murdoch de Kimiko, pero que fue otra persona quien acudió a la cita. Fue un chico que decía llamarse Toribio, que llegó a la cita con lo que parecía ser una bolsa de donuts. Era muy pesado, y las poquísimas veces que habló, sólo mencionó su afición por la ópera. A Octavia le pareció una pérdida de tiempo.

Bruno estaba intrigado. Emilio, Murdoch y Toribio. Tres personas con personalidades muy distintas, pero compartiendo una misma característica extraña: no estar ahí el 100% del tiempo.

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La curiosidad fue tan grande, que Bruno terminó contándole la historia a Sonia, una amiga canadiense, de Ontario. Ella, que era muy inteligente, decidió encontrarse con Emilio directamente.

Luego de la cita, Sonia se reunió con Bruno. Le contó que, efectivamente, había visto a Emilio. Y sí, que era una persona solar, que le gustaba la electrónica, con personalidad estable... y que no estaba siempre ahí.

A Bruno esto no le sorprendió en absoluto, y fue entonces que Sonia le guiñó el ojo. "Rompí un regla," dijo, mientras sacaba una grabadora de su bolsillo. En ella, Sonia había registrado toda la conversación.

Al reproducirla, Bruno escuchó por primera vez la voz de Emilio. Efectivamente, la descripción que siempre le habían contado era consistente con lo que oía. Y sí, de vez en cuando la voz de Emilio se apagaba, por periodos prolongados. Fue entonces que Sonia le dijo que había más.

Sin dejar de mirar a Bruno en los ojos, Sonia subió el volumen de la grabadora. Considerablemente. Y entonces, al reproducir la grabación nuevamente, Bruno escuchó que, cuando Emilio callaba, nuevas voces surgían en el fondo. Voces que el oído humano no es normalmente capaz de percibir, pero que la grabadora de Sonia había captado.

Había dos voces en el fondo. La primera era enérgica, que parecía penetrar dentro de uno... y que hablaba bastante sobre la extensión de la vida. Mientras que la segunda voz parecía que tenía comida en la boca, y hablaba sobre ópera.

Bruno casi se cae de la silla. Murdoch. Y Toribio. Ambos presentes, hablando con la voz de Emilio, cada vez que éste callaba.

Pero, ¿cómo? ¿Un caso de múltiples personalidades? Pero, ¿por qué en un caso era Emilio el audible, mientras que en otros era Murdoch o Toribio? "Me deberías dar un premio," le dijo Sonia, sonriendo.

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Bruno se reunió nuevamente con sus anteriores citas, con Clara, Samantha, Gialla, Kimiko y Octavia. Les contó lo que había hallado, y les reprodujo la grabación de Sonia. Las mujeres quedaron espantadas.

"¡Qué lástima que se dé esta situación tan rara!" dijo Gialla, "¡con lo guapo que era Emilio!"

Samantha le sonrió. "Te gustan los rubios gorditos."

Clara y Gialla se sorprendieron. "Emilio no era rubio, ni gordo," respondió Gialla.

Clara se unió. "En absoluto, Emilio era moreno, y súper atlético."

Fue entonces que Gialla se sorprendió con lo que dijo Clara. "Pero, ¿están locas? Emilio no es rubio, no gordo, ni moreno, no atlético. Emilio tiene rasgos asiáticos, y es flaquito."

"No, ese es Murdoch," dijo entonces Kimiko. "Emilio es el rubio gordito."

"No, no, el rubio gordito es Toribio," respondió Octavia.

Fue entonces que todos se quedaron en silencio, mirándose.

No era una persona con tres personalidades. Se trataba de tres personas, que compartían tres personalidades.

Bruno, que era psicólogo, pensó que esta historia era fascinante. Registró el testimonio de todas estas personas, y escribió varios papers académicos al respecto. Años después, se confirmó que lo que había observado Bruno era un nuevo trastorno psicológico, que terminó llamándose Osciloneutrinisis.

Lamentablemente, para ese momento Bruno ya había muerto, y nunca fue capaz de recibir el premio Nobel que merecía.

***

¿A qué va esta historia? A que la semana pasada vino a Lima Javi Santaollala, a quien conocí en Ginebra. Javi me invitó a acompañarlo a un evento en el Campo de Marte, donde estuvimos respondiendo preguntas sobre ciencia a unas 100 - 150 personas.

La cosa es que una persona había leído mi post anterior, y me pidió que le explicara la oscilación de neutrinos. Y no le respondí, ya que sólo se permitía una pregunta por persona, y esta ya había hecho una pregunta antes.

Así que nada, este post es la respuesta. ¿Cuela o no cuela?