jueves, 10 de julio de 2014

El Guiso de Lentejas y el Método Científico

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"Tienes que probar mis lentejas, son famosas," le dije.

A ver. Yo, la verdad, no cocino mucho. Mi repertorio se restringe a menos de diez platos. Pero algo seguro es que aquellos platos que sí sé hacer, me salen bastante bien. Modestia aparte.

La última vez que Andrea estuvo por Valencia, le preparé mi pollo con salsa de mostaza. Y parece que le gustó. Así que nada, aprovechando que volvía a pasar por la ciudad, decidí que era hora de que probara mi guiso de lentejas. El único problema era que yo estaría asistiendo a la conferencia ICHEP, así que no tendría mucho tiempo para cocinar nada. Luego de considerarlo un momento, pensé que lo ideal sería preparar las lentejas antes de que ella llegara, y las calentaríamos apenas tuviéramos una noche libre.

La preparación fue exitosa. Le invité un poco a mis compañeros de piso, y confirmamos que el plato había salido bien. Separé una porción grande, y la metí inmediatamente en el refrigerador. Chévere.

Andrea llegó, y bueno, nos demoramos un poco en tener una noche libre. Al estar con ICHEP pendiente, salieron varias propuestas para cenar en la calle, y recién le prestamos atención al plato el lunes, cinco días después de la preparación. Saqué el guiso, y lo separé en dos porciones. Sobró un poco, que volvió al refrigerador, y el resto fue recalentado. Lo serví, y esperé a que me diera su opinión.

Su reacción inicial fue extraña. Por lo general la gente no espera mucho de mi cocina, y se sorprende bastante luego de la primera probada. En su caso, lo probó, y se quedó en silencio. Volvió a probarlo, y no dijo nada. Yo no sabía qué hacer, e intenté un "¿Qué te parece el sabor?" Ella respondió que estaba bien, pero inmediatamente me preguntó qué ingredientes había incluido.

Mencioné un par de ingredientes, pero no le di mucha importancia a su pregunta. Ella insistió, "Veo unas cosas blanquitas, con forma de media luna...." Yo seguí sin prestarle atención, "será el ajo," respondí. Ella no estaba tranquila, "¿seguro que es el ajo? hay mucho," contraatacó.

Fue entonces que miré mi plato de cerca. Y efectivamente, había bastantes pedacitos blancos, todos con la misma forma, como media luna. "Es verdad," le respondí, "inicialmente, al verlo, pensé que eran pedazos de tocino, pero no lo son, seguro que es ajo." Ella me siguió mirando, "¿estás seguro?"

Con esto, entendí lo que me estaba diciendo. Me levanté de la mesa, y mientras me dirigía a la cocina, le dije "No son gusanos."

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Y no, no podían ser gusanos. Era cierto, eran todos pedacitos iguales, blanquitos, pero no eran gusanos. Seguro era ajo. Saqué la tabla de picar, puse un ajo, lo piqué, lo miré de cerca... y me di cuenta que las medias lunas no eran ajo.

¡Pero no podían ser gusanos! ¡No se estaban moviendo! Me negaba a creer que mi excelsa comida hubiera sido manchada de esa forma. Fue en eso que recordé que había sobrado una porción, que seguía en el refrigerador. Si esas medias lunas eran gusanos, entonces los encontraría vivos en la porción que no había recalentado. Saqué la porción, la miré de cerca, y encontré las medias lunas... y no se movían.

Esto me alivió, pero Andrea no estaba convencida. "No te preocupes," me dijo, "no es la primera vez que me pasa, ya antes he comido gusanos."

La verdad es que no supe cómo responder a esto, así que decidí no hacerlo.

Repasamos los ingredientes. No era ajo. Tampoco era cebolla. Menos el tocino. ¿Qué otra cosa había añadido? Tomates y pimientos... ¿podrían ser semillas de algunos de ellos? Miré las medias lunas de cerca nuevamente... no eran semillas.

¿Qué más? ¡Caldo de pollo! Tomé una de las pastillas, la trituré... y no encontré nada raro. ¿El pimentón? ¿El orégano? Igualmente, en los contenedores no había nada fuera de lo normal. Había también pasta de tomate, pero no tenía forma de comprobar que hubiera habido algún elemento extraño en ella. Pero vamos, la pasta de tomate viene en lata, y estas cosas duran mucho tiempo. "¿Y las lentejas," me preguntó Andrea, "¿las lavaste?" Yo le aseguré que había estado casi diez minutos lavando las lentejas, y que no había visto nada de gusanos en ellas.

Con esto, llegamos al final de la lista de ingredientes. Las medias lunas seguían sin ser identificadas. Miramos nuestros platos, y ninguno se atrevió a seguir comiendo. Pero el asunto no tenía sentido. Si los ingredientes estaban todos bien, y ni yo ni mis compañeros de piso habíamos visto ningún gusano cuando comimos las lentejas cinco días antes... eso significaba que los gusanos habrían salido del plato dentro de los cinco días que estuvo refrigerado... y no sólo eso, habrían salido y muerto al mismo instante, porque estas medias lunas no se estaban moviendo. ¿Qué demonios eran esas medias lunas?

Mi reflexión fue interrumpida por Andrea. "I'm sorry, Jones," me dijo, "Those are maggots." Se levantó con tristeza, llevó su plato a la cocina, y lo echó a la basura.

En ese momento, mi autoestima se fue al piso. ¿Era esto posible? Mi excelente plato de lentejas, ¿lleno de gusanos? Mientras escuchaba a Andrea lavar su plato y regresar a la sala, me quedé contemplando mi propio plato, preguntándome "¿por qué?".

Y entonces la vi. La lenteja. Esa lenteja. El pedazo de evidencia que necesitaba. Andrea se acercó para recoger mi plato, y le dije "¡Espera!" Tomé la lenteja, esa lenteja, y se la acerqué. La miramos de cerca. Y notamos que la lenteja, esa lenteja, no era un óvalo perfecto, como generalmente uno las imagina. Efectivamente, tenía una estructura no trivial. A un ladito de ella, asomándose tímidamente, salía una pequeña raíz. Tomé la raíz, la despegué de la lenteja, de esa lenteja, y vimos que la raíz era blanquita, con forma de media luna.

Andrea pasó hambre esa noche.

miércoles, 2 de julio de 2014

El Camino a Castro (Segunda Parte)

Recapitulemos. Luego de caminar aproximadamente unos 135 kilómetros, había llegado al pueblo de Castro. Mis canillas estaban agonizando, y no me pareció posible, ni saludable, seguir caminando hasta A Fonsagrada.

En el albergue de Castro, la hospitalera fue muy amable, y me llamó un taxi que me llevara hacia A Fonsagrada. Al llegar el taxi, encontré en él a La Familia Australiana, que aparentemente no andaban muy bien tampoco. Buen timing.

Llegamos juntos al albergue de A Fonsagrada, y nos dirigimos a la posta médica. Al yo tener la tarjeta sanitaria española, mi trámite fue más sencillo, y pasé al médico primero.

Yo seguía optimista, y le dije que esperaba poder seguir avanzando luego de uno o dos días de descanso. El me sentó, me examinó, y me dijo: "Tócate la pierna, ahí donde te duele."

Yo lo hice. Luego me indicó: "Ahora sube y baja la punta del pie."

Y fue entonces que me di cuenta de lo mal que estaba. Dentro de la pierna, sentía como si tuviera un serrucho metido. Krok krok. Krok krok.

Horrible, oye.

Diagnosticado con tendinitis, slash, tendinosis. O tenosinovitis, no sé, no le entendí la letra. Anyway, me recetó anti-inflamatorios, y mirándome con mucha pena, me dijo "De cinco a siete días de descanso."

No llegaría a Santiago.

La Familia Australiana no estaba tan mal. La Australiana Mayor tenía una ampolla infectada, mientras que La Australiana Menor tenía un poco forzado el tobillo. Dos días de descanso para las dos.

Así que nada, debía regresar a Valencia. Luego de una noche con mucho alcohol, en la que descubrí que este último funciona de maravilla como analgésico, tomé un bus con dirección a Lugo, acompañado por La Familia Australiana. De ahí saldría un tren hacia Valencia.

Lugo apestó. Literalmente. Luego de tres semanas de huelga de recogedores de basura, la ciudad estaba cubierta de inmundicia. A pesar que el no poder caminar me impediría ver la ciudad, la verdad es que verla así no era algo muy deseable, que digamos. Luego de un breve intermezzo en la oficina de información, donde la encargada no fue capaz de encontrar nuestra ubicación en un mapa, nos dirigimos al albergue.

En el albergue no esperaba encontrarme a nadie. Vamos, estaba en Lugo, había tenido que tomar un bus que me adelantara 50 kilómetros con respecto al resto. Pero me equivoqué. En el albergue estaba El Tío de Gafas, a quien conocí el primer día del camino. Este tipo había caminado 50 kilómetros más que todos, en la misma cantidad de tiempo. Era un monstruo.

Al verme cojear, ocurrió el segundo momento anime del Camino. Me preguntó si quería llegar a Santiago. Aparentemente, él conocía un masaje especial que "reparaba" tendinitis, slash, tendinosis. O tenosinovitis. Me dijo que los tendones estaban retorcidos entre ellos, y había que ponerlos derechos usando un masaje. Me dijo que durante el masaje sufriría como un perro, pero que podría caminar al día siguiente.

Lo miré un momento. Luego recordé que él mismo había sugerido que un oso me podría comer en la Ruta de los Hospitales. Así que sonreí, le agradecí la oferta, pero decidí no arriesgarme.

La noche del día siguiente, estaba ya en Valencia.



Es extraño, pero, a pesar del dolor en el orgullo, no me molesta tanto no haber llegado a Santiago. Por un lado, a pesar de no haber llegado, sí superé mi límite personal. Vamos, nunca antes había caminado cinco días seguidos, nunca antes había avanzado 135 kilómetros a pie.

No obstante, no es la superación personal lo que alivia mi frustración. Creo que es el hecho que no tenía ningún buen motivo para hacer el Camino, más allá del entretenimiento. Escuché de mucha gente que hacía el Camino para encontrar paz, para decidir qué hacer en el futuro, para entenderse mejor a sí mismos... yo no tenía ninguna motivación así de profunda. Es más, ya había hecho alguna vez una caminata más corta, y esa vez sí tenía mucho que pensar. Esta vez no, sólo se encontraba frente a mi el esfuerzo, y nada más.

Así que, por otro lado, tal vez haya sido bueno no haberlo terminado. Dejar esta puerta abierta, y venir a cerrarla la próxima vez que tenga que replantearme la vida, o tomar alguna decisión importante, o whatever.

No digo esto por las puras. A fin de mes ya estaré de vuelta en Perú, se supone que permanentemente. No me sorprendería que, de aquí a unos años, luego de haberme asentado al 100%, tenga dudas sobre mis decisiones, sobre mi elección de volver a Lima. De ser así, ¿qué mejor manera de disipar mis posibles dudas existenciales, que regresar a Castro, y retomar el Camino Primitivo?

Anyway. Se acabó mi aventura en el Camino, y con ella mi aventura en Europa. Es probable que la próxima vez que escriba sea desde Lima, en una aventura completamente diferente. Han sido casi nueve años desde que salí de Perú, y ha pasado muchísimo desde entonces.

A ver qué traen los próximos nueve años.

lunes, 23 de junio de 2014

El Camino a Castro (Primera Parte)

Estaba decidido. Tenía quince días libres, y quería usarlos caminando. Compré billetes de avión de Valencia a Oviedo, y de Santiago de Compostela a Valencia. Haría un Camino de Santiago, en particular, el Camino Primitivo.

La verdad es que no me quería preparar mucho. Quería enterarme de los detalles durante el camino. Eso sí, la idea era caminar doce días, así que por lo menos tenía que enterarme de las etapas.

Ese fue el primer problema. Al mirar las etapas, descubrí que el Camino Primitivo es uno de los más difíciles de todos, y que se recomendaba hacer en trece etapas, no doce. Boh, me dije, vamos a ver qué pasa. En el peor de los casos hacía el camino en trece etapas, y me quedaba sólo una tarde en Santiago de Compostela. Kein problem.

Llegué a Oviedo con mi mochila, mi cámara de fotos, y poco más. A minimizar el peso. Me encontré allá con Jonatan y Johannes, compartimos una buena cena, y encontré el albergue. Ahí, me dieron mi credencial, me compré mi conchita de peregrino, y me preparé para salir.

Salí de Oviedo a las 6:30 de la mañana, con dirección a San Juan de Villapañada, cerca a Grado. Aproximadamente, caminaría unos 30 kilómetros y medio ese día. Mi primer encuentro fue con un señor mayor, a quien llamaremos El Holandés Venerable (yo sé que a ustedes les gustan los apodos). Aparentemente era bastante experimentado, y seguimos gran parte del camino juntos. Luego de un par de horas caminando, llegamos a un letrero indicando que faltaban 15 kilómetros para llegar a Grado. ¡Parecía pan comido!

Dos horas más tarde, descubrimos que los asturianos no saben calcular las distancias, ya que encontramos otro letrero indicando que faltaban 12 kilómetros para llegar a Grado. ¿Habíamos avanzado sólo un kilómetro y medio por hora? Cha mare.

El Holandés Venerable se detuvo a comer algo, así que lo dejé atrás. Luego me encontré con La Pareja Canaria, súper amables, y avancé con ellos hasta Grado. Ahí, mientras nos detuvimos pa almorzar, conocimos a El Granadino Deportista, y formamos un grupito de cuatro. Fantástico.

Al llegar al albergue de San Juan de Villapañada, descubrimos que El Holandés Venerable ya había llegado ahí. Aparentemente, sabía algo de teletransportación. Ahí mismo, encontramos a Los Tres Viejitos Comunistas, y al Tío de Gafas. Este último aparentemente conocía bien la zona, y había sido entrenador de no sé qué equipo de fútbol español, así que parecía saber lo que hacía.

Mientras conversábamos, salió el tema de hacer el Camino Primitivo en doce días. Y me hablaron de La Ruta de los Hospitales, algo parecido a los Paths of the Dead del Señor de los Anillos. Para llegar, debía cambiar mi ruta. El segundo día, debía avanzar 27 kilómetros, hasta Bodenayo, en vez de quedarme en Salas. El tercer día, debía avanzar unos 29 kilómetros, hasta Borres, en vez de quedarme en Tineo. El cuarto día, debía atravesar la temible Ruta de los Hospitales, saltándome una etapa, y llegando a Berducedo, luego de caminar 27 kilómetros más.

Sonaba razonable. El Holandés Venerable estaba encantado con la idea, y decidió seguirla también. El Tío de Gafas pensó que estábamos locos, y sugirió que podríamos ser comidos por algún oso al pasar por Hospitales. El resto decidió quedarse en Salas, y seguir el itinerario normal.

Al día siguiente, salimos a las 6:30, El Granadino Deportista, La Pareja Canaria, y yo. Avanzamos bien hasta Salas, donde nos detuvimos para comer, y esta vez descubrir que en Asturias se come demasiado. Luego de un breve encuentro con Los Viejitos Comunistas, me despedí de mi grupo, y seguí sólo hasta Bodenayo.

Por supuesto, al llegar a Bodenayo descubrí que El Holandés Venerable ya había llegado ahí. Les comenté sobre la teletransportación, ¿no? Esa noche, solo fuimos tres personas, estaba también La Profesora Inglesa, quien caminaba tres meses al año. Esta señora había empezado a caminar en el 2007, desde la frontera entre Bulgaria y Rumanía, y acababa de llegar ese año a Santiago de Compostela.

Sí, dije Bulgaria y Rumanía. Hasta Santiago de Compostela. Chequéenlo en un mapa. Es un huevo.

Johnny, la gente está muy loca.

A la mañana siguiente empezaron los problemas. Salí con El Holandés Venerable... y nos perdimos. Mal. Terminamos en un parque eólico, en la cima de una montaña. Si no me creen, acá está la fotaza:


Un poco alto, ¿no? Les dije que nos habíamos perdido mal. Por suerte, encontramos el camino de vuelta, aunque hubo que descender por más de una hora por una carretera. Fue entonces que empezaron los shin splints, un leve dolor a la canilla.

Habiendo encontrado el camino de vuelta, nos dirigimos a Borres. Y fue espantoso, no se lo recomiendo a nadie. El problema básicamente es que en el albergue de Borres hay muy pocas camas, y se arma una especie de carrera entre peregrinos para conseguir un sitio dónde dormir. Fue una etapa dura básicamente por el estrés de llegar temprano al albergue, empeorada por el habernos perdido.

La llegada al albergue fue... extraña. Fue un poco hostil, ya que todos habían corrido para llegar a las camas a tiempo. Fue una especie de momento anime, en el que los héroes entran a la arena y encuentran a todos sus rivales. Vamos, pongamos una musiquita [1], aunque sólo sirva para ambientar dos párrafos.

En este albergue, primero vimos a La Abuela Supersónica, jugando cartas con su nieto, Turbobebé. Detrás, andaban Los Tres Comandos, que parecían veteranos de guerra. Nos dimos la vuelta al escuchar a Los Chicos Testosterona, discutiendo no se qué con Die Alemanen Buenonden. De ahí, llegó El Canadiense Gigante.

Esta gente sabía lo que hacía.

Yo no le puse mucha importancia a mis shin splints, ya que se me había roto el zapato, y vamos, sin zapatos no se puede hacer nada. Afortunadamente, encontré pegamento, así que pude seguir.

El Holandés Venerable y yo salimos juntos a la mañana siguiente, y nos metimos por La Ruta de los Hospitales. Tengo que admitir que luego del paseíto por el parque eólico, no nos pareció tan terrible como nos lo habían pintado. Sólo nos topamos con un poquito de niebla:


Anyway, habiendo superado esta fase, había que descender a Berducedo. La bajada era complicada, mucha roca suelta, y con una inclinación nada trivial. Y fue entonces que el dolor empezó. La rodilla izquierda empezó a quejarse, y me fue muy difícil avanzar.

No obstante, llegué a Berducedo. No estoy seguro de cómo lo hice, pero llegué. Lo primero que pregunté fue "¿Dónde está la farmacia?" obteniendo la fantástica respuesta "Lo siento, la farmacia cierra antes del mediodía". Así que nada, tendría que avanzar con cuidado al día siguiente, e intentar no forzar demasiado la rodilla. Nada de soporte, y nada de anti-inflamatorio, por un día más. Cha mare.

La siguiente etapa, de Berducedo a Grandas de Salime, parecía fácil. Sólo 20 kilómetros, pero con una bajada larga y tediosa. Al levantarme, descubrí con alivio que la rodilla no me dolía más... pero los shin splints estaban peor que nunca. Parece que el día anterior, el dolor en la rodilla había desviado mi atención, y me hizo forzar otras zonas de la pierna, que empeoraron el dolor en las canillas.

La bajada hacia Grandas de Salime fue penosa. A pesar de salir temprano, fuimos superados por La Abuela Supersónica, por Turbobebé, por Los Tres Comandos, y por Los Chicos Testosterona. El Holandés Venerable me miró, y la mirada me lo dijo todo: me iba a dejar solo. Era entendible, yo claramente no estaba en condiciones de seguir el ritmo normal, y le estaba dando dificultades. Nos despedimos, y quedamos en vernos en Grandas de Salime.


Al final, llegué a Grandas de Salime. En el camino, pasó La Familia Australiana, y La Australiana Mayor me prestó uno de sus bastones. Apoyándome en él, luché cada paso, y llegue a Grandas de Salime. Ahí, fui directo a la farmacia, compré anti-inflamatorio, soporte para las rodillas, y mi propio bastón para caminatas. No me iba a rendir.

En el albergue, me encontré con Los Hermanos Dinamita (tenían que ser de Valencia), que estaban con Die Alemanen Buenonden y La Canaria Misteriosa. Uno de ellos me comentó que él también había tenido shin splints, pero que el anti-inflamatorio lo había arreglado. Eso me hizo recuperar la confianza. Luego él vio lo hinchadas que estaban mis piernas, y la cara que puso me quitó toda la confianza que había recuperado.

¡No me rendiría! A la mañana siguiente había que caminar unos 26 kilómetros, hacia A Fonsagrada. Me levanté temprano, solo, empecé a andar... e intuí que no podría. Decidí pasar antes por la posta médica de Grandas de Salime, pero al ver que mapas distintos me indicaban que la posta se encontraba a extremos distintos del pueblo, decidí avanzar por el Camino, y ver hasta dónde llegaba.

El pueblo siguiente se encontraba a cuatro kilómetros, siguiendo un camino tremendamente fácil, en comparación a los últimos 103 kilómetros desde Bodenayo. Se suponía que debía hacerse en una hora... y yo me tomé dos. Cada paso fue una lucha constante, un desgarre terrible en cada canilla. Con cada toque del bastón, una nueva gota de sudor caí sobre el suelo. Cada respiración fue seguida por un rechinar de los dientes, mascullando constantemente un "¡No te rindas!" Fueron cuatro kilómetros terribles.

Fue entonces que me di cuenta que no llegaría a Santiago. Tenía miedo de causarme daño permanente, y tan idiota no soy. Al llegar al siguiente pueblo, llamado Castro, encontré el albergue, y pedí un taxi que me llevara al hospital de A Fonsagrada.

Continuará.

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[1]: Yu Yu Hakusho OST: Monster Suit