A mi no me gusta la lechuga.
Tampoco me gusta escuchar un mismo tipo de música por más de dos horas seguidas.
Menos aún me gusta viajar en combi.
Por supuesto, tampoco me gusta el Skype, ni los chats.
Y aborrezco corregir exámenes.
Pero si hay algo que realmente me produce escalofríos, que me pone ultra-nervioso, y que trato de evitar a toda costa, esa cosa es una aguja. Decir que detesto las agujas no llega ni a esbozar cómo me siento cuando veo una aguja cerca: el estómago se revuelve, la piel se me pone de gallina, los pelos se me ponen de punta...
Pero claro, seguro JD no sabía esto cuando me llamó un viernes a ver si le podía donar sangre a un tío de Celia. "Nos falta sólo una persona," me dijo. Cha mare. Recuerdo bastante las campañas de donación de sangre en Valencia, y ahí siempre encontraba una excusa válida para evitarlo. Pero esta vez no tenía excusa en absoluto, así que caballero.
Recuerdo un capítulo de Sailor Moon (¡no me juzguen!) en el que una de las protagonistas intenta demostrar que es buena persona donando sangre hasta el hartazgo. Supongo que eso me motivó a no escaparme del asunto, digo, siempre es noble imitar a tus héroes de la juventud. Así que, acompañado de La Guapa, me dirigí al Hospital del Empleado, a la mañana siguiente de la llamada de JD.
Bueno, ahí se presentó el primer problema. Había una espera de dos horas, y sólo podían entrar los donantes, los acompañantes debían esperar afuera. Sí, como para presentarlo al Trámite de Más. La verdad es que La Guapa y yo teníamos un compromiso, así que no podíamos esperar tanto, y no pude donar en ese momento. ¡Lástima!
Le mandé un mensaje a JD, le conté la situación y le dije que podría donar el domingo. El dijo que bien, no había tanto apuro, que podían esperar. Rayos. Le dije que ok, pero que me avisara si conseguían a otra persona.
Anyway, esa noche fue noche de fiesta, y no me di cuenta que si uno dona sangre no puede beber alcohol en unas 24 horas. Así que ni modo, tampoco pude donar el domingo. ¡Lástima!
Fue entonces que JD sacó la maquinaria pesada. Mandó a la misma Celia a llamar.
¿Qué habían entendido ustedes con maquinaria pesada? ¡Malpensados!
Anyway, me llamó la Celia, y me dijo "Oe ya pes sonsonazo, ¿vas a donar o no?" 'Ta mare. "Sí, sí, Celia, no me mates, el lunes en la mañanita me voy a donar." Ni modo.
El lunes llegué sin problemas al hospital. Me dirigí al centro, estaba la misma señora de la vez pasada, que me dio un formulario pa llenar mis datos. Mientras lo hacía, empecé a sudar.
Pasé a la siguiente sala, donde me sacaron una pequeña muestra de sangre. Esto, la verdad, fue pan comido, usaron un aparatito que no aparentaba tener aguja, y que no producía dolor. Pucha, si la donación entera fuera así, donaría cada fin de semana.
Pero no era así.
Luego de pasar por otro cuestionario, entré a una sala donde había un huevo de camas. Las enfermeras me indicaron que, luego de lavarme los brazos, me echara sobre en una de ellas, y espere.
Que me eche sobre una de las camas, me refiero. ¡Malpensados!
Así que ni modo. Como no estoy como para perder tiempo últimamente, me había traído un paper sobre simetrías discretas y modelos de masa de neutrinos, así que decidí leerlo... y en eso, llegó la enfermera con... el saco. Y con la mega-aguja.
Casi me desmayo.
Esa cosa era más ancha que mi dedo meñique. ¡Qué maleado! Pero nada, recordé a Sailor Venus, apreté los dientes, y miré pa otro lado.La enfermera hizo lo que tenía que hacer, y me dijo "Así por diez minutos."
Diez minutos. Ya. Tenía que distraerme. Pensar en otra cosa. ¡El paper! ¡A leer el paper! ¡Eso me distraería! A ver, que la matriz de masa tiene dos simetrías discretas, que la estructura de la aguja me sale tribimaximal, que los autoestados de sangre resultan invariantes, que la bolsa de sangre podía tener desviaciones si las agujas mantenían una simetría ensangrentada mientras que la otra no.... ¡cha mare! ¡No me podía concentrar! Pero a ver, ¿cuánto tiempo faltaba?
Nueve minutos y quince segundos. Cha mare.
En eso, llegó otro tipo a la cama del costado. Estaba feliz. Rebotó hacia la cama del costado, se dejó pinchar y todo, y le pidió a la enfermera que le tome una foto en pleno proceso (seguro salí yo al costado con cara de pasa). Apenas se fue la enfermera, sacó su celular y llamó a su mejor amigo: "¡Oye, causa, estoy donando sangre, 'on!"
Lo odié desde lo más profundo de mi ser.
Pos na. Pasaron los diez minutos, y me quitaron la aguja. Me dieron un montón de algodón, y la enfermera, mirándome, me dijo "Apriétalo en tu brazo." Yo puse el algodón donde estuvo la aguja, y la enfermera dijo: "Así no. Apriétalo." Apreté un poco más, cuando en eso la enfermera me dijo: "¿Ves al chico allá al frente?"
Levanté la mirada, y vi un chico con camisa blanca, que estaba bañado en sangre.
"Él no apretó," me dijo la enfermera.
Decidí apretar más.
Y bueno, después de un rato se acabó el martirio. La verdad, debo confesar que más terrible fue el trauma que yo mismo me hice que la experiencia en sí. En ningún momento hubo dolor de algún tipo, ni ningún mareo, ni nada. El problema tan sólo fue el "caracho caracho caracho, que me sacan sangre, caracho, que me sacan sangre, demonios, rayos y centellas, cha mare cha mare cha mare" que repetí todo ese tiempo.
Entonces bueno, los dejo sacar ustedes mismos la moraleja, y yo a leer ese condenado paper, que nunca llegué a entender. ¡Hasta la próxima!
El Vacío Metaestable
Aventuras de un físico con poco sentido común.
martes, 16 de abril de 2013
domingo, 31 de marzo de 2013
Mollendo
Hace unas semanas me encontré en Arequipa. La PUCP estaba organizando la Escuela Latinoamericana de Física de Altas Energías del CERN en esa ciudad, y me contrató como Discussion Leader. Fue una chamba muy intensa, pero me motivó a aprender temas algo lejanos para mi, como cosmología, QCD en colliders, y estadística aplicada a las altas energías. Al final, ¡creo que yo aprendí más de lo que cualquier alumno de la escuela podría haber aprendido!
La escuela duró dos semanas, con dos breaks de medio día, y la infaltable excursión (a los físicos nos encantan las excursiones). Teníamos dos opciones: una visita relámpago al cañón del Colca, o un viaje a la playa de Mollendo. La verdad es que me hubiera gustado mucho volver al Colca, pero el tour implicaba levantarse a las 3:00 am, y me pareció demasiado estresante. Escogí la playa.
Fuimos un grupo bastante pequeño, unas veinte personas en total, evidentemente la gran mayoría quería ver el Colca. Salimos en bus, y luego de dos horas y media de viaje, llegamos a la playa.
De Mollendo no hay mucho que decir, el pueblo parecía muy bonito, pero lo vimos poco, realmente pasamos la mayor parte del tiempo en la misma playa. La playa estuvo simpática, pero vamos, como cualquiera del Pacífico.
Tal vez lo que más llame la atención en la playa de Mollendo sea una construcción que se encuentra sobre un peñasco en la mitad de la playa. Era una especie de mezcla entre castillo y palacio, y se veía antiguo. Lamentablemente se veía también algo abandonado, pero desde la misma playa no se veía muy bien en qué estado se encontraba.
Anyway, a la hora del almuerzo nos juntamos todos en un restaurante. Mientras la gente se sentaba, me acerqué un poco más al castillo, para verlo un poco mejor. Vi a un tipo sentado en una banca, y le pregunté: "¿Qué cazzo es ese edificio, encima del peñasco?"
Me respondió, diciéndome que era el Castillo de Mollendo. Que era el orgullo del pueblo, y que era antiguo. "¿Y quién lo construyó?" Ni idea. "¿De qué año es?" Misterio. "¿Se puede subir?" Creo que sí, pero yo nunca he subido.
Pues para ser el orgullo del pueblo, la gente aparentemente no sabía mucho de él.
Mientras hablaba con este tipo, una segunda persona se me acercó. Me preguntó quienes éramos, y qué hacíamos en Mollendo. Le conté sobre la escuela en Arequipa, y se interesó. Nos preguntó si éramos una "delegación internacional," a lo cual no supe qué responder, pero le dije que sí, muchos eran extranjeros, aunque había bastante peruano también. Miró al grupo, me miró a mi, sacó una grabadora, y me preguntó si me podía entrevistar.
Había encontrado al Reportero Estrella de Mollendo.
La verdad, no era muy apropiado que me entreviste a mi. Pero Alberto Gago, el organizador de la escuela, estaba en el restaurante, así que redirigí al reportero hacia él. El reportero se acercó, y no solo lo entrevistó a él, sino también a Luis Álvarez-Gaumé, que también estaba con nosotros, y nos tomó una foto a todo el grupo. Dijo que saldríamos en la versión online de Correo de Arequipa. La verdad, nuestra pinta playera no era la de científicos brillantes, y supongo que es por eso que el artículo aún no aparece, tres semanas después.
El almuerzo en el restaurante playero estuvo bastante bien, aunque las condiciones higiénicas no eran las mejores. Ahora, antes de contarles lo ocurrido con mi plato, permítanme contextualizar ciertas cosas. A mi varias veces me han ocurrido cosas desagradables en el momento de comer.
Por ejemplo, de niño alguna vez estuve almorzando con mi hermano y mi amigo Walter, y luego de comer pedimos que nos sirvieran plátano con miel. Luego de unos minutos después que lo sirvieran, mi hermano miró su plato y gritó "¡La miel tiene hormigas!". Walter miró su plato, y también gritó "Es cierto, ¡tiene hormigas!". Yo miré mi plato... y descubrí que ya me lo había acabado, teniendo hormigas o no.
Años después, la historia se repitió, con un cono de helado y otros animales que no mencionaré, para no repugnarlos.
Pues nada, en este restaurante me pedí un chicharrón de calamar. La mayoría de extranjeros se pidió un ceviche, naturalmente, así que el chicharrón fue visto como algo bastante exótico para algunos. Le invité un par de chicharrones a los que estaban a mi alrededor, y procedí a "darle curso."
Habiendo ya acabo más de la mitad del plato, noté una manchita negra en uno de ellos. Por alguna extraña razón, decidí mirarla más de cerca y, con espanto, descubrí que esa manchita era un mosquito muerto, fusionado a la masa del chicharrón. Espantoso. Miré el plato más de cerca, y encontré otro chicharrón "enmoscado." Charming. No encontré ningún otro, pero vamos, ya me había comido más de la mitad del plato. La probabilidad de haberme comido un par de moscas en el proceso era alta.
Luego cometí el error de imaginar el estado de la cocina.
¿Qué hacer? ¿Levantar la voz de alarma? Eso sería lo más natural, la mayoría de los presentes no eran peruanos, y su sistema digestivo podría ser tremendamente afectado por las condiciones del restaurante. Pero por otro, ¿cómo no defender el honor de la cocina peruana?
Luego de pensarlo un poco, recordé que comer este tipo de comida alguna vez me había salvado la vida. Así que nada, me quedé callado, escondí los chicharrones contaminados, mantuve la cocina peruana en lo alto, y recé por el estómago del resto. Con suerte, luego de un pequeño sufrimiento, habría contribuido de alguna forma a favor de la evolución del ser humano.
El resto de la excursión estuvo bastante bien. Cumplió con su objetivo: relajar. Un par de horas después, tomamos el bus de vuelta, y estuvimos contentos de ser todos iguales bajo el sol.
Ah, y si quieren saber más sobre la misteriosa construcción sobre el peñasco, descubrí que se llama Castillo Forga, fue construido a inicios del siglo XX por un arequipeño entusiasta de la arquitectura europea, y que estaba completamente abandonado y venido a menos. Lástima. Dicen por ahí que lo quieren restaurar, y hacer un casino. Boh....
La escuela duró dos semanas, con dos breaks de medio día, y la infaltable excursión (a los físicos nos encantan las excursiones). Teníamos dos opciones: una visita relámpago al cañón del Colca, o un viaje a la playa de Mollendo. La verdad es que me hubiera gustado mucho volver al Colca, pero el tour implicaba levantarse a las 3:00 am, y me pareció demasiado estresante. Escogí la playa.
Fuimos un grupo bastante pequeño, unas veinte personas en total, evidentemente la gran mayoría quería ver el Colca. Salimos en bus, y luego de dos horas y media de viaje, llegamos a la playa.
De Mollendo no hay mucho que decir, el pueblo parecía muy bonito, pero lo vimos poco, realmente pasamos la mayor parte del tiempo en la misma playa. La playa estuvo simpática, pero vamos, como cualquiera del Pacífico.
Tal vez lo que más llame la atención en la playa de Mollendo sea una construcción que se encuentra sobre un peñasco en la mitad de la playa. Era una especie de mezcla entre castillo y palacio, y se veía antiguo. Lamentablemente se veía también algo abandonado, pero desde la misma playa no se veía muy bien en qué estado se encontraba.
Anyway, a la hora del almuerzo nos juntamos todos en un restaurante. Mientras la gente se sentaba, me acerqué un poco más al castillo, para verlo un poco mejor. Vi a un tipo sentado en una banca, y le pregunté: "¿Qué cazzo es ese edificio, encima del peñasco?"
Me respondió, diciéndome que era el Castillo de Mollendo. Que era el orgullo del pueblo, y que era antiguo. "¿Y quién lo construyó?" Ni idea. "¿De qué año es?" Misterio. "¿Se puede subir?" Creo que sí, pero yo nunca he subido.
Pues para ser el orgullo del pueblo, la gente aparentemente no sabía mucho de él.
Mientras hablaba con este tipo, una segunda persona se me acercó. Me preguntó quienes éramos, y qué hacíamos en Mollendo. Le conté sobre la escuela en Arequipa, y se interesó. Nos preguntó si éramos una "delegación internacional," a lo cual no supe qué responder, pero le dije que sí, muchos eran extranjeros, aunque había bastante peruano también. Miró al grupo, me miró a mi, sacó una grabadora, y me preguntó si me podía entrevistar.
Había encontrado al Reportero Estrella de Mollendo.
La verdad, no era muy apropiado que me entreviste a mi. Pero Alberto Gago, el organizador de la escuela, estaba en el restaurante, así que redirigí al reportero hacia él. El reportero se acercó, y no solo lo entrevistó a él, sino también a Luis Álvarez-Gaumé, que también estaba con nosotros, y nos tomó una foto a todo el grupo. Dijo que saldríamos en la versión online de Correo de Arequipa. La verdad, nuestra pinta playera no era la de científicos brillantes, y supongo que es por eso que el artículo aún no aparece, tres semanas después.
El almuerzo en el restaurante playero estuvo bastante bien, aunque las condiciones higiénicas no eran las mejores. Ahora, antes de contarles lo ocurrido con mi plato, permítanme contextualizar ciertas cosas. A mi varias veces me han ocurrido cosas desagradables en el momento de comer.
Por ejemplo, de niño alguna vez estuve almorzando con mi hermano y mi amigo Walter, y luego de comer pedimos que nos sirvieran plátano con miel. Luego de unos minutos después que lo sirvieran, mi hermano miró su plato y gritó "¡La miel tiene hormigas!". Walter miró su plato, y también gritó "Es cierto, ¡tiene hormigas!". Yo miré mi plato... y descubrí que ya me lo había acabado, teniendo hormigas o no.
Años después, la historia se repitió, con un cono de helado y otros animales que no mencionaré, para no repugnarlos.
Pues nada, en este restaurante me pedí un chicharrón de calamar. La mayoría de extranjeros se pidió un ceviche, naturalmente, así que el chicharrón fue visto como algo bastante exótico para algunos. Le invité un par de chicharrones a los que estaban a mi alrededor, y procedí a "darle curso."
Habiendo ya acabo más de la mitad del plato, noté una manchita negra en uno de ellos. Por alguna extraña razón, decidí mirarla más de cerca y, con espanto, descubrí que esa manchita era un mosquito muerto, fusionado a la masa del chicharrón. Espantoso. Miré el plato más de cerca, y encontré otro chicharrón "enmoscado." Charming. No encontré ningún otro, pero vamos, ya me había comido más de la mitad del plato. La probabilidad de haberme comido un par de moscas en el proceso era alta.
Luego cometí el error de imaginar el estado de la cocina.
¿Qué hacer? ¿Levantar la voz de alarma? Eso sería lo más natural, la mayoría de los presentes no eran peruanos, y su sistema digestivo podría ser tremendamente afectado por las condiciones del restaurante. Pero por otro, ¿cómo no defender el honor de la cocina peruana?
Luego de pensarlo un poco, recordé que comer este tipo de comida alguna vez me había salvado la vida. Así que nada, me quedé callado, escondí los chicharrones contaminados, mantuve la cocina peruana en lo alto, y recé por el estómago del resto. Con suerte, luego de un pequeño sufrimiento, habría contribuido de alguna forma a favor de la evolución del ser humano.
El resto de la excursión estuvo bastante bien. Cumplió con su objetivo: relajar. Un par de horas después, tomamos el bus de vuelta, y estuvimos contentos de ser todos iguales bajo el sol.
Ah, y si quieren saber más sobre la misteriosa construcción sobre el peñasco, descubrí que se llama Castillo Forga, fue construido a inicios del siglo XX por un arequipeño entusiasta de la arquitectura europea, y que estaba completamente abandonado y venido a menos. Lástima. Dicen por ahí que lo quieren restaurar, y hacer un casino. Boh....
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Viajes de Trabajo
jueves, 21 de febrero de 2013
La Pata de Chancho
No sé si lo he mencionado antes, pero, en mi familia, los regalos siempre son un tema. Tenemos una especie de protocolo silencioso, en el cual todos los miembros de la familia se sobre-esfuerzan en el momento de dar regalos. Yo veo que amigos míos le regalan a su padre un vino, o un libro, o un abrazo. En mi caso, esto no es que esté prohibido, pero simplemente "no se hace." No es una regla escrita, como dije, es una especie de protocolo silencioso.
Los regalos siempre deben ser ya-no-ya. La regla inicial era que fuera un objeto "inmortal," es decir, algo que no se acabe. Con esto, quedaban fuera las flores, los chocolates, los vinos. La segunda regla es que no podía ser regalo repetido, o sea, si el año pasado le regalé un libro a mi madre, este regalo estaba prohibido por los próximos dos o tres años. La tercera regla es que el regalo del año siguiente debía intentar ser mejor al regalo del año anterior.
Yo estoy seguro de que reglas similares motivaron la expansión del Tahuantinsuyo.
Debo admitir que últimamente hemos relajado estas reglas. Mi hermano me regala libros bastante seguido, yo he pedido que me regalen cosas "mortales," y bueno, de vez en cuando un regalo no sale mejor que el del año anterior. No obstante, entenderán que los regalos siempre son EL TEMA de la familia, especialmente considerando que mi hermano y yo estuvimos fuera de Lima por muchos años.
Estando en Lima para el cumpleaños de mi padre, primera vez en siete años, tenía que darle un buen regalo. Lo pensé bastante, y en un momento de lucidez, vi que se abrieron los cielos, bajó un ángel, le pidió a Ratzinger que renuncie, y camino de vuelta me dijo "te recomiendo el jamón ibérico."
Me pareció una idea fantástica. Divina, inclusive. Recordaba que en la casa de varios amigos españoles había frecuentemente piernas de jamón ibérico, las cuales ellos cortaban cada vez que les antojaba un aperitivo. La pierna seguramente costaba un huevo, pero duraba un huevo también. Me pareció un regalo original, que le podría gustar a mi padre.
Busqué bastante. Y no encontré mucho. La mejor opción fue un jamón que encontré en Wong, donde ofrecían pata, jamonera y cuchillo por un precio razonable. Hice mi investigación, y descubrí que el jamón era chileno, pero de ascendencia valenciana. Interesante.
Pues nada, me animé. Me fui a Wong dos semanas antes del cumple de mi padre, y compré la pata. Fue todo un evento, realmente. Uno de los chicos de la tienda incluso llegó a tomarme una foto (así que fácil me ven en la próxima revista de Wong). Caminaba por la calle con la pierna en las manos, y toda la gente me miraba atónita. Seguro les había parecido que la idea era tan buena como me lo había parecido a mi.
Al llegar a casa, noté que a la jamonera le faltaban dos tornillos, y que no la podía armar. 'Cha mare.
Días después regresé a Wong, y les conté el problema. Estuvieron un buen rato pensando qué hacer, y llamaron al encargado de embutidos de la tienda, quien no estaba en ese momento. Me dijeron que tenía que esperar, pero fueron bastante amables, me llevaron al restaurante de la tienda y me invitaron una empanada y un vaso de chicha. Sí pues, por la panza me conquistan.
Imaginé una situación similar en Europa, pero no se me pasó por la cabeza ningún supermercado que pudiera hacer un gesto de este estilo, dada la situación. ¿Sainsbury's? ¿Mercadona? ¿Emme Più? ¿Migros? No, a lo mucho una sonrisa. Pues nada, eventualmente llegó el encargado, quien no me dio los tornillos, sino una jamonera nueva. Se veía mejor que la que tenía, así que acepté.
Llegó entonces la semana del cumpleaños. Por curiosidad revisé el jamón un par de días antes, y descubrí que había algo blanquito en la superficie. Lo miré más de cerca, y Madre del Amor Hermoso, descubrí que era un hongo. Le di la vuelta al jamón, y peor, el jamón entero estaba cubierto de blanco.
Porca miseria.
Consulté en un Wong distinto, y ahí el encargado de embutidos me confesó que tenía bastantes de esos jamones llenos de hongos. Aparentemente, la humedad de Lima es demasiado fuerte, y no es factible tener patas de jamón ibérico por más de dos semanas. Parece que fue una mala estrategia de Wong, y que yo pagué pato. Por suerte decidí comprar la pata con dos semanas de anticipación, porque hubiera sido medio feo que los hongos hubieran aparecido luego de haberla dado como regalo.
Pues nada, regresé al Wong original, y devolví la pierna. Esta vez no me convidaron ni chicha ni empanadas, lamentablemente.
¿Y qué le regalé a mi papá? Pues una historia lamentable, y una promesa que pa este sábado le tengo su regalo. Ni modo, tuve que romper esquemas, a la mala. Ahora toy viendo corbatas, a ver si hay algo bonito por ahí.
Feliz cumple, pes, Dad.
Los regalos siempre deben ser ya-no-ya. La regla inicial era que fuera un objeto "inmortal," es decir, algo que no se acabe. Con esto, quedaban fuera las flores, los chocolates, los vinos. La segunda regla es que no podía ser regalo repetido, o sea, si el año pasado le regalé un libro a mi madre, este regalo estaba prohibido por los próximos dos o tres años. La tercera regla es que el regalo del año siguiente debía intentar ser mejor al regalo del año anterior.
Yo estoy seguro de que reglas similares motivaron la expansión del Tahuantinsuyo.
Debo admitir que últimamente hemos relajado estas reglas. Mi hermano me regala libros bastante seguido, yo he pedido que me regalen cosas "mortales," y bueno, de vez en cuando un regalo no sale mejor que el del año anterior. No obstante, entenderán que los regalos siempre son EL TEMA de la familia, especialmente considerando que mi hermano y yo estuvimos fuera de Lima por muchos años.
Estando en Lima para el cumpleaños de mi padre, primera vez en siete años, tenía que darle un buen regalo. Lo pensé bastante, y en un momento de lucidez, vi que se abrieron los cielos, bajó un ángel, le pidió a Ratzinger que renuncie, y camino de vuelta me dijo "te recomiendo el jamón ibérico."
Me pareció una idea fantástica. Divina, inclusive. Recordaba que en la casa de varios amigos españoles había frecuentemente piernas de jamón ibérico, las cuales ellos cortaban cada vez que les antojaba un aperitivo. La pierna seguramente costaba un huevo, pero duraba un huevo también. Me pareció un regalo original, que le podría gustar a mi padre.
Busqué bastante. Y no encontré mucho. La mejor opción fue un jamón que encontré en Wong, donde ofrecían pata, jamonera y cuchillo por un precio razonable. Hice mi investigación, y descubrí que el jamón era chileno, pero de ascendencia valenciana. Interesante.
Pues nada, me animé. Me fui a Wong dos semanas antes del cumple de mi padre, y compré la pata. Fue todo un evento, realmente. Uno de los chicos de la tienda incluso llegó a tomarme una foto (así que fácil me ven en la próxima revista de Wong). Caminaba por la calle con la pierna en las manos, y toda la gente me miraba atónita. Seguro les había parecido que la idea era tan buena como me lo había parecido a mi.
Al llegar a casa, noté que a la jamonera le faltaban dos tornillos, y que no la podía armar. 'Cha mare.
Días después regresé a Wong, y les conté el problema. Estuvieron un buen rato pensando qué hacer, y llamaron al encargado de embutidos de la tienda, quien no estaba en ese momento. Me dijeron que tenía que esperar, pero fueron bastante amables, me llevaron al restaurante de la tienda y me invitaron una empanada y un vaso de chicha. Sí pues, por la panza me conquistan.
Imaginé una situación similar en Europa, pero no se me pasó por la cabeza ningún supermercado que pudiera hacer un gesto de este estilo, dada la situación. ¿Sainsbury's? ¿Mercadona? ¿Emme Più? ¿Migros? No, a lo mucho una sonrisa. Pues nada, eventualmente llegó el encargado, quien no me dio los tornillos, sino una jamonera nueva. Se veía mejor que la que tenía, así que acepté.
Llegó entonces la semana del cumpleaños. Por curiosidad revisé el jamón un par de días antes, y descubrí que había algo blanquito en la superficie. Lo miré más de cerca, y Madre del Amor Hermoso, descubrí que era un hongo. Le di la vuelta al jamón, y peor, el jamón entero estaba cubierto de blanco.
Porca miseria.
Consulté en un Wong distinto, y ahí el encargado de embutidos me confesó que tenía bastantes de esos jamones llenos de hongos. Aparentemente, la humedad de Lima es demasiado fuerte, y no es factible tener patas de jamón ibérico por más de dos semanas. Parece que fue una mala estrategia de Wong, y que yo pagué pato. Por suerte decidí comprar la pata con dos semanas de anticipación, porque hubiera sido medio feo que los hongos hubieran aparecido luego de haberla dado como regalo.
Pues nada, regresé al Wong original, y devolví la pierna. Esta vez no me convidaron ni chicha ni empanadas, lamentablemente.
¿Y qué le regalé a mi papá? Pues una historia lamentable, y una promesa que pa este sábado le tengo su regalo. Ni modo, tuve que romper esquemas, a la mala. Ahora toy viendo corbatas, a ver si hay algo bonito por ahí.
Feliz cumple, pes, Dad.
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