Ustedes saben que me pasan cosas inesperadas en situaciones de lo más inocentes.
Hoy les voy a contar de dos momentos algo extraños, uno ocurrido hace más de diez años, y el otro la semana pasada.
El primero ocurrió en Buenos Aires, estando en la Escuela Giambiagi. En esa época estaba en plena maestría en la PUCP, intentando sacar un paper sobre fábricas de neutrinos, y vamos, estaba sufriendo bastante en sacar resultados coherentes.
En esa escuela conocí a Bernabeu. Él estaba dando una charla sobre neutrinos, y estaba diferenciando los neutrinos de Dirac de los neutrinos de Majorana. Fue entonces que dijo la frase clave: "En el caso de neutrinos de Majorana, las partículas son iguales a las antipartículas." O algo por el estilo.
La cosa es que eso activó un trigger en mi cerebro. En mi intento de reproducir los resultados esperados en las fábricas de neutrinos, yo estaba usando una sección de choque para partículas distinta de aquella para antipartículas. Y si los neutrinos y antineutrinos eran iguales, ¿por qué su sección de choque era diferente?
Me vino la angustia. Tal vez me estaba topando con otro error más en mi programa, y las secciones de choque debían ser iguales. Tal vez todos los resultados que iba a presentar yo al día siguiente estaban mal, y sería apuntado y burlado por el público. Esto, además, seguramente significaría un atraso de dos o tres meses en la tesis de maestría.
Total, un desastre. Debía resolver esto.
Al final de la charla de Bernabeu, levanté la mano y pregunté: "Si los neutrinos y antineutrinos son la misma partícula, ¿por qué tienen secciones de choque distinta?"
Nunca me esperé lo que ocurrió luego. Bernabeu sonrió, y exclamó: "¡Esa pregunta no la hacen los estudiantes, la hacen los profesores!" Vamos, que le había gustado la pregunta. Se emocionó mucho, empezó a explicar detalles de la pregunta, se notaba que estaba contento.
Yo no sabía dónde meterme. La mitad de la sala miraba a Bernabeu, la otra mitad me miraba a mi. O por o menos eso sentía yo. Al final dio la respuesta, y me preguntó si estaba satisfecho. O algo por el estilo.
Luego de unos años, me doy cuenta que, a pesar de que la pregunta no es realmente trivial, tampoco merecía semejante alabanza. La he escuchado en otras escuelas, y los speakers nunca respondieron de esa manera. Pero en esa época no lo sabía, ni conocía a Bernabeu, así que me dejó medio confundido. La cosa es que por lo que quedó del día me sentí el rey de la escuela, aunque nunca supe bien por qué, ya que ni siquiera había entendido la respuesta de Bernabeu.
Y claro, fue así que llegué a Valencia, donde Bernabeu es catedrático, dos años después. Miren ustedes.
La segunda situación ocurrió la semana pasada. Estaba atendiendo la Escuela Latinoamericana del CERN, cerca a Quito, como Discussion Leader. Estaba en la clase de Cosmología, un tema que siempre ha sido complicado para mi.
La profesora estaba explicando las inhomogeneidades del fondo cósmico de microondas. Mostró una métrica, relacionó las inhomogeneidades con perturbaciones a esa métrica, y las clasificó como escalares, vectoriales y tensoriales.
Muy bien. Hasta ahí llegaba mi conocimiento. Lo que seguía debía ser entendido al 100%, ya que los estudiantes podían preguntar sobre el tema, y yo debía ser capaz de dar algún tipo de respuesta. Presté bastante atención.
Y por supuesto, en la siguiente diapositiva no entendí ni un pepino. Las perturbaciones vectoriales y tensoriales habían desaparecido, y había re-escrito las escalares de una forma muy extraña. La cosa pintaba mal, ya que si uno se pierde en una diapositiva, es muy difícil entender las siguientes. Había que preguntar.
Levanté la mano inmediatamente: "Perdón, ¿qué pasó con las perturbaciones vectoriales y tensoriales?"
La profesora me miró, me respondió... y se desmayó.
Genial. Le había dado soroche. La mitad del salón fue a socorrerla, la otra mitad se quedó mirándome, esta vez con una cara de "¿Qué has hecho, insensato?" Yo no sabía donde meterme.
Por suerte no se murió, y todo quedó como una anécdota. Pero más de uno me invitó a asistir a charlas de Correa, a ver si se repetía el efecto. Yo preferí no preguntar más, por lo menos por el resto del día.
Ya les cuento más de la escuela del CERN en un próximo post. ¡Hasta entonces!
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jueves, 19 de marzo de 2015
sábado, 6 de septiembre de 2014
Los Personajes
Este post va dedicado con mucho cariño a los fans de The Big Bang Theory.
Aquellos que hayan leído mis instrucciones para llegar al laboratorio de Frascati podrán intuir que estoy familiarizado con los juegos de rol. En efecto, empecé literalmente el siglo pasado, y a pesar de que lo he dejado muchas veces, siempre termino regresando. Encuentro fascinante cómo este tipo de juegos permite imaginar la historia de un personaje, tomar sus decisiones, y verlo crecer y desarrollarse.
Ahora que estoy de vuelta en Lima, me he juntado con mi viejo grupo de amigos, y estamos por empezar una nueva campaña. He diseñado un personaje nuevo, y esto me ha hecho pensar en todos los personajes que he creado a lo largo de la historia. Me he dado cuenta que analizar estos personajes podría ser el sueño de todo psicólogo, así que vamos a recordarlos por un momento....
Mi primer personaje fue creado en 1999, si no mal recuerdo. Era un paladín, una especie de caballero santo, de nombre Usul Vernius. El nombre de mi personaje venía del nombre secreto de Paul Muad'Dib, el protagonista de los libros de Dune. El apellido venía de otro personaje de la precuela a los mismo libros, que en esa época estaba leyendo (y que no recomiendo por nada del mundo).
Usul era descendiente de los gobernantes del reino de Caladan, que había desaparecido misteriosamente. Viajaba para encontrar dicho reino, y por supuesto, gobernarlo.
Este personaje... pucha, la verdad es que el pobre Usul era un lornaza. Y me refiero al personaje, no a mi, ¿ok? Descubrí en poco tiempo que en ese mundo resultaba un poco frustrante ser el buenote que sigue las reglas, especialmente cuando el resto está aprovechando el juego para hacer lo que en el mundo real no se puede hacer.
Eso sí, Usul tuvo sus momentos épicos. Recuerdo una batalla, en la que un tipo malvado se resbaló y cayó en una especie de fosa sin fondo (en estos mundos de fantasía existen las fosas sin fondo, sin que haya lava hirviendo saliendo de ellas). Usul no lo pensó dos veces, y arriesgando su propio pellejo, se lanzó y logró coger al villano del brazo mientras caía. El malvado, viendo la bondad de Usul, consideró cambiar sus malos hábitos.
Ni Superman, pues.
El siguiente personaje apareció cuando estaba por terminar la carrera. Se llamaba Kurei, así, sin apellidos. El nombre era una mezcla de Kurama y Hiei, unos personajes de una serie de animación japonesa que estaba viendo en ese momento. El tipo era una especie de samurai capaz de usar magia, que me había inventado después de ver alguna otra serie de animación japonesa (en esas épocas mis gustos eran medio monotemáticos).
Kurei era más interesante que Usul. De personalidad huraña, despertó un día en una cápsula, sin recordar nada más que dos cosas: una imagen en donde guiaba un ejército en contra de algún enemigo, y luego otra imagen en la que él se enfrentaba a su mismo ejército. Su búsqueda se resumía en entender qué significaban estos recuerdos, y averiguar su pasado.
Lamentablemente, el pobre Kurei generalmente terminaba como saco de boxeo, lo cual lo dejaba aún más huraño.
Luego empecé el doctorado, y no volví a jugar por mucho tiempo. Empecé nuevamente en Roma, donde construí a Johann Marlowe. El nombre se basó en J. W. Goethe y Christopher Marlowe, quienes escribieron sobre Fausto, aquel académico que hizo un pacto con el diablo. Este personaje era un sorcerer.
Johann Marlowe era malvado. Terriblemente malvado. Pero tenía su juego de reglas que seguir, de modo que pudiera vivir en la sociedad. Esto lo debo haber sacado inconscientemente de la serie Dexter... pero bueno, Johann era realmente un demonio, quien fue castigado por su Dios Maligno y convertido en un puny human. Este personaje me encantó, su misión era volver a ser un demonio, y por supuesto, no podía ir por el mundo contándole a todos lo que quería hacer.
Esto estuvo muy bien, hasta que su amigo paladín se dio cuenta de sus intenciones y, bueno, ninguno salió muy bien del asunto.
Ahora, si ven estos personajes, supongo que cualquier psicólogo podría sacar algún perfil de la evolución de mi personalidad, y tal y cual. Empecé con Usul, un tipo bastante inocente y bienintencionado. Luego, con Kurei, empezó la búsqueda del pasado, el intento de descifrar quién es uno mismo. Luego, terminé con Johann, y ahí ustedes pueden sacar sus conclusiones.
Pues nada, ¿a qué viene todo este rollo? Pues que mañana me voy a juntar nuevamente con mis amigos, y diseñé un nuevo personaje. Y una vez que terminé de diseñarlo, me di cuenta de todo esto sobre la evolución de la personalidad.
¿Y por qué me preocupo?
Pues he creado a un tipo llamado Geppetto Berlusconi. El nombre por el carpintero, ya que mi personaje es un inventor. El apellido, evidentemente por el político italiano, ya que mi personaje es un gnomo púrpura.
¿Qué onda con Geppetto? Pues nada, es un gnomo que está llegando a la vejez, y antes de cumplir los 150 años quiere viajar por el mundo, tener aventuras, y encontrar a su nieta perdida.
¿Mi subconsciente me dice algo? Nuevamente, ustedes pueden sacar sus propias conclusiones.
Aquellos que hayan leído mis instrucciones para llegar al laboratorio de Frascati podrán intuir que estoy familiarizado con los juegos de rol. En efecto, empecé literalmente el siglo pasado, y a pesar de que lo he dejado muchas veces, siempre termino regresando. Encuentro fascinante cómo este tipo de juegos permite imaginar la historia de un personaje, tomar sus decisiones, y verlo crecer y desarrollarse.
Ahora que estoy de vuelta en Lima, me he juntado con mi viejo grupo de amigos, y estamos por empezar una nueva campaña. He diseñado un personaje nuevo, y esto me ha hecho pensar en todos los personajes que he creado a lo largo de la historia. Me he dado cuenta que analizar estos personajes podría ser el sueño de todo psicólogo, así que vamos a recordarlos por un momento....
Mi primer personaje fue creado en 1999, si no mal recuerdo. Era un paladín, una especie de caballero santo, de nombre Usul Vernius. El nombre de mi personaje venía del nombre secreto de Paul Muad'Dib, el protagonista de los libros de Dune. El apellido venía de otro personaje de la precuela a los mismo libros, que en esa época estaba leyendo (y que no recomiendo por nada del mundo).
Usul era descendiente de los gobernantes del reino de Caladan, que había desaparecido misteriosamente. Viajaba para encontrar dicho reino, y por supuesto, gobernarlo.
Este personaje... pucha, la verdad es que el pobre Usul era un lornaza. Y me refiero al personaje, no a mi, ¿ok? Descubrí en poco tiempo que en ese mundo resultaba un poco frustrante ser el buenote que sigue las reglas, especialmente cuando el resto está aprovechando el juego para hacer lo que en el mundo real no se puede hacer.
Eso sí, Usul tuvo sus momentos épicos. Recuerdo una batalla, en la que un tipo malvado se resbaló y cayó en una especie de fosa sin fondo (en estos mundos de fantasía existen las fosas sin fondo, sin que haya lava hirviendo saliendo de ellas). Usul no lo pensó dos veces, y arriesgando su propio pellejo, se lanzó y logró coger al villano del brazo mientras caía. El malvado, viendo la bondad de Usul, consideró cambiar sus malos hábitos.
Ni Superman, pues.
El siguiente personaje apareció cuando estaba por terminar la carrera. Se llamaba Kurei, así, sin apellidos. El nombre era una mezcla de Kurama y Hiei, unos personajes de una serie de animación japonesa que estaba viendo en ese momento. El tipo era una especie de samurai capaz de usar magia, que me había inventado después de ver alguna otra serie de animación japonesa (en esas épocas mis gustos eran medio monotemáticos).
Kurei era más interesante que Usul. De personalidad huraña, despertó un día en una cápsula, sin recordar nada más que dos cosas: una imagen en donde guiaba un ejército en contra de algún enemigo, y luego otra imagen en la que él se enfrentaba a su mismo ejército. Su búsqueda se resumía en entender qué significaban estos recuerdos, y averiguar su pasado.
Lamentablemente, el pobre Kurei generalmente terminaba como saco de boxeo, lo cual lo dejaba aún más huraño.
Luego empecé el doctorado, y no volví a jugar por mucho tiempo. Empecé nuevamente en Roma, donde construí a Johann Marlowe. El nombre se basó en J. W. Goethe y Christopher Marlowe, quienes escribieron sobre Fausto, aquel académico que hizo un pacto con el diablo. Este personaje era un sorcerer.
Johann Marlowe era malvado. Terriblemente malvado. Pero tenía su juego de reglas que seguir, de modo que pudiera vivir en la sociedad. Esto lo debo haber sacado inconscientemente de la serie Dexter... pero bueno, Johann era realmente un demonio, quien fue castigado por su Dios Maligno y convertido en un puny human. Este personaje me encantó, su misión era volver a ser un demonio, y por supuesto, no podía ir por el mundo contándole a todos lo que quería hacer.
Esto estuvo muy bien, hasta que su amigo paladín se dio cuenta de sus intenciones y, bueno, ninguno salió muy bien del asunto.
Ahora, si ven estos personajes, supongo que cualquier psicólogo podría sacar algún perfil de la evolución de mi personalidad, y tal y cual. Empecé con Usul, un tipo bastante inocente y bienintencionado. Luego, con Kurei, empezó la búsqueda del pasado, el intento de descifrar quién es uno mismo. Luego, terminé con Johann, y ahí ustedes pueden sacar sus conclusiones.
Pues nada, ¿a qué viene todo este rollo? Pues que mañana me voy a juntar nuevamente con mis amigos, y diseñé un nuevo personaje. Y una vez que terminé de diseñarlo, me di cuenta de todo esto sobre la evolución de la personalidad.
¿Y por qué me preocupo?
Pues he creado a un tipo llamado Geppetto Berlusconi. El nombre por el carpintero, ya que mi personaje es un inventor. El apellido, evidentemente por el político italiano, ya que mi personaje es un gnomo púrpura.
¿Qué onda con Geppetto? Pues nada, es un gnomo que está llegando a la vejez, y antes de cumplir los 150 años quiere viajar por el mundo, tener aventuras, y encontrar a su nieta perdida.
¿Mi subconsciente me dice algo? Nuevamente, ustedes pueden sacar sus propias conclusiones.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Corazones Rotos en Trieste
Pues pasó el verano europeo, y con él también pasaron las conferencias en física de partículas elementales. Este año me tocó ir a SUSY 2013, que se llevaba a cabo en el ICTP, en Trieste.
Curiosamente, fue en el ICTP que tuve mi primer encuentro con la física internacional. Luciano, Francisco y yo acabábamos de terminar pregrado, y conseguimos que el centro nos financiara un viaje, con el fin de participar en la escuela de verano en partículas elementales. Fue una oportunidad excelente para enterarme de qué trataba este tema en el que me estaba metiendo, allá en el 2003 (Mein Gott!!! ¡Diez años exactos!). Fue un choque bastante fuerte, ya que por lo menos yo no estaba preparado en lo absoluto para lo que nos iban a enseñar ahí.
Fue un viaje curioso. Descubrimos muchas cosas. Descubrimos que Luciano pensaba que Europa estaba llena de malls. Descubrimos que Francisco podía serle atractivo a las mujeres. Yo, lamentablemente, descubrí que mi compañero de habitación de Indonesia tendía a ofrecer su amistad intentando masajear las piernas del resto. Pero más importante, descubrí la importancia de callar y escuchar (sí, aparentemente ya lo olvidé).
Esta vez, me tocó regresar para dar una charla en una conferencia. Y vamos, fue otro viaje curioso.
Para empezar, antes de ir a Trieste, pasé una semana por Padova, para hablar con una colaboradora. Las reunión era crucial, ya que estaba relacionada a lo que contaría en Trieste. Inicialmente me emocioné mucho por estar de vuelta por ahí, pero al no estar Alfredo, ni Alicia, ni Jae-hyeon, ni Catalina, debo confesar que la ciudad perdió un poco de su encanto. El departamento de física no mejoró mucho, y recordé por qué escogí Roma en vez de Padova para mi primer postdoc.
Una semana luego, llegué a Trieste. Fue interesante, nuevamente había gente de todos lados. Gentita de Würzburg, gentita que conocí en Bonn, gentita del CERN, vamos, ¡hasta me encontré con una amiga del pregrado de la PUCP! Fue útil para establecer nuevos contactos, reforzar contactos antiguos, y consolidar contactos recientes.
Por supuesto, toda conferencia tiene sus cosas. Creo que el feature más saltante fue la charla de Iwamoto. Hablaba de algo relacionado al momento magnético anómalo del muón, de encontrar zonas en el espacio de parámetros supersimétrico que resolvieran la tensión existente entre la predicción teórica y la observación experimental... y en eso, cuando muestra el espacio de parámetros... digamos que la zona de exclusión fue algo... fálica.
Sí. Dije fálica. Y si no me creen, pueden verlo ustedes mismos, en la diapositiva 21 de su charla (que empeora en la diapositiva 26). O en la página 4 de este paper.
Digamos que muchos de nosotros perdimos la concentración en ese momento. No joroben, si estás en una charla de supersimetría, ¡lo último que esperas es que aparezca un pene proyectado en la pantalla! Pero parece que la charla causó furor, al punto que el mismo Sir John Ellis decidió "flashear" la misma diapositiva en su plenaria el último día.
Anyway... Otro detalle de la conferencia fue el banquete. Los banquetes en las conferencias destacan por llevarse a cabo en sitios exóticos, tipo castillos, ofreciendo maravillas culinarias, y alcohol en exceso. Y este banquete no fue la excepción. Fue espectacular ver a físicos respetables (amigos de amigos, dicen) caminando en zig-zag luego de tres copas de prosecco, y medio litro de vino.
El problema es lo que puede pasar luego. Estaba con la gentita de Bonn, tomando medio litro de Spritz, cuando en eso apareció el Dr Z, en un estado de ebriedad mucho peor al de todos nosotros, combinados. Se unió al grupo, y entre conversaciones involucrando al amplituhedrón (no me pregunten), notamos que el Dr Z estaba deprimiéndose. Lamentablemente, fui yo quien decidió animarlo, diciéndole que era una persona chévere, que la gente estaba contenta al verlo, y tal y cual, cuando en eso el Dr Z decidió que era un buen momento para un beso.
Say what?
Debo agradecer a mi buen amigo, el pronto Dr. B, quien desde Estudios Generales Ciencias se obstinó en entrenarme en el arte de evitar hombres lujuriosos. Logré evitar el ataque del Dr Z en el último segundo, y mis amigos de Bonn lo alejaron inmediatamente. "¡Tenías que ser tan hétero!", me gritó.
'Ta mare.
Anyway... Creo que ya han sido suficientes diapositivas fálicas, atentados de agarre, y recuerdos macabros de intentos de masajes, para un solo post. Me despido por ahora, sin más que desearles que la noche os sea propicia...
Curiosamente, fue en el ICTP que tuve mi primer encuentro con la física internacional. Luciano, Francisco y yo acabábamos de terminar pregrado, y conseguimos que el centro nos financiara un viaje, con el fin de participar en la escuela de verano en partículas elementales. Fue una oportunidad excelente para enterarme de qué trataba este tema en el que me estaba metiendo, allá en el 2003 (Mein Gott!!! ¡Diez años exactos!). Fue un choque bastante fuerte, ya que por lo menos yo no estaba preparado en lo absoluto para lo que nos iban a enseñar ahí.
Fue un viaje curioso. Descubrimos muchas cosas. Descubrimos que Luciano pensaba que Europa estaba llena de malls. Descubrimos que Francisco podía serle atractivo a las mujeres. Yo, lamentablemente, descubrí que mi compañero de habitación de Indonesia tendía a ofrecer su amistad intentando masajear las piernas del resto. Pero más importante, descubrí la importancia de callar y escuchar (sí, aparentemente ya lo olvidé).
Esta vez, me tocó regresar para dar una charla en una conferencia. Y vamos, fue otro viaje curioso.
Para empezar, antes de ir a Trieste, pasé una semana por Padova, para hablar con una colaboradora. Las reunión era crucial, ya que estaba relacionada a lo que contaría en Trieste. Inicialmente me emocioné mucho por estar de vuelta por ahí, pero al no estar Alfredo, ni Alicia, ni Jae-hyeon, ni Catalina, debo confesar que la ciudad perdió un poco de su encanto. El departamento de física no mejoró mucho, y recordé por qué escogí Roma en vez de Padova para mi primer postdoc.
Una semana luego, llegué a Trieste. Fue interesante, nuevamente había gente de todos lados. Gentita de Würzburg, gentita que conocí en Bonn, gentita del CERN, vamos, ¡hasta me encontré con una amiga del pregrado de la PUCP! Fue útil para establecer nuevos contactos, reforzar contactos antiguos, y consolidar contactos recientes.
Por supuesto, toda conferencia tiene sus cosas. Creo que el feature más saltante fue la charla de Iwamoto. Hablaba de algo relacionado al momento magnético anómalo del muón, de encontrar zonas en el espacio de parámetros supersimétrico que resolvieran la tensión existente entre la predicción teórica y la observación experimental... y en eso, cuando muestra el espacio de parámetros... digamos que la zona de exclusión fue algo... fálica.
Sí. Dije fálica. Y si no me creen, pueden verlo ustedes mismos, en la diapositiva 21 de su charla (que empeora en la diapositiva 26). O en la página 4 de este paper.
Digamos que muchos de nosotros perdimos la concentración en ese momento. No joroben, si estás en una charla de supersimetría, ¡lo último que esperas es que aparezca un pene proyectado en la pantalla! Pero parece que la charla causó furor, al punto que el mismo Sir John Ellis decidió "flashear" la misma diapositiva en su plenaria el último día.
Anyway... Otro detalle de la conferencia fue el banquete. Los banquetes en las conferencias destacan por llevarse a cabo en sitios exóticos, tipo castillos, ofreciendo maravillas culinarias, y alcohol en exceso. Y este banquete no fue la excepción. Fue espectacular ver a físicos respetables (amigos de amigos, dicen) caminando en zig-zag luego de tres copas de prosecco, y medio litro de vino.
El problema es lo que puede pasar luego. Estaba con la gentita de Bonn, tomando medio litro de Spritz, cuando en eso apareció el Dr Z, en un estado de ebriedad mucho peor al de todos nosotros, combinados. Se unió al grupo, y entre conversaciones involucrando al amplituhedrón (no me pregunten), notamos que el Dr Z estaba deprimiéndose. Lamentablemente, fui yo quien decidió animarlo, diciéndole que era una persona chévere, que la gente estaba contenta al verlo, y tal y cual, cuando en eso el Dr Z decidió que era un buen momento para un beso.
Say what?
Debo agradecer a mi buen amigo, el pronto Dr. B, quien desde Estudios Generales Ciencias se obstinó en entrenarme en el arte de evitar hombres lujuriosos. Logré evitar el ataque del Dr Z en el último segundo, y mis amigos de Bonn lo alejaron inmediatamente. "¡Tenías que ser tan hétero!", me gritó.
'Ta mare.
Anyway... Creo que ya han sido suficientes diapositivas fálicas, atentados de agarre, y recuerdos macabros de intentos de masajes, para un solo post. Me despido por ahora, sin más que desearles que la noche os sea propicia...
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viernes, 31 de mayo de 2013
La Línea de Ropa
Enfrentado a la terrible experiencia de lavar la ropa, me puse a pensar cómo hacer para tener que lavar menos veces al mes, y así aprovechar mi tiempo un poco mejor.
Me senté frente a la lavadora, el análisis era sencillo: mientras más ropa ponga de una sola vez en la lavadora, menos veces tendría que lavar. No obstante, tenía una restricción importante: el número de líneas en dónde secar la ropa era limitado.
Me sente entonces frente a las líneas de ropa (aquellas en donde otras aventuras interesantes habían ocurrido), y analicé cómo maximizar la cantidad de ropa que podía poner en ellas. Por supuesto, si maximizaba la cantidad de ropa que ponía en las líneas, minimizaría la cantidad de veces que tendría que lavar la ropa. Excelente.
Llegué a la conclusión que, a lo mucho, podía poner cuatro polos y una pieza de ropa interior en la línea. Además, un polo contaba aproximadamente como dos piezas de ropa interior, y un pantalón como polo y medio.
Habiendo hecho esto, me aseguré siempre que el número de piezas de ropa que lavara en algún momento ocupara completamente todas las líneas de ropa disponibles, al máximo.
Feliz de tener un método eficiente para lavar la ropa, procedí seguir con mi vida, confiado que seguramente ahorraría una o dos lavadas al año. Ecológico total, señores.
Por supuesto, mis compañeros de piso no vieron todo este proceso, lo único que veían era que yo siempre colgaba la ropa de la misma manera, siguiendo más o menos el mismo patrón. Uno de ellos se me acercó una vez, mientras llevaba a cabo mi fríamente calculada labor, y me dijo: "Oye, tú eres una persona muy cerrada de mente, ¿no?"
En ese momento no entendí lo que quería decir. ¿Había discriminado a algún homosexual sin darme cuenta? ¿O había rechazado algún tipo de comida extraña? ¿Tal vez había juzgado a alguien por llevar a cabo un aborto, sin considerar las circunstancias? ¿Acaso me había escuchado hablar mal sobre las teorías con dimensiones extras? Preocupado, le pregunté por qué decía eso.
"Porque siempre pones la ropa de la misma forma" respondió él, con la sonrisa cavernícola que lo caracterizaba.
Le intenté explicar que eso maximizaba la cantidad de ropa que podía lavar, pero no entendió. O no quiso entender. Claro, él nunca se enfrentó a la lavadora en todo el tiempo que vivimos juntos, no podía entender.
Decidí ignorarlo, y seguir con mi forma particular de colgar la ropa. ¡Qué sabía él!
No obstante, escuché un comentario similar la última vez que estuve en Ginebra. El Albanés Amable hablaba pestes de un miembro del Foyer (una buena costumbre de El Albanés Amable), y en eso dijo: "Sí, estoy seguro que es un psicótico, la otra vez pasé frente a su habitación y vi que había dejado la puerta abierta. Adentro todo estaba muy ordenado, pero estilo Dexter. No se imaginan, hasta la ropa la tenía colgada en patrones."
En ese momento, me atoré. Primero cerrado de mente... ¿y ahora psicótico? Decidí que sería una buena idea no mostrarle a nadie en el Foyer cómo colgaba la ropa.
No se imaginarán mi terror un día, cuando Chibi-Ninja tocó mi puerta para pedirme una de mis Wawasanas Antigripales, y se dio cuenta de mi forma de colgar las ropa. "Ohhhhhhh," dijo ella, en esa forma característica que tienen los Chibi-Ninjas de sorprenderse, "¡qué ordenada tienes la ropa!"
Rayos. Había que matar a Chibi-Ninja. Una lamentable conclusión, pero necesaria. Todo para que no me llamaran psicótico, ni cerrado de mente.
Por suerte, me di cuente en lo ridículo de mi argumento, y desistí. Fui afortunado, porque Chibi-Ninja fue solidaria, y no reveló mi secreto a nadie.
Pues nada. El día de hoy dejo de esconderme, y declaro públicamente que yo ordeno mi ropa al colgarla. Llámenme cerrado de mente, llámenme psicótico, me da igual. Pero cuando estén ustedes lavando la ropa una vez más al año que yo, recuérdenme. Seguramente escucharán mi risa en el fondo, maquiavélica, un poco desquiciada, y tal vez hasta insana, pero seguramente no psicótica ni característica de alguien cerrado de mente.
Ya saben.
Me senté frente a la lavadora, el análisis era sencillo: mientras más ropa ponga de una sola vez en la lavadora, menos veces tendría que lavar. No obstante, tenía una restricción importante: el número de líneas en dónde secar la ropa era limitado.
Me sente entonces frente a las líneas de ropa (aquellas en donde otras aventuras interesantes habían ocurrido), y analicé cómo maximizar la cantidad de ropa que podía poner en ellas. Por supuesto, si maximizaba la cantidad de ropa que ponía en las líneas, minimizaría la cantidad de veces que tendría que lavar la ropa. Excelente.
Llegué a la conclusión que, a lo mucho, podía poner cuatro polos y una pieza de ropa interior en la línea. Además, un polo contaba aproximadamente como dos piezas de ropa interior, y un pantalón como polo y medio.
Habiendo hecho esto, me aseguré siempre que el número de piezas de ropa que lavara en algún momento ocupara completamente todas las líneas de ropa disponibles, al máximo.
Feliz de tener un método eficiente para lavar la ropa, procedí seguir con mi vida, confiado que seguramente ahorraría una o dos lavadas al año. Ecológico total, señores.
Por supuesto, mis compañeros de piso no vieron todo este proceso, lo único que veían era que yo siempre colgaba la ropa de la misma manera, siguiendo más o menos el mismo patrón. Uno de ellos se me acercó una vez, mientras llevaba a cabo mi fríamente calculada labor, y me dijo: "Oye, tú eres una persona muy cerrada de mente, ¿no?"
En ese momento no entendí lo que quería decir. ¿Había discriminado a algún homosexual sin darme cuenta? ¿O había rechazado algún tipo de comida extraña? ¿Tal vez había juzgado a alguien por llevar a cabo un aborto, sin considerar las circunstancias? ¿Acaso me había escuchado hablar mal sobre las teorías con dimensiones extras? Preocupado, le pregunté por qué decía eso.
"Porque siempre pones la ropa de la misma forma" respondió él, con la sonrisa cavernícola que lo caracterizaba.
Le intenté explicar que eso maximizaba la cantidad de ropa que podía lavar, pero no entendió. O no quiso entender. Claro, él nunca se enfrentó a la lavadora en todo el tiempo que vivimos juntos, no podía entender.
Decidí ignorarlo, y seguir con mi forma particular de colgar la ropa. ¡Qué sabía él!
No obstante, escuché un comentario similar la última vez que estuve en Ginebra. El Albanés Amable hablaba pestes de un miembro del Foyer (una buena costumbre de El Albanés Amable), y en eso dijo: "Sí, estoy seguro que es un psicótico, la otra vez pasé frente a su habitación y vi que había dejado la puerta abierta. Adentro todo estaba muy ordenado, pero estilo Dexter. No se imaginan, hasta la ropa la tenía colgada en patrones."
En ese momento, me atoré. Primero cerrado de mente... ¿y ahora psicótico? Decidí que sería una buena idea no mostrarle a nadie en el Foyer cómo colgaba la ropa.
No se imaginarán mi terror un día, cuando Chibi-Ninja tocó mi puerta para pedirme una de mis Wawasanas Antigripales, y se dio cuenta de mi forma de colgar las ropa. "Ohhhhhhh," dijo ella, en esa forma característica que tienen los Chibi-Ninjas de sorprenderse, "¡qué ordenada tienes la ropa!"
Rayos. Había que matar a Chibi-Ninja. Una lamentable conclusión, pero necesaria. Todo para que no me llamaran psicótico, ni cerrado de mente.
Por suerte, me di cuente en lo ridículo de mi argumento, y desistí. Fui afortunado, porque Chibi-Ninja fue solidaria, y no reveló mi secreto a nadie.
Pues nada. El día de hoy dejo de esconderme, y declaro públicamente que yo ordeno mi ropa al colgarla. Llámenme cerrado de mente, llámenme psicótico, me da igual. Pero cuando estén ustedes lavando la ropa una vez más al año que yo, recuérdenme. Seguramente escucharán mi risa en el fondo, maquiavélica, un poco desquiciada, y tal vez hasta insana, pero seguramente no psicótica ni característica de alguien cerrado de mente.
Ya saben.
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jueves, 22 de marzo de 2012
Recuerdos del Pasado: La Belga
Hace unos días pasé por Valencia. Tuve la suerte de ser invitado por un profesor para discutir con él por un par de días, y aproveché la ocasión para quedarme ahí y pasar otras Fallas.
El viaje motivó el retorno de muchos recuerdos. Recuerdos buenos y malos, por supuesto. Y como soy incorregible, hoy quiero contarles de algunos malos recuerdos.
Ya les conté hace un buen tiempo de la Belga CH. En esa época, pasaron mil y un cosas en ese piso, pero no quise reproducirlas todas por el blog, ya que no quería transformarlo en un tributo a esa nefasta persona. Habiendo pasado casi tres años desde la última vez que vi a la Belga, y habiendo superado ya gran parte de los traumas generados, he decidido contarles un poco más de lo ocurrido con este personaje.
Es difícil elegir por dónde comenzar, considerando las miles de facetas que tenía esta chica. Así que aquí van unas cuantas historias, sin ningún orden.
Un problema serio que tuvimos ocurrió en plenas Fallas. Recuerdo que regresé a casa alrededor de medianoche. Al entrar a mi habitación, escuché que la Belga me llamaba de la suya. Aparentemente, necesitaba mi ayuda.
Dentro de su genialidad, la Belga había decidido meterle password a su Windows. Su grave error fue olvidarlo. Así que me preguntó si yo podía hacer algo para ayudarla.
Pues nada, ustedes saben que yo como hacker me muero de hambre. No obstante, algo sé sobre discos de recuperación, así que pensé que sería posible resetear su password de Windows usando algún disco bajado de internet. Ahora, al no estar seguro de los resultados de semejante operación, lo ideal sería hacer un backup de sus datos.
Me bajé un ISO mientras copiaba los datos de la Belga en mi pen-drive. La Belga, asimismo, se robó un CD de la Mari para quemar el disco de recuperación. El proceso duró mucho tiempo, y la Belga se quedó semi-dormida mientras esperábamos a que todo terminara. El backup fue terminado después de la 1:00 am.
Al terminar el backup, tomé el pen-drive y le dije a la Belga que iba a quemar el CD de recuperación. Tomé su laptop, y fui a mi habitación, donde estaba la mía. Fue en eso, que me di cuenta que sentía una presencia oscura y tenebrosa a mis espaldas.
Al darme la vuelta, vi a la Belga ahí. Me preguntó dónde estaba el pen-drive. Lo señalé, y regresé al proceso de quemar el CD. Dos minutos después, me volví a dar la vuelta, y noté que el pen-drive ya no estaba.
- ¿Dónde está el pen-drive?
- Lo tengo yo.
- ¿Me lo das?
- No.
- Es mi pen-drive.
- Son mis datos.
Genial. La estaba ayudando a la 1:00 de la madrugada, y pensaba que me iba a robar sus datos. Evidentemente me molesté, pero no le dije nada. Terminé el proceso, le reseteé el password, y le devolví la laptop.
- ¡Gracias!
- ¿Me das mi pen-drive?
- ¡No! ¡Mis datos siguen ahí! ¡Los borraré, y luego te lo devuelvo!
Por supuesto, me molesté aún más.
- ¿Qué puedo hacer para agradecerte?
- ¡Podrías darme mi condenado pen-drive de vuelta!!!!!
Y no, no me sugieran que debería haberle pedido otra cosa como agradecimiento. Esa es una terrible idea.
Vamos a contarles otra cosa. Este que viene es un clásico, media Valencia conoce el cuento. Ocurrió una noche, mientras yo lavaba los platos luego de cenar. En eso, la Belga se materializó a mi lado.
Le sonreí.
Me sonrió.
Yo terminé de enjabonar un plato, así que dejé la esponja al lado.
La Belga miró la esponja.
Me miró.
Miró la esponja nuevamente.
Y yo empecé a preocuparme.
La Belga, rápidamente, cogió la esponja.
Me miró.
Miró la esponja.
Me miró, nuevamente.
Levantó la esponja, sin dejar de mirarme.
Suavemente, la Belga apretó la esponja, de forma que espuma empezó a chorrear por su brazo.
Yo empecé a pensar en películas de Roman Polanski.
La Belga, tranquilamente, dejó la esponja.
Miró su brazo, cubierto de espuma.
Me miró.
Miró su brazo.
Me miró nuevamente.
Dijo "Me gustaría un baño caliente."
Yo empecé a buscar la cámara escondida.
Pues estaba claro. Yo debía hacer algo. Era mi deber encarar semejante oferta de la forma apropiada.
La miré.
Me miró.
Le dije "¿Por qué me haces esto?"
La Belga empezó a reír, y se fue corriendo de la cocina, con el brazo aún enjabonado.
Sí. Estaba loca. Pa' meterla en un manicomio, señores.
Pues nada, vamos a terminar el post con unas anécdotas de la época conflictiva. Las cosas en algún momento se fueron al demonio. Una vez tuvimos una pelea bastante fuerte, y nos dejamos de hablar por una semana, o algo así. Cuando quisimos arreglar las cosas, su defensa fue:
- ¡Es tu culpa! ¡Tú vas a misa, eres católico, es culpa tuya porque no me has perdonado!
Sí, así como lo oyen. Para esto, la Belga tenía un trauma con la iglesia. Alguna vez me siguió a misa, y empezó a pensar que yo le estaba diciendo al cura cosas de ella. Este afortunado pensamiento aparentemente estaba basado en la forma en que el cura la observaba. Si me preguntan, el cura la habrá estado mirando ya que se preguntaba qué hacía un demonio yendo a misa...
Anyway, luego de su exclamación en nuestra discusión, empezó a burlarse del hecho que yo fuera a la iglesia y tal, cuando la razón inicial de la discusión era otra. Y ahí me molesté, creo que en estos seis años fuera nunca me he molestado tanto con alguien. Me levanté y le grité. La Mari y Guilherme, que andaban por ahí, se quedaron petrificados. La Belga se encogió en el sofá.
Lamentablemente, eso no sirvió de mucho. La Belga me dejó de hablar, al 100%. Por dos meses. Y cuando me empezó hablar, fue una semana antes de la entrega de un trabajo suyo. Me pidió que le corrigiera su traducción al castellano, y bueno, al yo negarme por estar cansado (vamos, era medianoche y yo acababa de volver del kendo), me dejó de hablar por otro mes.
Un demonio, efectivamente.
De vez en cuando me pregunto qué será de su vida. Pero luego recuerdo todo esto, y aún más cosas que no cuento por el bien de ustedes, y llego a la conclusión que es mejor no saberlo. Hay cosas que hay que dejarlas estar, y punto.
El viaje motivó el retorno de muchos recuerdos. Recuerdos buenos y malos, por supuesto. Y como soy incorregible, hoy quiero contarles de algunos malos recuerdos.
Ya les conté hace un buen tiempo de la Belga CH. En esa época, pasaron mil y un cosas en ese piso, pero no quise reproducirlas todas por el blog, ya que no quería transformarlo en un tributo a esa nefasta persona. Habiendo pasado casi tres años desde la última vez que vi a la Belga, y habiendo superado ya gran parte de los traumas generados, he decidido contarles un poco más de lo ocurrido con este personaje.
Es difícil elegir por dónde comenzar, considerando las miles de facetas que tenía esta chica. Así que aquí van unas cuantas historias, sin ningún orden.
Un problema serio que tuvimos ocurrió en plenas Fallas. Recuerdo que regresé a casa alrededor de medianoche. Al entrar a mi habitación, escuché que la Belga me llamaba de la suya. Aparentemente, necesitaba mi ayuda.
Dentro de su genialidad, la Belga había decidido meterle password a su Windows. Su grave error fue olvidarlo. Así que me preguntó si yo podía hacer algo para ayudarla.
Pues nada, ustedes saben que yo como hacker me muero de hambre. No obstante, algo sé sobre discos de recuperación, así que pensé que sería posible resetear su password de Windows usando algún disco bajado de internet. Ahora, al no estar seguro de los resultados de semejante operación, lo ideal sería hacer un backup de sus datos.
Me bajé un ISO mientras copiaba los datos de la Belga en mi pen-drive. La Belga, asimismo, se robó un CD de la Mari para quemar el disco de recuperación. El proceso duró mucho tiempo, y la Belga se quedó semi-dormida mientras esperábamos a que todo terminara. El backup fue terminado después de la 1:00 am.
Al terminar el backup, tomé el pen-drive y le dije a la Belga que iba a quemar el CD de recuperación. Tomé su laptop, y fui a mi habitación, donde estaba la mía. Fue en eso, que me di cuenta que sentía una presencia oscura y tenebrosa a mis espaldas.
Al darme la vuelta, vi a la Belga ahí. Me preguntó dónde estaba el pen-drive. Lo señalé, y regresé al proceso de quemar el CD. Dos minutos después, me volví a dar la vuelta, y noté que el pen-drive ya no estaba.
- ¿Dónde está el pen-drive?
- Lo tengo yo.
- ¿Me lo das?
- No.
- Es mi pen-drive.
- Son mis datos.
Genial. La estaba ayudando a la 1:00 de la madrugada, y pensaba que me iba a robar sus datos. Evidentemente me molesté, pero no le dije nada. Terminé el proceso, le reseteé el password, y le devolví la laptop.
- ¡Gracias!
- ¿Me das mi pen-drive?
- ¡No! ¡Mis datos siguen ahí! ¡Los borraré, y luego te lo devuelvo!
Por supuesto, me molesté aún más.
- ¿Qué puedo hacer para agradecerte?
- ¡Podrías darme mi condenado pen-drive de vuelta!!!!!
Y no, no me sugieran que debería haberle pedido otra cosa como agradecimiento. Esa es una terrible idea.
Vamos a contarles otra cosa. Este que viene es un clásico, media Valencia conoce el cuento. Ocurrió una noche, mientras yo lavaba los platos luego de cenar. En eso, la Belga se materializó a mi lado.
Le sonreí.
Me sonrió.
Yo terminé de enjabonar un plato, así que dejé la esponja al lado.
La Belga miró la esponja.
Me miró.
Miró la esponja nuevamente.
Y yo empecé a preocuparme.
La Belga, rápidamente, cogió la esponja.
Me miró.
Miró la esponja.
Me miró, nuevamente.
Levantó la esponja, sin dejar de mirarme.
Suavemente, la Belga apretó la esponja, de forma que espuma empezó a chorrear por su brazo.
Yo empecé a pensar en películas de Roman Polanski.
La Belga, tranquilamente, dejó la esponja.
Miró su brazo, cubierto de espuma.
Me miró.
Miró su brazo.
Me miró nuevamente.
Dijo "Me gustaría un baño caliente."
Yo empecé a buscar la cámara escondida.
Pues estaba claro. Yo debía hacer algo. Era mi deber encarar semejante oferta de la forma apropiada.
La miré.
Me miró.
Le dije "¿Por qué me haces esto?"
La Belga empezó a reír, y se fue corriendo de la cocina, con el brazo aún enjabonado.
Sí. Estaba loca. Pa' meterla en un manicomio, señores.
Pues nada, vamos a terminar el post con unas anécdotas de la época conflictiva. Las cosas en algún momento se fueron al demonio. Una vez tuvimos una pelea bastante fuerte, y nos dejamos de hablar por una semana, o algo así. Cuando quisimos arreglar las cosas, su defensa fue:
- ¡Es tu culpa! ¡Tú vas a misa, eres católico, es culpa tuya porque no me has perdonado!
Sí, así como lo oyen. Para esto, la Belga tenía un trauma con la iglesia. Alguna vez me siguió a misa, y empezó a pensar que yo le estaba diciendo al cura cosas de ella. Este afortunado pensamiento aparentemente estaba basado en la forma en que el cura la observaba. Si me preguntan, el cura la habrá estado mirando ya que se preguntaba qué hacía un demonio yendo a misa...
Anyway, luego de su exclamación en nuestra discusión, empezó a burlarse del hecho que yo fuera a la iglesia y tal, cuando la razón inicial de la discusión era otra. Y ahí me molesté, creo que en estos seis años fuera nunca me he molestado tanto con alguien. Me levanté y le grité. La Mari y Guilherme, que andaban por ahí, se quedaron petrificados. La Belga se encogió en el sofá.
Lamentablemente, eso no sirvió de mucho. La Belga me dejó de hablar, al 100%. Por dos meses. Y cuando me empezó hablar, fue una semana antes de la entrega de un trabajo suyo. Me pidió que le corrigiera su traducción al castellano, y bueno, al yo negarme por estar cansado (vamos, era medianoche y yo acababa de volver del kendo), me dejó de hablar por otro mes.
Un demonio, efectivamente.
De vez en cuando me pregunto qué será de su vida. Pero luego recuerdo todo esto, y aún más cosas que no cuento por el bien de ustedes, y llego a la conclusión que es mejor no saberlo. Hay cosas que hay que dejarlas estar, y punto.
jueves, 29 de septiembre de 2011
El Transporte Público, Parte I
En estos días, luego de la noticia de los neutrinos superveloces, supongo que se pondrá de moda hablar del movimiento. Así que nada, me uno a la moda.
Mi intención inicial era hablar pestes del transporte público en Roma. Ahora, luego de pensarlo un rato, me di cuenta que esto sería un poco descarado de mi parte, considerando que el transporte en Lima da más pena que un submarino a remos. Contextualicemos, entonces, a la gente que no conoce las combis... y luego habrá que darle duro al transporte público de Roma en otro post. Así que, miren miren, este será un post no sobre mis desgracias en Europa, sino de las desgracias de miles de peruanos que tienen que moverse diariamente en las temidas combis. Pero no nos adelantemos, que este post, oh cielos, tiene estructura.
Introducción
El símbolo del transporte público en Lima es la combi. Esta palabra, según Wikipedia, viene de Kombinationfahrzeug (Schickimicki Deutschland!!!), y se refiere al típico Volkswagen hippie para 10 personas que aparece en las películas. Pues nada, en Lima no son hippies, y los usamos pa' el transporte público. Ah, y no metemos a 10 pasajeros, metemos a 25. Sin incluir el chofer y el cobrador.
Ya con eso empezamos mal. Por supuesto, existen otros tipos de buses, está el coaster (pronunciado cúster, como los jeans) y el ómnibus grande de 100 pasajeros (donde evidentemente meten una cantidad de gente cercana a un orden de magnitud superior).
Okey, ya mencionamos a los protagonistas. La combi, el coaster, el ómnibus, el chofer, el cobrador y los pasajeros. Establezcamos entonces el escenario.
El transporte público en Lima me parece un ejemplo de aquello que algunos llaman "libre mercado." Básicamente, si tienes suficientemente plata, te compras tus cinco docenas de combis y empiezas tu propia compañía de transporte. Esto no sería un problema si el transporte público estuviera bien regulado, pero como no lo está, pues básicamente reina el caos (como la economía, dai). Existen más de 500 rutas dentro de la ciudad, en unos vehículos en pésimo estado que por lo general no respetan casi ninguna regla.
Escenario establecido. Que empiece la función. Podemos describir el típico viaje en combi siguiendo los siguientes pasos:
1. La Ubicación del Pasajero:
Evidentemente, antes de viajar en una combi, uno tiene que subir a ella. Ahora, tomando en cuenta que no existen realmente paraderos para la combi, ubicarse en un sitio apropiado es de extrema importancia.
Al no existir paraderos, un sitio apropiado (para la combi) es básicamente aquel en donde uno sea visible. Porque la combi es tan, pero tan amable, que se detendrá donde sea para recoger a algún pasajero.
Para el resto del mundo, un sitio apropiado es aquel donde una combi detenida, recogiendo pasajeros, no te arruine el día. Por lo cual, el pasajero ultra-considerado buscará subirse a las combis solamente en intersecciones con semáforos, y sólo cuando el semáforo está en rojo (pero eso jamás lo he visto). Un pasajero moderadamente considerado se subirá a la combi en cualquier "esquina posterior," es decir, la esquina al final de la cuadra, aquella donde la combi no bloquee ninguna calle. Los pasajeros inconscientemente desconsiderados se subirán a la combi en la "esquina anterior," aquella donde una combi detenida bloquea el tránsito en la calle perpendicular. Y los pasajeros que odio son los que se suben en cualquier sitio, ya sea esquina, mitad de la cuadra, mitad de la calle, rotonda o copa de un árbol. Y los hay, muchos.
2. Identificación de la Combi:
Ya les dije que no existen paraderos. Entonces, ¿cómo hace uno para saber qué combi pasa por qué calle? Pues se usa la experiencia, y la buena memoria. No obstante, existen otros métodos para averiguar si la combi llevará a uno a donde quiere.
El primer método es leer a la combi. Literalmente. La combi, en su benevolencia, sabe que es difícil que uno se entere por dónde pasará. Para simplificar la vida de los pasajeros, tiene las rutas principales tatuadas en sus lados, y a veces algún sticker en el parabrisas (alguna vez fueron 80 stickers, hasta que se prohibieron por obstaculizar la visión del chofer).
No obstante, el método más común es escuchar al cobrador. Efectivamente, entre sus muchos trabajos, el cobrador debe anunciar la ruta a seguir. Por lo general, para hacerlo, saca la mitad del cuerpo fuera de alguna ventana del vehículo, y grita. No, no, en serio, está ahí, medio colgado, anunciando la ruta, buscando pasajeros y evitando árboles. Es entonces que surge la típica frase del cobrador, llena de profundidad filosófica y sentido poético: "Habla, ¿vas?"
3. Subirse a la Combi:
Momento de gran peligro para el pasajero. Aquí empiezan las grandes preguntas de la vida: ¿se detendrá la combi? ¿O tendré que subirme a la volada? ¿Y si me caigo? ¿Y si me rompo la cabeza? ¿Qué pasa si termino en el hospital? ¿Quién cuidará de mi gato, Michifús? ¿Por qué no tomé ese seguro de vida? ¿Hasta cuándo durarían mis ahorros? Pero... ¿a dónde es que iba?
Se preguntarán entonces, ¿por qué no se detendría la benevolente combi? La explicación es sencilla. Un detalle de tener varias compañías de transporte no reguladas es que a veces (léase casi siempre) las rutas coinciden en los tramos centrales, por lo cual empiezan las "carreritas." Esto significa que es típico ver dos combis furiosas yendo a toda velocidad por la calle, frenando sutilmente para darle al pasajero suficiente tiempo para subir. Lo más frustrante es cuando estas carreritas ocurren entre dos combis de la misma empresa...
Y claro, no todo es frustración, también está el miedo. Digan lo que digan, ver a dos omnibuses gigantes, con 300 personas cada uno, compitiendo a 95 km/h da mucho, mucho miedo. Es ahí cuando uno realmente se da cuente de la diferencia entre velocidad y momentum.
4. Acomodarse.
Aparecen acá las otras grandes frases del cobrador. "¡Señorita, acomódese!" O también "Ya pes causita, al fondo hay sitio."
¿Qué significan estas maravillas del idioma de Cervantes? Básicamente, lo que se le pide (amablemente) al pasajero, es que se estruje entre los pasajeros existentes, de forma que en un espacio para dos entren tres. O cuatro, si no son gordos.
Por supuesto, esto siempre y cuando haya dónde sentarse. En el caso contrario, a olerle el sobaco al pasajero más cercano. Caballero. Hay que acomodarse.
5. Culturizarse.
Un viaje en combi no es sólo un modo de transportarse. Un viaje en combi es una experiencia trascendental, una aventura que proporciona cierto tipo de conocimiento no estándar.
Uno aprende tantas cosas en la combi. Para empezar, la jerga, que ya hemos descrito.
La segunda cosa que uno aprende es sobre los nuevos hits musicales. Por supuesto, los hits tienen que ser de Radiomar Plus (¡categóricamente superior, ay que rico!). Pero vamos, ¿de qué otra forma podría conocer uno canciones tan geniales como El Gato Volador???
La tercera cosa que uno aprende en la combi, especialmente cuando va parado, es que acá todo es chévere, la música, el chofer y el cobrador. O que Jesús es mi copiloto. O que mi educación depende de usted. O de las miles de cosas que dicen los stickers pegados a las paredes interiores de la combi. Yo les dije, es una experiencia trascendental.
La cuarta cosa que uno generalmente llega a aprender es cómo evitar robos. Aunque de eso ya les he hablado alguna vez.
La quinta cosa que uno puede aprender, si se esfuerza y se tiene habilidades lógico-deductivas mejores que las de Sherlock Holmes, es el idioma de los dateros. Los dateros son personas que no se suben nunca a la combi (saben bien en lo que se estarían metiendo), pero que desde fuera, en las esquinas, brindan datos de otras combis al cobrador. Sí, son espías. Y como buenos espías, hablan en código: "vas con siete, pero va sopa." Ustedes averigüen qué significa, yo nunca lo logré.
6. Pagar y bajarse.
Por lo general, cada 15 minutos el cobrador se dará cuenta que, debido a haber estado llamando pasajeros, abriendo-cerrando la puerta, esquivando árboles o haciendo estadísticas con los dateros, se ha olvidado su trabajo fundamental: cobrar.
Al darse cuenta, hará su llamado: "¡Pasajespasajes!" Este acto será generalmente seguido por el cobrador tomando unas cinco, diez monedas en la mano, agitándolas de forma que hagan ruido. Llego el momento de luchar con el cobrador, de forma que cobre un sol en vez de un sol con veinte centésimos. A mi, con mi pinta de gringo, esta batalla siempre terminó en el fracaso.
Luego de esto, uno ya puede bajarse de la combi. El primer paso para ello es avisarle al cobrador, cosa que no es fácil si uno toma en cuenta que este se la pasa con la mitad del cuerpo fuera del vehículo.
Una vez que se obtiene la atención del cobrador, se le indica dónde se desea bajar. Lo ideal es algo fácil, tipo: "Esquina." Otro método es decir "Cruce con Angamos," por ejemplo, que indicaría que uno se baja en el momento que la combi esté por cruzar la avenida Angamos (vamos, no tiene que ser la Angamos, puede ser la Arequipa, pero sólo si se han portado bien). También existen los paraderos reconocibles: "Bajo en pollería," "teléfono baja," "esquina izquierda," "puente," etc etc etc.
El cobrador entonces procederá a comunicar este deseo al chofer. Por supuesto, el chofer está conduciendo, así que no se le puede molestar. Solamente el cobrador está autorizado de perturbar ese estado de ánimo, cuasi en nirvana, típico de un Guild Navigator. Este es un proceso delicado, que básicamente se reduce al cobrador gritándole al chofer lo mismo que uno le ha gritado al cobrador. Pero por alguna razón, al cobrador el chofer sí le escucha. Magia, según yo.
Finalmente, hay que bajarse. Por supuesto, esto puede no ser trivial, todo depende si la combi decide detenerse o no. En caso de no detenerse, el cobrador lo indicará con un "¡Pie derecho!" ¿No entienden? Confíen en mi, si alguna vez saltan del lado derecho de un vehículo en movimiento, y no quieren rodar en el piso, lo mejor es aterrizar primero con el pie derecho. Inténtenlo, es divertido (pero no se olviden del seguro de vida).
Epílogo:
Podría seguir con esto por horas, pero vamos, no hay razón para seguir torturándolos con estas historias, muchos de ustedes las conocen por experiencia propia.
Ahora, por alguna razón, aquella persona que haya usado las combis por un tiempo prolongado y no haya tenido un accidente, les termina teniendo cierto cariño. No sé por qué, tal vez sea una cosa masoquista que uno desarrolla. Tal vez sea otra cosa... pero la jerga se queda. Los stickers también. Los moretones... por suerte esos no.
Ahora, si es que el tranporte en Lima tiene alguna ventaja, es que dentro del caos y del tráfico, termina funcionando. Vamos, de las 500 rutas, ¡alguna te tiene que llevar a tu destino! Y si perdiste un bus, no tienes que esperar 20 minutos a que pase el próximo. Seguro que en 20 segundos pasa uno de otra empresa, empiezan las carreritas, y llegas más rápido a tu destino. Si no mueres en el camino, claro.
Mi intención inicial era hablar pestes del transporte público en Roma. Ahora, luego de pensarlo un rato, me di cuenta que esto sería un poco descarado de mi parte, considerando que el transporte en Lima da más pena que un submarino a remos. Contextualicemos, entonces, a la gente que no conoce las combis... y luego habrá que darle duro al transporte público de Roma en otro post. Así que, miren miren, este será un post no sobre mis desgracias en Europa, sino de las desgracias de miles de peruanos que tienen que moverse diariamente en las temidas combis. Pero no nos adelantemos, que este post, oh cielos, tiene estructura.
Introducción
El símbolo del transporte público en Lima es la combi. Esta palabra, según Wikipedia, viene de Kombinationfahrzeug (Schickimicki Deutschland!!!), y se refiere al típico Volkswagen hippie para 10 personas que aparece en las películas. Pues nada, en Lima no son hippies, y los usamos pa' el transporte público. Ah, y no metemos a 10 pasajeros, metemos a 25. Sin incluir el chofer y el cobrador.
Ya con eso empezamos mal. Por supuesto, existen otros tipos de buses, está el coaster (pronunciado cúster, como los jeans) y el ómnibus grande de 100 pasajeros (donde evidentemente meten una cantidad de gente cercana a un orden de magnitud superior).
Okey, ya mencionamos a los protagonistas. La combi, el coaster, el ómnibus, el chofer, el cobrador y los pasajeros. Establezcamos entonces el escenario.
El transporte público en Lima me parece un ejemplo de aquello que algunos llaman "libre mercado." Básicamente, si tienes suficientemente plata, te compras tus cinco docenas de combis y empiezas tu propia compañía de transporte. Esto no sería un problema si el transporte público estuviera bien regulado, pero como no lo está, pues básicamente reina el caos (como la economía, dai). Existen más de 500 rutas dentro de la ciudad, en unos vehículos en pésimo estado que por lo general no respetan casi ninguna regla.
Escenario establecido. Que empiece la función. Podemos describir el típico viaje en combi siguiendo los siguientes pasos:
1. La Ubicación del Pasajero:
Evidentemente, antes de viajar en una combi, uno tiene que subir a ella. Ahora, tomando en cuenta que no existen realmente paraderos para la combi, ubicarse en un sitio apropiado es de extrema importancia.
Al no existir paraderos, un sitio apropiado (para la combi) es básicamente aquel en donde uno sea visible. Porque la combi es tan, pero tan amable, que se detendrá donde sea para recoger a algún pasajero.
Para el resto del mundo, un sitio apropiado es aquel donde una combi detenida, recogiendo pasajeros, no te arruine el día. Por lo cual, el pasajero ultra-considerado buscará subirse a las combis solamente en intersecciones con semáforos, y sólo cuando el semáforo está en rojo (pero eso jamás lo he visto). Un pasajero moderadamente considerado se subirá a la combi en cualquier "esquina posterior," es decir, la esquina al final de la cuadra, aquella donde la combi no bloquee ninguna calle. Los pasajeros inconscientemente desconsiderados se subirán a la combi en la "esquina anterior," aquella donde una combi detenida bloquea el tránsito en la calle perpendicular. Y los pasajeros que odio son los que se suben en cualquier sitio, ya sea esquina, mitad de la cuadra, mitad de la calle, rotonda o copa de un árbol. Y los hay, muchos.
2. Identificación de la Combi:
Ya les dije que no existen paraderos. Entonces, ¿cómo hace uno para saber qué combi pasa por qué calle? Pues se usa la experiencia, y la buena memoria. No obstante, existen otros métodos para averiguar si la combi llevará a uno a donde quiere.
El primer método es leer a la combi. Literalmente. La combi, en su benevolencia, sabe que es difícil que uno se entere por dónde pasará. Para simplificar la vida de los pasajeros, tiene las rutas principales tatuadas en sus lados, y a veces algún sticker en el parabrisas (alguna vez fueron 80 stickers, hasta que se prohibieron por obstaculizar la visión del chofer).
No obstante, el método más común es escuchar al cobrador. Efectivamente, entre sus muchos trabajos, el cobrador debe anunciar la ruta a seguir. Por lo general, para hacerlo, saca la mitad del cuerpo fuera de alguna ventana del vehículo, y grita. No, no, en serio, está ahí, medio colgado, anunciando la ruta, buscando pasajeros y evitando árboles. Es entonces que surge la típica frase del cobrador, llena de profundidad filosófica y sentido poético: "Habla, ¿vas?"3. Subirse a la Combi:
Momento de gran peligro para el pasajero. Aquí empiezan las grandes preguntas de la vida: ¿se detendrá la combi? ¿O tendré que subirme a la volada? ¿Y si me caigo? ¿Y si me rompo la cabeza? ¿Qué pasa si termino en el hospital? ¿Quién cuidará de mi gato, Michifús? ¿Por qué no tomé ese seguro de vida? ¿Hasta cuándo durarían mis ahorros? Pero... ¿a dónde es que iba?
Se preguntarán entonces, ¿por qué no se detendría la benevolente combi? La explicación es sencilla. Un detalle de tener varias compañías de transporte no reguladas es que a veces (léase casi siempre) las rutas coinciden en los tramos centrales, por lo cual empiezan las "carreritas." Esto significa que es típico ver dos combis furiosas yendo a toda velocidad por la calle, frenando sutilmente para darle al pasajero suficiente tiempo para subir. Lo más frustrante es cuando estas carreritas ocurren entre dos combis de la misma empresa...
Y claro, no todo es frustración, también está el miedo. Digan lo que digan, ver a dos omnibuses gigantes, con 300 personas cada uno, compitiendo a 95 km/h da mucho, mucho miedo. Es ahí cuando uno realmente se da cuente de la diferencia entre velocidad y momentum.
4. Acomodarse.
Aparecen acá las otras grandes frases del cobrador. "¡Señorita, acomódese!" O también "Ya pes causita, al fondo hay sitio."
¿Qué significan estas maravillas del idioma de Cervantes? Básicamente, lo que se le pide (amablemente) al pasajero, es que se estruje entre los pasajeros existentes, de forma que en un espacio para dos entren tres. O cuatro, si no son gordos.
Por supuesto, esto siempre y cuando haya dónde sentarse. En el caso contrario, a olerle el sobaco al pasajero más cercano. Caballero. Hay que acomodarse.
5. Culturizarse.
Un viaje en combi no es sólo un modo de transportarse. Un viaje en combi es una experiencia trascendental, una aventura que proporciona cierto tipo de conocimiento no estándar.
Uno aprende tantas cosas en la combi. Para empezar, la jerga, que ya hemos descrito.
La segunda cosa que uno aprende es sobre los nuevos hits musicales. Por supuesto, los hits tienen que ser de Radiomar Plus (¡categóricamente superior, ay que rico!). Pero vamos, ¿de qué otra forma podría conocer uno canciones tan geniales como El Gato Volador???
La tercera cosa que uno aprende en la combi, especialmente cuando va parado, es que acá todo es chévere, la música, el chofer y el cobrador. O que Jesús es mi copiloto. O que mi educación depende de usted. O de las miles de cosas que dicen los stickers pegados a las paredes interiores de la combi. Yo les dije, es una experiencia trascendental.La cuarta cosa que uno generalmente llega a aprender es cómo evitar robos. Aunque de eso ya les he hablado alguna vez.
La quinta cosa que uno puede aprender, si se esfuerza y se tiene habilidades lógico-deductivas mejores que las de Sherlock Holmes, es el idioma de los dateros. Los dateros son personas que no se suben nunca a la combi (saben bien en lo que se estarían metiendo), pero que desde fuera, en las esquinas, brindan datos de otras combis al cobrador. Sí, son espías. Y como buenos espías, hablan en código: "vas con siete, pero va sopa." Ustedes averigüen qué significa, yo nunca lo logré.
6. Pagar y bajarse.
Por lo general, cada 15 minutos el cobrador se dará cuenta que, debido a haber estado llamando pasajeros, abriendo-cerrando la puerta, esquivando árboles o haciendo estadísticas con los dateros, se ha olvidado su trabajo fundamental: cobrar.
Al darse cuenta, hará su llamado: "¡Pasajespasajes!" Este acto será generalmente seguido por el cobrador tomando unas cinco, diez monedas en la mano, agitándolas de forma que hagan ruido. Llego el momento de luchar con el cobrador, de forma que cobre un sol en vez de un sol con veinte centésimos. A mi, con mi pinta de gringo, esta batalla siempre terminó en el fracaso.Luego de esto, uno ya puede bajarse de la combi. El primer paso para ello es avisarle al cobrador, cosa que no es fácil si uno toma en cuenta que este se la pasa con la mitad del cuerpo fuera del vehículo.
Una vez que se obtiene la atención del cobrador, se le indica dónde se desea bajar. Lo ideal es algo fácil, tipo: "Esquina." Otro método es decir "Cruce con Angamos," por ejemplo, que indicaría que uno se baja en el momento que la combi esté por cruzar la avenida Angamos (vamos, no tiene que ser la Angamos, puede ser la Arequipa, pero sólo si se han portado bien). También existen los paraderos reconocibles: "Bajo en pollería," "teléfono baja," "esquina izquierda," "puente," etc etc etc.
El cobrador entonces procederá a comunicar este deseo al chofer. Por supuesto, el chofer está conduciendo, así que no se le puede molestar. Solamente el cobrador está autorizado de perturbar ese estado de ánimo, cuasi en nirvana, típico de un Guild Navigator. Este es un proceso delicado, que básicamente se reduce al cobrador gritándole al chofer lo mismo que uno le ha gritado al cobrador. Pero por alguna razón, al cobrador el chofer sí le escucha. Magia, según yo.
Finalmente, hay que bajarse. Por supuesto, esto puede no ser trivial, todo depende si la combi decide detenerse o no. En caso de no detenerse, el cobrador lo indicará con un "¡Pie derecho!" ¿No entienden? Confíen en mi, si alguna vez saltan del lado derecho de un vehículo en movimiento, y no quieren rodar en el piso, lo mejor es aterrizar primero con el pie derecho. Inténtenlo, es divertido (pero no se olviden del seguro de vida).
Epílogo:
Podría seguir con esto por horas, pero vamos, no hay razón para seguir torturándolos con estas historias, muchos de ustedes las conocen por experiencia propia.
Ahora, por alguna razón, aquella persona que haya usado las combis por un tiempo prolongado y no haya tenido un accidente, les termina teniendo cierto cariño. No sé por qué, tal vez sea una cosa masoquista que uno desarrolla. Tal vez sea otra cosa... pero la jerga se queda. Los stickers también. Los moretones... por suerte esos no.
Ahora, si es que el tranporte en Lima tiene alguna ventaja, es que dentro del caos y del tráfico, termina funcionando. Vamos, de las 500 rutas, ¡alguna te tiene que llevar a tu destino! Y si perdiste un bus, no tienes que esperar 20 minutos a que pase el próximo. Seguro que en 20 segundos pasa uno de otra empresa, empiezan las carreritas, y llegas más rápido a tu destino. Si no mueres en el camino, claro.
domingo, 6 de febrero de 2011
Recuerdos del Pasado: Los Intentos de Robo, Parte 2
Bueno gente, como se los prometí anteriormente, completaré la lista de intentos de robo. Lamentablemente, no he podido recordarlos todos, no sé si será la edad o qué...
Anyway, en vez de contarles diez nuevos intentos de robo, les cuento seis. Para esto, al intentar completar la lista, me di cuenta que en la lista anterior no he seguido un orden estrictamente cronológico, así que ahora ni lo intentaré. Ahí vamos.
11. El CAPU
Como bien su nombre los indica, la PUCP es una universidad Católica. Por ende, no extraña que dentro de ella exista un Centro de Asesoría Pastoral Universitaria, conocido popularmente como CAPU (aunque creo que, en mi época, más populares eran sus jardines...)
Este robo ocurrió en aquellas épocas en que estaba saliendo con Carla. Hubo un momento dentro de esos dos años que ella decidió confirmarse, por lo cual estuvo frecuentando el CAPU bastante. Yo, intentando ser un buen novio, la acompañé en una que otra actividad... o por lo menos la iba a recoger de vez en cuando, cuando terminaba... o algo así.
Anyway, no recuerdo qué pasó exactamente. Luego de una de sus reuniones, nos juntamos con la gente que estaba haciendo la confirmación con ella, y caminamos a la avenida La Mar... teníamos que tomar un bus para ir a ya no me acuerdo dónde... Yo, como siempre, tenía mi mochila, y en esas épocas no llevaba absolutamente todo en mis bolsillos (como lo hago ahora). Whatever, nos subimos al bus, y en el momento de pagar descubrí que ya no tenía billetera. Alguien me había abierto la mochila, y se la había llevado.
Algo que creo que nunca le dije a Carla fue que el único momento en que dejé la mochila sola fue... en el CAPU. Y que probablemente podría haber sido algún compañero de confirmación quién me la robó. Ahora, vamos, también podría justo haber dejado el bolsillo de la mochila abierto, y se podría haber caído o algo. Pero fue raro.
Así que nada, billetera nueva, y ojos abiertos durante la confirmación.
12. La Lata de Sardinas
Les he contado ya los (por lo menos) tres intentos de robo que he tenido en la combi. Acá va uno más.
Camino a la PUCP (para variar), tomé una combi de la avenida La Marina hasta la puerta de la universidad. Había un huevo de gente, realmente estábamos todos apretadísimos. En el momento de llegar a la puerta de la universidad, le avisé al cobrador que me bajaba, pero no podía moverme por la cantidad de gente.
Resulta que había un tipo detrás mío que como que intentaba aplastarme contra la pared de la combi. Le pedí que se moviera, y me dijo que trataba pero no podía. Yo, que no quería que la combi me llevara hasta la San Marcos, mandé todo al diablo, me giré y empecé a empujar.
Pues justo en el momento que me giré, otro tipo giró conmigo a toda velocidad. Me pareció rarísimo, pero al bajar de la combi entendí: tenía su mano metida en mi mochila, y al yo girar lo había obligado a dar un giro ultra veloz. Y el otro tipo, que me aplastaba contra la pared, se aseguraba de mantener la mochila estable pa que no me diera cuenta.
Fue entonces que aprendí a nunca llevar la mochila en la espalda en ninguna combi, bus o metro, regla de oro que mantengo hasta el día de hoy.
13. La Sirenita
Esta es medio psicodélica.
Andaba con Carla en el malecón de la Costa Verde, creo que íbamos a ver el sunset o algo. Estábamos cerca al puente Villena (no, no estábamos en el Parque del Amor, sino al otro lado...). Anyway, en esa época no había nada que separara a los transeúntes inocentes del barranco de 70 metros que llevaba, además de a una muerte segura, a la playa de la Costa Verde. Nosotros estábamos sentados en una banquita, cuando en eso se apareció un tipo.
El tipo se veía amable y cordial. Ofreció recitarnos una poesía (que no es lo mismo que un poema), y a pesar que le dijimos que no, empezó a hablar. Empezó a decir cosas de la belleza, del amor, y de la "sirena" que me acompañaba, y cómo podían darle ganas a uno de "lanzarla de nuevo al mar." Al decir esto último, miró el barranco de 70 metros.
Nosotros lo observamos y entendimos el mensaje. Le dí un sol.
Eso es un robo por donde se le mire, no me vengan.
14. El Camino al Aikido
Hubo una época en que se me dio por aprender Aikido. Fue espectacular, se lo recomiendo a todos, es una actividad recontra relajante, pero que ayuda a uno a aprender a defenderse. Genial.
Las clases eran en el Regatas, club mencionado en la primera lista. Yo no tenía carro, así que si quería ir al club, tenía que chapar mi bus (Etupsa 73) y luego caminar unos quince minutos por el malecón de Chorrillos para entrar por al Regatas por el puente.
Esa caminata siempre fue casi siempre segura. El problema más memorable ocurrió una vez, que al bajarme del bus vi un grupito de mocosos con pinta bastante malandra. Yo seguí mi camino cuando, después de cinco minutos caminando, escuché un silbato. Al darme la vuelta, ¿qué vi? Al mismo grupo de mocosos, a escasos metros detrás mío. Quién había silbado era el guachimán de una casa, que se había dado cuenta que los pirañitas estos tenían malas intenciones.
Al darme la vuelta, los mocosos del demonio simplemente siguieron su camino, y me dijeron que creían que el guachimán quería hablar conmigo. Of course. Me acerqué al guachimán, le agradecí que me hubiera avisado, y tomé un taxi.
Esto marcó el inicio de una época de estrés en esta caminata... época que terminó cuando en las clases nos empezaron a enseñar a usar un bokken. Me conseguí uno, y a partir de entonces nadie me volvió a molestar en el camino.
15. Cajamarca
Este intento ocurrió justo antes de salir de Perú, mientras viajaba a Cajamarca con Jessica. Viajamos en la empresa Línea, que estuvo bastante bien hasta el momento de entregar las maletas en Cajamarca. Era un caos, todo el mundo recontra apretado mientras esperábamos que aparecieran las maletas.
Hubo un momento en que sentí que alguien me empujó. Miré a la derecha: nada. A la izquierda: nada. Abajo: una ancianita diminuta. Me miró, me sonrió. Yo le devolví la sonrisa. No obstante, me di cuenta que mi billetera (que había aprendido a llevar siempre en mi bolsillo), estaba medio salida. Me aparté del grupo, y la metí dentro.
No obstante, sospeché de la ancianita. La empecé a observar y me di cuenta: era una ladrona. No sólo eso, estaba apoyada por quien parecía su esposo, un viejito que la miraba desde lejos, y que por alguna razón llevaba hierbas dentro de las orejas.
Recuerdo que tomé a Jessica, nos acercamos al viejito, y dije en voz alta: "Esa señora creo que es chora." El viejito inmediatamente salió disparado, le habló a la ancianita, y desaparecieron.
Hoy en día ya no se puede confiar en nadie, caray.
16. La Laptop.
Este robo, que sí fue robo, ocurrió en Valencia, y ya hablé de ello en este blog.
Si quieren recordarlo, lo pueden encontrar aquí.
Y aquí.
La tercera parte, aquí.
Seguida por la cuarta parte (donde lamentablemente ya no funciona la musiquita).
Y que culmina, por lo menos en este blog, acá.
La historia siguió por un rato más, pero lo que cuento marca el inicio del Terrible 2008-2009, periodo espantoso en mi vida que afortunadamente ya pasó y no se repetirá jamás.
Bueno gente, espero no haberlos aburrido con recuerdos. Este mes tengo viaje de trabajo a Alemania, y eso siempre deja algo que decir. Ustedes saben que adoro ese país. ¡Será hasta pronto!
Anyway, en vez de contarles diez nuevos intentos de robo, les cuento seis. Para esto, al intentar completar la lista, me di cuenta que en la lista anterior no he seguido un orden estrictamente cronológico, así que ahora ni lo intentaré. Ahí vamos.
11. El CAPU
Como bien su nombre los indica, la PUCP es una universidad Católica. Por ende, no extraña que dentro de ella exista un Centro de Asesoría Pastoral Universitaria, conocido popularmente como CAPU (aunque creo que, en mi época, más populares eran sus jardines...)
Este robo ocurrió en aquellas épocas en que estaba saliendo con Carla. Hubo un momento dentro de esos dos años que ella decidió confirmarse, por lo cual estuvo frecuentando el CAPU bastante. Yo, intentando ser un buen novio, la acompañé en una que otra actividad... o por lo menos la iba a recoger de vez en cuando, cuando terminaba... o algo así.
Anyway, no recuerdo qué pasó exactamente. Luego de una de sus reuniones, nos juntamos con la gente que estaba haciendo la confirmación con ella, y caminamos a la avenida La Mar... teníamos que tomar un bus para ir a ya no me acuerdo dónde... Yo, como siempre, tenía mi mochila, y en esas épocas no llevaba absolutamente todo en mis bolsillos (como lo hago ahora). Whatever, nos subimos al bus, y en el momento de pagar descubrí que ya no tenía billetera. Alguien me había abierto la mochila, y se la había llevado.
Algo que creo que nunca le dije a Carla fue que el único momento en que dejé la mochila sola fue... en el CAPU. Y que probablemente podría haber sido algún compañero de confirmación quién me la robó. Ahora, vamos, también podría justo haber dejado el bolsillo de la mochila abierto, y se podría haber caído o algo. Pero fue raro.
Así que nada, billetera nueva, y ojos abiertos durante la confirmación.
12. La Lata de Sardinas
Les he contado ya los (por lo menos) tres intentos de robo que he tenido en la combi. Acá va uno más.
Camino a la PUCP (para variar), tomé una combi de la avenida La Marina hasta la puerta de la universidad. Había un huevo de gente, realmente estábamos todos apretadísimos. En el momento de llegar a la puerta de la universidad, le avisé al cobrador que me bajaba, pero no podía moverme por la cantidad de gente.
Resulta que había un tipo detrás mío que como que intentaba aplastarme contra la pared de la combi. Le pedí que se moviera, y me dijo que trataba pero no podía. Yo, que no quería que la combi me llevara hasta la San Marcos, mandé todo al diablo, me giré y empecé a empujar.
Pues justo en el momento que me giré, otro tipo giró conmigo a toda velocidad. Me pareció rarísimo, pero al bajar de la combi entendí: tenía su mano metida en mi mochila, y al yo girar lo había obligado a dar un giro ultra veloz. Y el otro tipo, que me aplastaba contra la pared, se aseguraba de mantener la mochila estable pa que no me diera cuenta.
Fue entonces que aprendí a nunca llevar la mochila en la espalda en ninguna combi, bus o metro, regla de oro que mantengo hasta el día de hoy.
13. La Sirenita
Esta es medio psicodélica.
Andaba con Carla en el malecón de la Costa Verde, creo que íbamos a ver el sunset o algo. Estábamos cerca al puente Villena (no, no estábamos en el Parque del Amor, sino al otro lado...). Anyway, en esa época no había nada que separara a los transeúntes inocentes del barranco de 70 metros que llevaba, además de a una muerte segura, a la playa de la Costa Verde. Nosotros estábamos sentados en una banquita, cuando en eso se apareció un tipo.
El tipo se veía amable y cordial. Ofreció recitarnos una poesía (que no es lo mismo que un poema), y a pesar que le dijimos que no, empezó a hablar. Empezó a decir cosas de la belleza, del amor, y de la "sirena" que me acompañaba, y cómo podían darle ganas a uno de "lanzarla de nuevo al mar." Al decir esto último, miró el barranco de 70 metros.
Nosotros lo observamos y entendimos el mensaje. Le dí un sol.
Eso es un robo por donde se le mire, no me vengan.
14. El Camino al Aikido
Hubo una época en que se me dio por aprender Aikido. Fue espectacular, se lo recomiendo a todos, es una actividad recontra relajante, pero que ayuda a uno a aprender a defenderse. Genial.
Las clases eran en el Regatas, club mencionado en la primera lista. Yo no tenía carro, así que si quería ir al club, tenía que chapar mi bus (Etupsa 73) y luego caminar unos quince minutos por el malecón de Chorrillos para entrar por al Regatas por el puente.
Esa caminata siempre fue casi siempre segura. El problema más memorable ocurrió una vez, que al bajarme del bus vi un grupito de mocosos con pinta bastante malandra. Yo seguí mi camino cuando, después de cinco minutos caminando, escuché un silbato. Al darme la vuelta, ¿qué vi? Al mismo grupo de mocosos, a escasos metros detrás mío. Quién había silbado era el guachimán de una casa, que se había dado cuenta que los pirañitas estos tenían malas intenciones.
Al darme la vuelta, los mocosos del demonio simplemente siguieron su camino, y me dijeron que creían que el guachimán quería hablar conmigo. Of course. Me acerqué al guachimán, le agradecí que me hubiera avisado, y tomé un taxi.
Esto marcó el inicio de una época de estrés en esta caminata... época que terminó cuando en las clases nos empezaron a enseñar a usar un bokken. Me conseguí uno, y a partir de entonces nadie me volvió a molestar en el camino.
15. Cajamarca
Este intento ocurrió justo antes de salir de Perú, mientras viajaba a Cajamarca con Jessica. Viajamos en la empresa Línea, que estuvo bastante bien hasta el momento de entregar las maletas en Cajamarca. Era un caos, todo el mundo recontra apretado mientras esperábamos que aparecieran las maletas.
Hubo un momento en que sentí que alguien me empujó. Miré a la derecha: nada. A la izquierda: nada. Abajo: una ancianita diminuta. Me miró, me sonrió. Yo le devolví la sonrisa. No obstante, me di cuenta que mi billetera (que había aprendido a llevar siempre en mi bolsillo), estaba medio salida. Me aparté del grupo, y la metí dentro.
No obstante, sospeché de la ancianita. La empecé a observar y me di cuenta: era una ladrona. No sólo eso, estaba apoyada por quien parecía su esposo, un viejito que la miraba desde lejos, y que por alguna razón llevaba hierbas dentro de las orejas.
Recuerdo que tomé a Jessica, nos acercamos al viejito, y dije en voz alta: "Esa señora creo que es chora." El viejito inmediatamente salió disparado, le habló a la ancianita, y desaparecieron.
Hoy en día ya no se puede confiar en nadie, caray.
16. La Laptop.
Este robo, que sí fue robo, ocurrió en Valencia, y ya hablé de ello en este blog.
Si quieren recordarlo, lo pueden encontrar aquí.
Y aquí.
La tercera parte, aquí.
Seguida por la cuarta parte (donde lamentablemente ya no funciona la musiquita).
Y que culmina, por lo menos en este blog, acá.
La historia siguió por un rato más, pero lo que cuento marca el inicio del Terrible 2008-2009, periodo espantoso en mi vida que afortunadamente ya pasó y no se repetirá jamás.
Bueno gente, espero no haberlos aburrido con recuerdos. Este mes tengo viaje de trabajo a Alemania, y eso siempre deja algo que decir. Ustedes saben que adoro ese país. ¡Será hasta pronto!
miércoles, 8 de diciembre de 2010
Recuerdos del Pasado: Los Intentos de Robo, Parte 1
En estos días que intento hacerme un hogar en Roma, el próximo viaje que se perfila es uno largo: el regreso a Lima.
Nunca faltan. Casi todos los años he tenido la suerte de poder regresar a Lima en Navidad. No obstante, esta vez el regreso es algo extraño, ya que parte de mi siente que mi verdadero hogar ahora está en Valencia.
Vamos, no me malinterpreten. A pesar de mi pinta de gringo monse, siempre seré peruano. Siempre querré a Lima, y veré mi futuro en la PUCP. Sólo que luego de cuatro años teniendo a Valencia como base, y no teniéndola ahora (he ahí el detalle), mi añoranza está como que partida en dos pedazos.
Anyway. Tengo 15 días para prepararme psicológicamente pa' el regreso a Lima. Y entre muchas cosas, tengo que reactivar el radar anti-asaltos. Porque vamos, tengo pinta de gringo monse, y en una ciudad como Lima, esto es sinónimo de asaltos. Para darles una idea, en mi vida me han intentado robar 20 veces.
En este momento no me acuerdo de todos los asaltos, pero alguna vez hice un recuento, y llegaron a 20. He aquí un breve recopilación de las primeras 10. Sí, en serio.
1. El Skate
Habré tenido unos ocho años. Era la época que uno salía a la calle a jugar la moda de la época, que en ese entonces era el skate (¿quién no fue al Skate Park de Javier Prado?).
Recuerdo que estaba con mi primo, mi hermano, y otra gente que creo que conocía por primera vez, todos con skates, alucinándonos personajes de Skate or Die!, o algo así. Yo, pa variar, no me daba cuenta de nada, y hubo un momento que mi primo cerró la puerta enrejada de su casa, y los demás empezaron a pasar los skates entre las rejas. Al darme la vuelta, vi a tres piraña-wannabes acercándose, y fue entonces que entendí que mi skate estaba en peligro. Pasé el skate entre las rejas, y salí corriendo, espantado por el gruñido de un piraña.
2. El Regatas
Esto habrá ocurrido teniendo unos 13 años, digamos. Mi hermano celebraba su cumple en el ultra-célebre club Regatas. Recuerdo que un amigo de mi hermano llevó un telescopio, y que por alguna extraña razón recibí un telescopiazo en la cabeza, cosa que evidentemente me disgustó. Minutos después, mi padre me preguntó cómo andaba, y yo le respondí algo como que no me estaba gustando mucho el cumpleaños. Mi padre interpretó esto como celos, y me mandó a callar. Yo, orgulloso del demonio, decidí regresar a casa.
El detalle es que la zona alrededor del Regatas no es muy segura a altas horas de la noche. Salí al circuito de playas, e inmediatamente después de cruzar el primer puente, aparecieron dos tipos. Me empezaron a hablar mientras caminaba, y en vez de correr de vuelta, les respondí (en esa época era un poco más idiota que ahora). En eso, uno de ellos me agarró por detrás, y escuché algo desgarrarse. El otro intentó quitarme el reloj, cosa que no logró. Me safé, y corrí de vuelta al club. Me di cuenta más tarde que lo que se había desgarrado era mi cadena de Primera Comunión...
3. El Religioso
Caminaba con mi hermano de vuelta de misa. Habremos tenido unos 14, 15 años. Un tipo caminaba al lado, y le preguntó a mi hermano direcciones. Llevaba una Biblia, o algo religioso bajo el brazo... En eso, del otro lado de la calle apareció otro tipo. El religioso nos dijo que tenía una pistola, y que si no le dábamos nuestros relojes, nos pegaba un tiro.
Lindo. Era más o menos evidente que no tenía pistola, pero al tipo de atrás no le logramos ver nada. Caballero nomas. Se quedó con los relojes.
Ahora que lo pienso, en la vida se hubiera atrevido a pegarnos un tiro en plena calle, en esa zona... pero bueno, ¡creo que es muy tarde ya para corregir lo ocurrido!
4. Los Ciclistas (¿o es la 3?)
Otra vez, de vuelta de misa. Estaba otra vez con mi hermano, y su amigo Diego. Al llegar a mi casa y tocar el timbre, hice el chiste de siempre, de hacerme pasar por niño vendedor de tamales. De la nada, aparecieron como 20 piraña-wannabes, todos en bicicleta. Al darme cuenta, rápidamente revelé mi identidad por el intercomunicador y pedí que me abrieran la puerta rápido.
Al darme la vuelta, descubrí que estábamos rodeados. Uno se acercó a mi, no se por qué, y me pidió un sol. Le dije que no tenía (vamos, venía de misa, mi sol lo había dejado en la colecta), a lo cual él respondió: "¡Entonces dame tu reloj!"
Afortunadamente, alguno de los otros, ya sea mi hermano o Diego, empezó a hacer ruido en la puerta (yo siempre dije que estaban temblando e hicieron que la puerta vibrara). Mi madre en eso abrió la puerta, gritando "¡¿Qué están haciendo con la puerta???!!!!"
Cuando mi madre quiere dar miedo, mi madre da miedo. Los pirañas salieron volando.
5. La Cartuchera
En la combi.
Camino a la universidad.
La cartuchera desapareció.
Y no sé cómo.
6 y 9. Las Moneditas
Esto me ocurrió dos veces, pero nunca lograron robarme nada. Esto, claro, gracias a Isabel, a quién le robaron de esta misma manera dos veces en un mismo día (en dos viajes seguidos), y nos previno a todos.
La táctica es sencilla. Un compinche lanza monedas encima de la víctima, y mientras esta víctima recoge las monedas, el otro compinche corta la mochila de la víctima con una navaja y extrae lo que puede.
La primera vez casi caigo. El primero me lanzó sus moneditas, y me intentó distraer diciendo que le faltaba una de cinco soles. Mientras revisaba mi asiento, recordé la anécdota de Isabel. Miré hacia adelante, y efectivamente, ahí estaba el otro compinche, escondiendo la navaja bajo una casaca. Cuando se dieron cuenta que había entendido lo que estaba ocurriendo, bajaron volando de la combi, y no mencionaron más los cinco soles.
La segunda vez que me ocurrió esto, moví mi mochila de forma bastante evidente, haciéndoles notar que no me iban a robar. Se bajaron de la combi cabizbajos, y me quedé con sus diez céntimos.
7. El Aprendiz
Esto ocurrió fuera de la PUCP, camino a comprarme mi revista Sugoi (si pues, medio friki era en esa época). En el camino, se me acercó un tipo, y me preguntó cómo llegar a la embajada de Estados Unidos.
Los que conocen Lima sabrán que si uno está por la PUCP preguntando por la embajada de Estados Unidos, entonces o está perdido maleado, o tiene malignas intenciones.
Yo le respondí "¡Lejos"! y aceleré el paso. El tipo me siguió, y me dijo que no me preocupara, que acababa de salir de la cárcel, así que no podía hacer nada malo, como si lo estuvieran observando. Genial.
Evidentemente me alejé de él, alistándome porsiaca (en esa época no sabía Aikido, pero algo de Tae Kwon Do recordaba). Él se alejó resignado, y dijo "¡Dame por lo menos un sol para el pan!"
Yo le respondí "¡No tengo!" y me fui de la escena del crimen.
8. Los Caramelos
Otra vez por la PUCP.
Caminaba por la avenida Universitaria, para variar tratando de ahorrarme los cincuenta céntimos de la combi. En el camino, encontré a un vendedor de caramelos, a quien le di los cincuenta céntimos que me había ahorrado a cambio de unos cuantos caramelos suyos.
Luego de la transacción, me empezó a seguir. Genial.
Me dijo "¡Oye, ven!".
Le respondí "¡No tengo tiempo!" y aceleré el paso. Para entonces ya estaba un poco acostumbrado a estas situaciones, me entienden, ¿no?
El volvió a decir "No, no, en serio, ven, ven."
Yo, desde lejos, le dije "¿Qué quieres?"
El respondió: "¡Quiero tu reloj, conch(material censurado)re!!!!!"
Decidí correr. Asunto arreglado.
Sus cochinos caramelos los tiré a la basura.
10. La Furia
Caminaba oootra vez por la Universitaria. Recuerdo que estaba muuuuy molesto por alguna discusión con la novia de esa época.
En eso, sentí una mano en mi hombro. Me di la vuelta, y un tipo me dijo algo como "¡Tengo un cuchillo!!!"
Recuerden que yo estaba muuuuuuy molesto. Y él se dio cuenta.
Dijo entonces: "¡No! ¡No! ¡Era una broma! ¡Una broma!"
Y se fue. Corriendo.
Piraña-wannabe.
Tengo que admitir que me alegró el día.
Pues ahí van 10. En estos momentos recuerdo otros seis, pero los guardaré para una próxima oportunidad, a ver si recuerdo los cuatro que me faltan. Tomen nota del puntaje, eh, de diez intentos, sólo tres robos. Veamos cómo evoluciona la cosa...
Nos vemos en Lima, gente.
Nunca faltan. Casi todos los años he tenido la suerte de poder regresar a Lima en Navidad. No obstante, esta vez el regreso es algo extraño, ya que parte de mi siente que mi verdadero hogar ahora está en Valencia.
Vamos, no me malinterpreten. A pesar de mi pinta de gringo monse, siempre seré peruano. Siempre querré a Lima, y veré mi futuro en la PUCP. Sólo que luego de cuatro años teniendo a Valencia como base, y no teniéndola ahora (he ahí el detalle), mi añoranza está como que partida en dos pedazos.
Anyway. Tengo 15 días para prepararme psicológicamente pa' el regreso a Lima. Y entre muchas cosas, tengo que reactivar el radar anti-asaltos. Porque vamos, tengo pinta de gringo monse, y en una ciudad como Lima, esto es sinónimo de asaltos. Para darles una idea, en mi vida me han intentado robar 20 veces.
En este momento no me acuerdo de todos los asaltos, pero alguna vez hice un recuento, y llegaron a 20. He aquí un breve recopilación de las primeras 10. Sí, en serio.
1. El Skate
Habré tenido unos ocho años. Era la época que uno salía a la calle a jugar la moda de la época, que en ese entonces era el skate (¿quién no fue al Skate Park de Javier Prado?).
Recuerdo que estaba con mi primo, mi hermano, y otra gente que creo que conocía por primera vez, todos con skates, alucinándonos personajes de Skate or Die!, o algo así. Yo, pa variar, no me daba cuenta de nada, y hubo un momento que mi primo cerró la puerta enrejada de su casa, y los demás empezaron a pasar los skates entre las rejas. Al darme la vuelta, vi a tres piraña-wannabes acercándose, y fue entonces que entendí que mi skate estaba en peligro. Pasé el skate entre las rejas, y salí corriendo, espantado por el gruñido de un piraña.
2. El Regatas
Esto habrá ocurrido teniendo unos 13 años, digamos. Mi hermano celebraba su cumple en el ultra-célebre club Regatas. Recuerdo que un amigo de mi hermano llevó un telescopio, y que por alguna extraña razón recibí un telescopiazo en la cabeza, cosa que evidentemente me disgustó. Minutos después, mi padre me preguntó cómo andaba, y yo le respondí algo como que no me estaba gustando mucho el cumpleaños. Mi padre interpretó esto como celos, y me mandó a callar. Yo, orgulloso del demonio, decidí regresar a casa.
El detalle es que la zona alrededor del Regatas no es muy segura a altas horas de la noche. Salí al circuito de playas, e inmediatamente después de cruzar el primer puente, aparecieron dos tipos. Me empezaron a hablar mientras caminaba, y en vez de correr de vuelta, les respondí (en esa época era un poco más idiota que ahora). En eso, uno de ellos me agarró por detrás, y escuché algo desgarrarse. El otro intentó quitarme el reloj, cosa que no logró. Me safé, y corrí de vuelta al club. Me di cuenta más tarde que lo que se había desgarrado era mi cadena de Primera Comunión...
3. El Religioso
Caminaba con mi hermano de vuelta de misa. Habremos tenido unos 14, 15 años. Un tipo caminaba al lado, y le preguntó a mi hermano direcciones. Llevaba una Biblia, o algo religioso bajo el brazo... En eso, del otro lado de la calle apareció otro tipo. El religioso nos dijo que tenía una pistola, y que si no le dábamos nuestros relojes, nos pegaba un tiro.
Lindo. Era más o menos evidente que no tenía pistola, pero al tipo de atrás no le logramos ver nada. Caballero nomas. Se quedó con los relojes.
Ahora que lo pienso, en la vida se hubiera atrevido a pegarnos un tiro en plena calle, en esa zona... pero bueno, ¡creo que es muy tarde ya para corregir lo ocurrido!
4. Los Ciclistas (¿o es la 3?)
Otra vez, de vuelta de misa. Estaba otra vez con mi hermano, y su amigo Diego. Al llegar a mi casa y tocar el timbre, hice el chiste de siempre, de hacerme pasar por niño vendedor de tamales. De la nada, aparecieron como 20 piraña-wannabes, todos en bicicleta. Al darme cuenta, rápidamente revelé mi identidad por el intercomunicador y pedí que me abrieran la puerta rápido.
Al darme la vuelta, descubrí que estábamos rodeados. Uno se acercó a mi, no se por qué, y me pidió un sol. Le dije que no tenía (vamos, venía de misa, mi sol lo había dejado en la colecta), a lo cual él respondió: "¡Entonces dame tu reloj!"
Afortunadamente, alguno de los otros, ya sea mi hermano o Diego, empezó a hacer ruido en la puerta (yo siempre dije que estaban temblando e hicieron que la puerta vibrara). Mi madre en eso abrió la puerta, gritando "¡¿Qué están haciendo con la puerta???!!!!"
Cuando mi madre quiere dar miedo, mi madre da miedo. Los pirañas salieron volando.
5. La Cartuchera
En la combi.
Camino a la universidad.
La cartuchera desapareció.
Y no sé cómo.
6 y 9. Las Moneditas
Esto me ocurrió dos veces, pero nunca lograron robarme nada. Esto, claro, gracias a Isabel, a quién le robaron de esta misma manera dos veces en un mismo día (en dos viajes seguidos), y nos previno a todos.
La táctica es sencilla. Un compinche lanza monedas encima de la víctima, y mientras esta víctima recoge las monedas, el otro compinche corta la mochila de la víctima con una navaja y extrae lo que puede.
La primera vez casi caigo. El primero me lanzó sus moneditas, y me intentó distraer diciendo que le faltaba una de cinco soles. Mientras revisaba mi asiento, recordé la anécdota de Isabel. Miré hacia adelante, y efectivamente, ahí estaba el otro compinche, escondiendo la navaja bajo una casaca. Cuando se dieron cuenta que había entendido lo que estaba ocurriendo, bajaron volando de la combi, y no mencionaron más los cinco soles.
La segunda vez que me ocurrió esto, moví mi mochila de forma bastante evidente, haciéndoles notar que no me iban a robar. Se bajaron de la combi cabizbajos, y me quedé con sus diez céntimos.
7. El Aprendiz
Esto ocurrió fuera de la PUCP, camino a comprarme mi revista Sugoi (si pues, medio friki era en esa época). En el camino, se me acercó un tipo, y me preguntó cómo llegar a la embajada de Estados Unidos.
Los que conocen Lima sabrán que si uno está por la PUCP preguntando por la embajada de Estados Unidos, entonces o está perdido maleado, o tiene malignas intenciones.
Yo le respondí "¡Lejos"! y aceleré el paso. El tipo me siguió, y me dijo que no me preocupara, que acababa de salir de la cárcel, así que no podía hacer nada malo, como si lo estuvieran observando. Genial.
Evidentemente me alejé de él, alistándome porsiaca (en esa época no sabía Aikido, pero algo de Tae Kwon Do recordaba). Él se alejó resignado, y dijo "¡Dame por lo menos un sol para el pan!"
Yo le respondí "¡No tengo!" y me fui de la escena del crimen.
8. Los Caramelos
Otra vez por la PUCP.
Caminaba por la avenida Universitaria, para variar tratando de ahorrarme los cincuenta céntimos de la combi. En el camino, encontré a un vendedor de caramelos, a quien le di los cincuenta céntimos que me había ahorrado a cambio de unos cuantos caramelos suyos.
Luego de la transacción, me empezó a seguir. Genial.
Me dijo "¡Oye, ven!".
Le respondí "¡No tengo tiempo!" y aceleré el paso. Para entonces ya estaba un poco acostumbrado a estas situaciones, me entienden, ¿no?
El volvió a decir "No, no, en serio, ven, ven."
Yo, desde lejos, le dije "¿Qué quieres?"
El respondió: "¡Quiero tu reloj, conch(material censurado)re!!!!!"
Decidí correr. Asunto arreglado.
Sus cochinos caramelos los tiré a la basura.
10. La Furia
Caminaba oootra vez por la Universitaria. Recuerdo que estaba muuuuy molesto por alguna discusión con la novia de esa época.
En eso, sentí una mano en mi hombro. Me di la vuelta, y un tipo me dijo algo como "¡Tengo un cuchillo!!!"
Recuerden que yo estaba muuuuuuy molesto. Y él se dio cuenta.
Dijo entonces: "¡No! ¡No! ¡Era una broma! ¡Una broma!"
Y se fue. Corriendo.
Piraña-wannabe.
Tengo que admitir que me alegró el día.
Pues ahí van 10. En estos momentos recuerdo otros seis, pero los guardaré para una próxima oportunidad, a ver si recuerdo los cuatro que me faltan. Tomen nota del puntaje, eh, de diez intentos, sólo tres robos. Veamos cómo evoluciona la cosa...
Nos vemos en Lima, gente.
domingo, 1 de noviembre de 2009
Recuerdos del Pasado: Mad Science
La verdad es que salió bastante bien. La presentación fue un sábado, y duró una hora. Fue curioso, porque las fotos eran más que nada experimentales, y los dos que estuvimos ese día eramos teóricos. Tuvimos que inventarnos un par de cosas (o tomar reasonable assumptions, como bien nos enseñan), pero al final creo que el impacto fue positivo, y las tres personas (público monumental) que vieron la presentación parecieron quedar contentas.
El haber dado esta presentación me recordó mucho a la época justo antes de salir de Lima, cuando trabajé en Mad Science. Pa los que no saben, Mad Science es una franquicia que se encarga de hacer entretenimiento científico para niños. Básicamente, en vez de tener al mago haciendo trucos en un cumpleaños, se tiene un "científico" haciendo "experimentos."Sí, yo me dediqué a entretener niños, no es raro, ¿no?
¿Cómo llegué a Mad Science? Resulta que después de terminar mi carrera de físico, evidentemente no tenía trabajo. La verdad es que no tenía ganas de trabajar en algo no relacionado con la física... después de estudiar esto por cinco años, no me parecía muy chévere terminar limpiando mesas, haciendo logística o cazando cocodrilos. Por consistencia, tenía que estar en algo relacionado con lo que había estudiado.
Y fue entonces que apareció Mad Science. Para serles honesto, no me contrataron pa que hiciera los shows, sino más bien para revisar los textos de las fiestas. Toda la gente de Mad Science en esa época eran actores, y las guías tenían unos cuántos errores que ellos no sabían corregir. No obstante, por razones burocráticas, no me podían pagar por eso, así que terminé haciendo fiestas de cumpleaños también.
La pasé bastante bien. Fue una experiencia muy buena, aprendí muchísimo sobre cómo transmitir información a niños, e incluso llegué a aplicarlo con mis alumnos en la universidad. Los resultados en la universidad fueron bastante decentes, aunque no sé si eso habla bien del método Mad Science, o si habla mal de mis alumnos universitarios...
Anyway, al recordar esta época de mi vida, decidí revisar los archivos de mi PC, a ver si encontraba algo relacionado. ¡Y lo encontré! Encontré unos seis informes que escribí sobre fiestas particularmente memorables. Para que tengan una idea, les voy a poner unos cuántos extractos, y les pido que usen su imaginación para llenar vacíos:
1. No me había dado cuenta que la fiesta era tan bacán, salí muy emocionado (...). Desde el primer experimento, donde el cohete de plástico salió volando, chocó con el techo (de KFC10!!!!), rebotó en los juegos y casi (casi!!!) entra en el bolsillo de mi guardapolvo, hasta el último, donde simplemente los niños ignoraron todo intento de mantenerlos sentados, todo salió chévere.
2. ... tuvimos un dilema existencial en el momento de hacer el truco de magia, ya que la madre había invitado también a un mago. ¡Y el mago hacía el mismo truco que nosotros!
3. En la primera fiesta se me escapó un detalle (je, je). Cuando terminé la fiesta y entré en la cocina, le dije a la primera persona que vi "¡Qué malcriados los chibolos!" sin darme cuenta que justo en ese momento la mamá estaba pagando al costado. Escuchó todo, pero escapé fugazmente. No me volvió a dirigir la palabra (lo siento!).
En la segunda fiesta, la madre tampoco me dirigió la palabra, pero simplemente por desprecio, no porque yo haya hecho algo. Malvada.
4. Niños posesos. (...) La mamá media monse también, al final de la fiesta (...) le digo que espero le haya agradado el show, y me respondió "Bueno, sí, simpático." Simpático, claro, muy simpático fue aguantar a sus chibolos. Ni quiero saber qué me puso en la encuesta.
5. Al final del taller, después de darles sus diplomas, les comenté sobre las fiestas en casa, en KFC y en Burger King. Inmediatamente me hicieron roche, diciendo "¡Se dice Boorger King!!" Así que pasamos a clase de inglés ("¿Acaso ustedes dicen Kentoocky?"). Uno de los chibolos se burló, diciendo que no podía ser que no supiera dónde trabajaba (claro, pa' eso no tartamudea, me saca de quicio gritando y tartamudeando todo Enero, pero pa' eso no tartamudea, ¿no?).
El último informe que tengo guardado es épico. Lo pongo con lujo de detalles.
6. Mientras armaba el kit, empezaron a llegar los invitados. Todos japoneses, muy gracioso. Sin embargo, me llamó la atención que entre ellos hablaban japonés (dashikete, ohaiou, watashi wa, etc). Le comenté esto a la hostess (...) y ella me dijo que ellos no hablaban español.
¡Plop!
Me acerqué a la madre, y le pregunté. Me dijo que efectivamente, no entendían bien el español (en ese momento llegó una señora y todos los chibolos en coro gritaron "Ohaiou!!!"). Me dijo que justo por eso había contratado a Mad Science, porque era más que nada visual. Bueno, yo le dije que era un problema, ya que esta fiesta incluía mucha conversación, y que yo sólo sabia decir "Watashi wa Joeru" (todos los japoneses se rieron...). Para esto, la madre me respondió "Bueno, el dueño del cumpleaños sabe español... y esas dos chicas de allí también".
¡Re-plop!
Así que empecé. "¡¡Hola chicos, ¿cómo están?!!" Silencio. Tres segundos... y el dueño responde "¡Bien!".
Dios mío.
Ya pues. Seguí. Unos cuantos experimentos. "A ver, ¿a quién de aquí le gustan las aventuras?" Uno levantó la mano. Dos. Tres. ¿Me entendían?
"¿Quién de aquí ha montado bicicleta muy rápido?" Más personas levantaron la mano. ¡Parecía que me entendían!
"¿Quién ha patinado a toda velocidad?" ¡Levantaban la mano! ¡Me estaban entendiendo!
"¿Quién ha subido un cerro?" ¡Más manos! ¡Todos!
"¿Quién se ha lanzado en paracaídas?" Y allí me di cuenta... Todos levantaron la mano. Y ninguno se rió.
No entendían nada.
Cómo te explico que la fiesta, que debía durar una hora (con puaj todavía), duró 40 minutos...
Estuve en Mad Science casi dos años. Al final fue demasiado, pero no cambiaría esa experiencia por nada del mundo... a excepción de esa vez que reventó un contenedor de agua oxigenada en mi cara, justo cuando estaban grabando pa salir en la tele.... esa sí fue una vergüenza.
¡Hasta la próxima!
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